Los realismos

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DIÓGENES VALDEZ
Existen determinadas maneras de expresar la cotidianidad y en ocasiones, éstas pasan desapercibidas para la generalidad de las personas. Aparte de las definiciones, la única diferencia a tomar en cuenta, es que unas, dependiendo de la frecuencia de uso, han podido determinar una época. Difícil resulta pues, conocer su antigüedad de cada una de ellas, porque ninguna es anterior a la otra y a lo más que se puede llegar es a saber, cuál de ellas fue la primera en salir al escenario y tener una mayor permanencia.

El antes y el después no es el aspecto más importante de la presente cuestión, sino conocer en qué consiste cada una de estas expresiones. Debemos antes precisar, que nos estamos refiriendo a las diferentes clases de realismos.

Al parecer, el primero de estos términos en ser usados es el llamado “realismo ingenuo” y la primera noción de él lo tenemos en una referencia del filósofo inglés sir Bertrand Russell, en un libro sin una conocida traducción al español, titulado An Inquiry int Meaning and Truth. Russelle define el “realismo ingenuo” de la manera siguiente:

Es la doctrina en la que las cosas son lo que parecen. Suponemos que la hierba es verde, el hielo frío y las piedras duras. Pero el físico nos asegura que el verde de la hierba, el frío del hielo y la dureza de las piedras no son el verde, el frío y la dureza que conocemos a través de nuestra experiencia, sino algo totalmente diferente. El observador que cree estar observando una piedra está en realidad observando las acciones de la piedra sobre sí misma, si creemos lo que dicen los físicos (…) El “realismo ingenuo” conduce a la Física y ésta demuestra que tal realismo ingenuo es falso mientras sea consecuente consigo mismo. Lógicamente falso, por tanto falso.

Subsiguientemente a tal formulación aparece dentro del escenario literario el llamado “realismo mágico”, que todos atribuyen al gran escritor cubano Alejo Carpentier, pero Carpentier debió apoyarse en la definición ofrecida por Russell para formular su teoría del realismo mágico en su espectacular novela “El reino de este mundo”. Este tipo de realismo tiene variadas formas de explicarlo gráficamente, pero en particular me agrada la definición ofrecida por Seymour Menton durante una conferencia ofrecida en el auditorio de la Universidad Autónoma de México.

Explicaba Menton que la diferencia entre esta clase de realismo y el surrealismo es muy sutil y que la mejor forma para diferenciar uno del otro era mediante los ejemplos. Decía el gran crítico norteamericano que, “si alguien veía salir una locomotora por la boca de una chimenea”, estaba en presencia de una visión surrealista, pero si al llegar a su apartamento, situado en el décimo piso de un edificio, al salir del ascensor encontraba frente a su puerta una serpiente cascabel, dicho personaje estaba frente a un acto de “realismo mágico”. Otra de las descripciones utilizadas por Menton para identificar lo que era el “realismo mágico”, era la descripción de un día de mercado en Chicastenango, en Guatemala.

El “realismo sucio” parece ser el benjamín de todos los realismos.

La primera noticia de su existencia fue obtenida por medio de un comentario a un cuento de la joven escritora norteamericana Elisa Wald, titulado “Terapia”. La segunda, en una conferencia pronunciada por la escritora Mónica Marchesky en el Ministerio de Educación y Cultura de Uruguay (MEC), fue entonces cuando quise conocer en qué consistía este tipo de “realismo”.

Primero que es necesario saber que los cultores de dicho “realismo” se resisten al calificativo de “sucio” que le han endilgado los críticos. Para éstos no es otra cosa que “la expresión de una cotidianidad en la que predomina lo grotesco”. Es la visión que de su entorno tendría un artista que observara todo con un ojo crítico, y que en la descripción del mismo utilizara un lenguaje objetivo y descarnado, despojado de todo artificio retórico.