Los peligros del silencio

El silencio es como el viento: atiza los grandes malentendidos y no extingue más que los pequeños” escribió Elsa Triolet, novelista francesa del siglo pasado. Al leer esta sentencia, pensé sobre el difícil arte de callar y del riesgo de hablar cuando nadie escucha.

Los oradores, los actores, los músicos- y hasta los charlatanes- deben manejar los espacios sin sonido con precisión para así conmover y convencer. Deben de colocar con malicia el silencio. Los buenos terapeutas callan, esperando la catarsis del paciente.

A veces, enmudecemos por sobrecogimiento: cuando la emoción prevalece y el verbo sucumbe. De igual manera, se economizan las palabras para esconder pensamientos y disimular sentimientos. “El que poco habla, poco yerra”, nos advierte el viejo refrán. En ocasiones, se trata de provocar la introspección y elevar el espíritu, como en las cartujas.

Hay silencios retorcidos, que se sufren con indignación y el corazón en vilo, utilizados por agresores pasivos: el mudo agresor disfruta con sadismo la tortura de no decir a quienes esperan que El diga.

Otros no dicen, porque a nadie les importan su decir. Están acostumbrados a no ser escuchados. Es el silencio de los ninguneados por el poder y la sociedad. En ellos, el silencio se acumula, presiona y estalla el día menos pensado.

Los administradores de silencios-en particular aquellos de cuyas palabras dependen pueblos enteros- no deben olvidar nunca que el callar cuando no se debe y el hablar cuando no se entiende suprime la comunicación, distanciándolos con grandes riesgos del colectivo. Deben de evitar, cuidarse mucho, del parloteo, que termina igualándose al silencio porque se salta con desparpajo el alma del auditorio.

La locución sustanciosa y a tiempo es indispensable para los que dirigen o aspiran dirigir naciones. Debe de cohesionar y dar esperanzas creíbles. Así lo hicieron, Churchill, De Gaulle y Fidel (en mejores tiempos); Roosevelt y Martin Luther King; Bosch, Balaguer y Peña Gómez.

Barack Obama expresó las necesidades y vicisitudes de Norteamérica para ser elegido el 44 presidente del imperio atormentado. ¿Hubiese acaso sido posible Leonel Fernández, el presidente, sin la elocuencia sintónica que exhibió como candidato? Se yerra al suponer que el silencio es siempre una táctica eficaz. En ocasiones, no lo es: se confunde con la indiferencia y la apatía. También debe de saberse, que la retórica culta puede resultar ineficaz si no conecta con la capacidad intelectual y las necesidades del público. Y si el discurso no llega, pues no se escucha, transformándose, valga la metáfora, en un “coitus interruptus”, donde queda satisfecha sólo una de las partes.

De nuestro presidente se espera, cuando rompa el silencio, un discurso claro, sentido y revindicador. Palabras que lleguen al país con posiciones éticas enérgicas e inequívocas; con soluciones- aunque sean pocas- realizables al corto plazo. Un discurso del “aquí y ahora” en el que se ventilen las necesidades de esta república que lo quiso su presidente; ya que él fue, recordémoslo, nuestro Obama de otros tiempos.