Los XIV Juegos y un memorable encuentro con Fidel

Los  XIV Juegos y un memorable encuentro con Fidel

En el álbum del recuerdo de cada persona hay momentos que por su connotación y circunstancia perviven constantemente sin importar el tiempo transcurrido. Una de esas experiencias imborrables la vivimos en el 1982 con ocasión de la realización en La Habana, Cuba, de los XIV Juegos Centroamericanos y del Caribe, del 7 al 18 de agosto. Fuimos enviados como reportero por El Nuevo Diario, dirigido en esa época por el connotado periodista Juan Bolívar Díaz, como parte de una nutrida delegación quisqueyana en vuelo especial de la desaparecida línea aérea estatal Dominicana de Aviación.
Originalmente la Organización Deportiva Centroamericana y del Caribe había otorgado la sede a Mayagüez, importante municipio de Puerto Rico, para el montaje del evento regional. La aspiración de sus autoridades locales no pudo cristalizarse por la falta del apoyo financiero necesario del Gobierno. Faltando poco más de un año para la fecha prevista, Cuba, en una nueva demostración de solidaridad, aceptó el reto de rescatar la continuidad cuatrienal de los juegos en su ciudad capital, con subsedes en Santiago de Cuba y Cienfuegos.
Un total de 22 naciones acudieron a la cita. Los gobiernos de Honduras y El Salvador no permitieron la asistencia de sus delegaciones, en tanto que Colombia se ausentó por alegadas dificultades económicas según explicó el comité olímpico de esa nación. La cantidad de competidores en las diversas nacionalidades se elevó a 2,722.
Para la cobertura del certamen fueron enviados 21 periodistas de los diversos medios de comunicación del país. Recuerdo que el ingeniero Hamlet Herman, quien años atrás había acompañado a Francisco Alberto Caamaño en la gesta de Caracoles, me entregó una carta para su hija Rita Amelia, quien estudiaba en la universidad de La Habana.
Desde que llegamos fuimos objeto de un trato muy amable conjuntamente con nuestro gran amigo y colega Fernando Rodríguez, quien asistió como representante oficial del departamento de prensa de la Secretaría de Deportes. Un día, el personal cubano de protocolo nos sorprendió al informarnos sobre una invitación del Gobierno para un encuentro-cena con el comandante Fidel Castro en el Palacio de la Revolución. Nos dijeron que debíamos escoger a ocho reporteros, pues era el número que se había autorizado para la prensa de cada país.
Se tomó la decisión de escoger a los 8 periodistas de mayor representación. Un apreciado colega que tenía un programa radial, y que lamentablemente ya no está entre nosotros, cuando se enteró de la selección se insubordinó y dijo que a él había que incluirlo porque era su oportunidad de saludar personalmente a Fidel por primera vez en su vida. La situación llegó a tal grado que tuvimos que explicarle al coordinador cubano, quien nos prometió hacer una consulta. Al día siguiente informó que se había autorizado para que incluyéramos a otro compañero y a modo de broma nos dijo que debido a Máximo Gómez los dominicanos teníamos esa ventaja.
Una vez llegamos al Palacio de la Revolución, el grupo estaba ávido de ver al legendario estadista, pero en el gran salón repleto de invitados. Hasta que una parte del grupo pudimos ver al comandante que venía de frente a cierta distancia y al encontrarnos ya frente a él, nos preguntó de qué país procedíamos y le dijimos que de la República Dominicana. Su imponente figura nos hizo sentir con más confianza cuando nos dijo con rostro de satisfacción: “Dominicanos y cubanos somos países que guardan una estrecha identidad histórica y cultural.”
De inmediato el colega Bienvenido Rojas, le dio la mano y se le encimó efusivamente, entonces el autor de esta entrega también le estrechó la mano, seguido por Ramón Jerez, Hugo López Morrobel, Ramón Cuello y Fernando Rodríguez. Cuando el colega que presionó para que se le incluyera se dio cuenta que estábamos compartiendo con Fidel, quien nos hacía preguntas sobre los equipos quisqueyanos, llegó corriendo y poniéndose de rodilla le expresó lo siguiente: “He logrado saludar personalmente al hombre más grande que ha dado América, ya me puedo morir”. Fidel le correspondió con una amable sonrisa, haciendo un gesto como para que se levantara.
Este fue un momento estelar y memorable que atesoramos en nuestro recuerdo.

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