Los ricos contra los más ricos

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Por ERIC KONIGSBERG
NUEVA YORK —
En esta época cada año, se habla de la magnitud de los bonos de fin de año en el sector financiero, y las consecuencias: Grandes mesas en restaurantes elegantes serán difíciles de encontrar en diciembre; las ventas de opciones serán saludables en enero; y las chicas que trabajan en los tubos en los clubes de bailes exóticos de lujo recibirán más propuestas de matrimonio (y cuando resulta que los hombres que se los proponen son casados, más joyería) que nunca antes.

La contribución especial de este año al canon sería el argmento de que ha llegado el momento para una batalla que parece más a la gente como una batalla entre iguales, lo cual sí es en cierto sentido: los ricos contra los ricos, los meritócratas contra los meritócratas, los ambiciosos contra los ambiciosos. Pero también enfrenta a dos grupos altamente distintos, los meramente ricos y los superricos.

Definamos los términos primero, o al menos hagamos algún intento de hacerlo. Los meramente ricos son aquellos cuyos ingresos los sitúan en el 1 por ciento superior de la población. Según un estudio reciente del Centro sobre Presupuesto y Prioridades Políticas en Washington, el ingreso real promedio para el 1 por ciento superior de las familias de contribuyentes estadounidenses era de 940,000 dólares en 2004, un grupo por el cual es difícil sentir lástima. Pero pararse por un momento entre ellos (supongamos) y ver hacia las filas rápidamente crecientes de los superricos es mirar a través de una amplia grieta en realidad.

Los superricos podrían ser la décima parte superior del 1 por ciento (con un ingreso familiar real promedio para 2004 de 4.5 millones de dólares) o la céntesima parte superior (familias de 20 millones de dólares al año). La desigualdad de ingresos está creciendo más rápidamente entre más alto ascendamos en la escala. Aunque el cambio porcentual en los ingresos familiares reales promedio entre 1990 y 2004 fue un aumento de 2 por ciento para el 90 por ciento inferior de familias estadounidenses, fue de 57 por ciento para el 1 por ciento superior; y se dispara a 85 por ciento para el 0.1 por ciento; y hasta 112 por ciento para el .01 por ciento superior. Es decir, los ricos se están enriqueciendo casi dos veces más rápido que los ricos.

La guerra de clases ha sido una hipótesis planteada por varias publicaciones, incluidas la revista en Internet Slate, la revista New York y Matt Miller en Fortune el mes pasado. Miller llama al grupo más grande y más pobre, que consiste en gran medida de profesionales — médicos, abogados, consultores de administración, la vasta mayoría de los soldados de Wall Street — los “lower-uppers” (clase alta baja). Los blancos de su resentimiento, dice son en general administradores de fondos compensatorios y ciertos directores ejecutivos con salarios astronómicos.

“El problema es que existe toda esta riqueza en estos nuevos estratos que se siente poco relacionada con el mérito o el logro”, dice Miller. “Cuando un director ejecutivo cuyo liderazgo ha causado que el precio accionario de la compañía caiga recibe un paracaídas dorado de 100 millones de dólares, o cuando un tipo administra tanto dinero que su comisión — aun cuando sus selecciones sólo estén obteniendo un rendimiento de entre 8 y 10 por ciento sobre el dinero de sus clientes — es de 100 millones de dólares, es una locura”. Dice que esa compensación “va contra la idea de la meritocracia”.

O quizá no. “Una meritocracia incrementa la desigualdad; por su naturaleza, tiene que hacerlo”, dice Nicholas Lemann, cuyo libro “The Big Test” exploró la historia del SAT y la meritocracia estadounidense. “El objetivo era la igualdad de oportunidads, no la igualdad de resultados”.

Parte del problema radicaría en el hecho de que los miembros de ambas clases entraron en sus respectivas líneas de trabajo con el objetivo de hacer mucho dinero, y resulta que sólo uno saca varias veces más cantidad.

Tomemos a los abogados. “Los abogados son un grupo extraño”, dice el novelista Louis Begley, cuyo trabajo diurno durante varias décadas ha sido el derecho con la firma Debevoise & Plimpton. “Los abogados en las grandes firmas legales ganan mucho dinero. Pero para muchos de ellos, es imposible hacerlo sin aceptar cualquier cosa salvo casos que involucren enormes convenios corporativos que generen una gran cantidad de horas por las que puedan cobrar. Pero estos acuerdos son repetitivos. Y los abogados en estas transacciones a menudo ocupan un segundo sitio tras los banqueros”.

El dinero pagado a los banqueros de inversión, que fueron alguna vez el bastión de la élite financiera, típicamente palidece al lado del dinero de los fondos compensatorios. “Recientemente participé en un panel con Carl Icahn en el Core Club donde el punto a tratar era que si uno es banquero de inversión en estos días, se es una especie de adicto al trabajo”, dice Michael Wolff, redactor de Vanity Fair que a menudo ha escrito sobre las clases adineradas. “La banca de inversión es para los estudiantes de más de C ahora. Lo que quieren ser ahora no es alguien que asesore a la gente con dinero — cuya moneda de cambio en el capital intelectual — sino alguien cuya moneda de cambio sea el diner mismo”.

Esto, también, pudiera ser lo que molesta a las clases profesionales. Administrar un fondo compensatorio es la abstracción más pura de hacer dinero del dinero, no hay producto que mostrar como resultado.

El resentimiento pudiera intensificarse en Nueva York, una ciudad cuya distribución físcia siempre ha engendrado mucha mezcla de clases. La clase media podría haber sido expulsada en gran medida de Manhattan en la última década, pero los meramente ricos y los superricos viven aún en los mismos barrios (si no necesariamente en los mismos edificios), compran casas en los mismos Hamptons (sólo que clases de muy diferentes niveles) y envían a sus hijos a las mismas escuelas.

Lemann dijo que el factor de la envidia de los ricos contra los más ricos “supone que el grupo relativamente pobre está dándose de cara contra los de ingreso más superior”.

Añadió: “Sólo se ve en, digamos, funciones a las que acuden los padres en ciertas escuelas privadas; Fieldston, digamos, o Harvard-Westlake en Los Angeles”.

Incluso Begley, quien ha ganado suficiente para criar una gran familia en un grandioso departamento en Park Avenue, dijo que se sintió asombrado por el número de billonarios que ha conocido en los últimos años.

“Debo decir que he empezado a sentir en Nueva York como si estuviera conduciendo un Volkswagen en la autopista cuando un autobús Greyhound pasa a tu lado”, dijo. “En cierto momento, siento una ráfaga de aire que me azota en el camino. Estas personas pertenecen a otra especie”.

Excepto, dijo, que son “estos jóvenes tipos de Wall Street” quienes compran los departamentos en este edificio. “Hay quizá cuatro o cinco de nosotros que compramos nuestros departamentos a un precio razonable hace 30 años”, dijo. “Y luego estas nuevas personas; debo decir que con el dinero parece venir un tamaño físico más grande. Algunos de ellos son corteses, pero los hombres llenan el cubo del elevador. Y las mujeres siempre parecen tener una botella de agua pegada a los labios”.

Añadió que no sentía ninguna necesidad de involucrarse en una guerra de clases contra sus vecinos. “Si lo hiciera, podrían aplastarme contra la pared del elevador”, dijo. “Lo único que se puede hacer es lograr ser aceptado por ellos”.