Los taquígrafos de ayer

Fueron príncipes mimados con aureola de prestigio y admiración pública en todo el ámbito nacional.

Forjaron, sin quererlo, leyenda.

Y cuando apartados de labores cotidianas se oían sus voces con seguridad cultural y aguda inteligencia, se hacían sentir en el círculo de amigos que escuchaban con deleite sus pláticas.

Ya su casta desapareció para dar paso a las computadoras y grabadoras que captan fríamente las palabras. El matiz directo en la voz, los gestos del rostro y las manos, completivos de la imagen que se quiere exponer, se han perdido por un nuevo ordenamiento comunicador.

Como los juglares, los taquígrafos – a los que me estoy refiriendo- dejaron brillante estela de emotivas sugerencias y servicios extraordinarios para la sociedad en que desenvolvían sus actividades.

Un taquígrafo, en épocas pasadas, era todo un señor cargado de saber por formación particular y por el contacto directo con personalidades relevantes de su época.

Aquellos personajes y años pasaron y sólo su lírico recuerdo queda.

Ahora, en la época que estamos viviendo, los giros que la vida va imprimiendo al acontecer dominicano, permiten saltos sorpresivos a los puestos gubernamentales.

Ya, se puede decir sin titubeos, es difícil encontrar verdaderos hombres de estado. Aun quedan algunos muy esparcidos en el acontecer nacional que pertenecen a partidos políticos que se les puede señalar con una auténtica dormación doctrinaria.

Después, el horizonte de los cargos públicos, se diluye en espejismos de reducidos oasis. Los hombres de estado, los verdaderos políticos inteligentes y orientadores de hoy, se pueden contar con los dedos de las manos y, a los mejor, sobran dedos. Pompas de jabón los demás.

Por eso, los allegados a determinados representativos de los puestos públicos, nada pueden derivar de su acercamiento a ellos. No fluyen de esos funcionarios, un saber y cultura espontánea que aumente el caudal de conocimiento para el subalterno.

Antes, era otro cantar.

Había verdaderos hombres de estado.

Y muchos.

Dotados de condiciones excepcionales para la cátedra diaria con la palabra en las órdenes que impartían o el dictado de cartas y documentos y memoriales sobre las diversas alternativas que tenían que enfrentar en sus cargos.

El taquígrafo, era la herramienta necesaria, imprescindible, para ayudar al hombre de estado en su labor fructífera.

Y cuando mejor desempeñaba sus funciones, más solicitado era en esos cargos gubernamentales.

Y por proximidad a lo íntimo de personajes a quienes servían, gozaban de particular aprecio, hasta ser considerados en un mismo plano del superior que les dictaba.

Formaban aristocracia auténtica, la única verdadera: la del talento.

La memoria no alcanza a todos, pero a muchos de ellos: los hermanos Enriquillo y Ulpiano Sepúlveda (canedor y Cachanchán), M.A. Peguero hijo, Yamil Isaías, Amado Hernández, Raúl Henríquez, Rafael Bello Andino, Luis Napoleón Bergés, Polibio Peña, Ramón Tejada (El Topo), Ramón Lacay Polanco, Marcelo Puello Bello, José Munich, Delio Rivera, Luis Rufén, Polibio Peña G., Pedro Julio Santana, Cesar Bonetti, Luis Váldez, Héctor Pérez Reyes y otros que fueron figuras importantes en el desenvolvimiento burocrático de anteriores gobiernos.

Ellos, los taquígrafos -los de ayer- constituyeron rancia estirpe de inteligencia y cultura.