Los psicópatas en la vida cotidiana

La supervivencia se ha convertido en una oportunidad que solo unos pocos aprenden en la existencia de las sociedades desiguales, excluyentes e insolidarias. Sobrevivir a las dictaduras, o lograr éxitos bajo las reglas del mercado, o mantener un trabajo por largo tiempo y con altos niveles de competitividad laboral, o alcanzar algunas habilidades y destrezas hay que tener para existir. En cada acontecimiento histórico y en las diferentes procesos sociales aparecen los individuos que posibilitan “el trabajo”: aquellos que saben desde meter miedo, intimidar, extorsionar, chantajear o desacreditar para resolver el problema del “jefe” que puede ser político, militar, empresario, corporativo y sectorial, etc. Pero resulta ser, la persona indicada para el “trabajo fino” o “delicado” que dada su apariencia de “normalidad” es quien en menos se piensa. Aquí entra el psicópata; es la persona más usada para en los crímenes de guerra, en las dictaduras más crueles, en los conflictos y en los ajustes que solo el poder sabe cómo utilizarlo. Cada “jefe”, cada “gobierno”, cada emporio económico tiene su psicópata. Esto lo explica Hannah Arendt en los informes psicológicos del juicio de Eichmann el asesino de miles de judíos que engañó como todo psicópata a todos, pareciendo una persona “normal” como padre, hermano, vecino, amigo, donde hasta el pastor protestante que lo visitó en la cárcel lo describía como un hombre “normal” de ideas positivas.

Eichmann podía salir a cenar con la esposa, el mismo día que mandaba a incinerar decenas de niños judíos. Mientras eso pasaba en Europa, desde este lado, años antes, el dictador Trujillo tenía hombres como Ludovino que se trasladó a Santiago para asesinar a los esposos Reyna, sin importar el embarazo de la esposa. Ni hablar de Jonny Abbes, aquel pequeño hombre frío, distante, con mirada intimidante, que cumplía órdenes para torturar, asesinar o desaparecer a los enemigos y los que entraban en desgracia con la dictadura. Los psicópatas pasan como personas “normales”, inteligentes, empáticos, afables, que dicen lo que el otro quiere escuchar y se visten de acuerdo a las circunstancia; haciendo el mejor drama, teatro, para lograr sus propósitos. Cuando escribí el libro: “El marido psicópata: un monstruo vestido de señor. En la revisión bibliográfica aprendí a olfatearlos, a conocerles sus mecanismos de defensa, pero sobre todo, a entender que son perversos que no reconocen límites, ni valores, ni afecto, ni resaca moral; nunca se arrepienten, ni sienten vergüenza, ni sentimientos por las cosas que hacen.

Mi vecina del periódico Carmen Imbert, describía a los torturadores de los 12 años del gobierno Balaguerista. En algún momento en la justicia Carmen pudo tenerles de frente, a veces los psicópatas se ponen el traje de víctima, del arrepentimiento y suelen decir “lo que hacía fue por órdenes superiores”. Ahora recuerdo a Pou Castro hablando sobre el asesinato de Orlando Martínez, con ese convencimiento de lo que hacía era por el bien del gobierno y de la democracia y la estabilidad social. Era algo para agradecerle, según se explicaba a sí mismo. Ahora es diferente, el psicópata tiene otras funciones, lo identifican y lo utilizan para la gerencia y los trabajos corporativos, siempre y cuando se preste para el trabajo sucio, las indelicadezas, la persecución de empleados importantes, o el espionaje y control de la competencia. Los psicópatas son unas especies de “drones” pero en tierra, que espían, controlan, se filtran en el poder y manejan historias, cuentas, negocios y documentos por lo que cobran.

Para entenderlos e identificarlos hay que saber de psicopatología, y un poco inteligencia social y emocional para verles cómo utilizan a las personas, los espacios; como se lanzan sobre sus víctimas vulnerables, o como se encargan de destruir con el chisme, o el acoso moral a una persona. A los psicópatas se les teme y se le odia, pero nadie se lo quiere decir, entonces, las personas prefieren no confrontarlos. Es difícil ganarle a un psicópata con poder, en un conflicto de pareja o familiar, son huesos duros de roer, pero al final, son seres miserables que, otros miserables los utiliza y les controlan.