Los ultraizquierdistas fastidiosos

En casi todos los actos de puesta en circulación de mis libros durante las décadas del setenta y el ochenta participaron, con preguntas y cuestionamientos al autor, personajes del radicalismo de izquierda.

El más fastidioso fue un joven de anatomía endeble, que cubría su cabeza con una boina de guerrillero, y cuyo atuendo lo completaba una camisa roja, y pantalones y sandalias negros.

-¿Se debe a su condición de pequeño burgués derechista, el que haya escogido para sus temas literarios el relajo cumbanchero?- preguntó.  Respondí que varios escritores revolucionarios utilizaban el humor en sus obras, pero la réplica de mi interlocutor llegó de inmediato.

-Es cierto, pero no conozco ningún auténtico marxista leninista que escriba únicamente sobre tópicos triviales, y los que hacen humor caricaturizan a los enemigos de las masas populares, como son los burgueses y sus cuerpos represivos. Por el contrario, usted coge de mojiganga a los pobres con sus temas sobre fuácata, prángana, y comedera de cables.

Me disponía a responderle, pero otros asistentes formularon comentarios favorables sobre mis obras, enfrentando las opiniones del  marxófago, quien poco después retomó la requisitoria.

-¿Por qué se burla de los cundangos, si estos se forman por el entorno capitalista de explotación de las mayorías, inversión o ausencia de valores, y glorificación de la pornografía en todas sus versiones?- cuestionó, con rostro patibulario.

Le aclaré que no soy homofóbico, y que son casi inexistentes los personajes homosexuales en mis libros.

-¿Ignora que sus cuentos sobre borrachos promocionan las bebidas alcohólicas, otro de los vicios que crecen en las sociedades burguesas? ¿No sabe que sus relatos sobre prostitutas y chulámbricos demuestran que frecuentaba lupanares, y por ende, utilizaba los servicios de las explotadas mujeres de esos lugares?

Le hablé sobre los tabúes sexuales imperantes en los años de las décadas del cincuenta y el sesenta, que obligaba a los jóvenes a acudir a los prostíbulos para saciar sus ímpetus  viriles.

El marxistoleninísimo llegó al colmo de afirmar que el hecho de que describiera con nostalgia en mis obras los años de pobreza en el barrio capitaleño de San Miguel disminuía en las clases marginadas la rebeldía, y aumentaba la conformidad.

Finalizado el acto, el ultra izquierdista se acercó y me dijo que con mis respuestas había demostrado que era hombre de ideas progresistas, y me mordió con una modesta suma para pagar el transporte en carro público hacia su casa.