Luis Carbonell ha muerto

Al terminar la lectura de “Cuba, la isla fascinante” de Juan Bosch, me faltaron las páginas en las que, a seguidas, debía aparecer Fidel Castro y su revolución. Era tan vívido y tangible el relato que me quedó el mal sabor de no encontrar lo que para mí debió ser el final de esa excelente obra.

Conocí a Luis Carbonell en el desaparecido teatro Max en la hoy avenida Duarte. La sala del Max quedaba subiendo, en la acera izquierda, poco más arriba del Trocadero donde quedaron las historias de la bohemia capitaleña de los años 40 y 50 del siglo pasado.

Justo al lado estaba la sala de cine del teatro Max. Hoy de la avenida Mella hasta la calle Benito González, la zona quedó enmarcada dentro del barrio chino.

En los últimos años de la tiranía de Trujillo, en los altos de un edificio al lado del Max se instalaron los valientes Máximo López Molina y Andrés Ramos Peguero, entre otros, con el Movimiento Popular Dominicano, partido comunista que sufrió persecuciones, muertos, nadie sabe cuántas deben ser anotadas a la cuenta del doctor Mario Jerez Cruz, calié del Servicio de Inteligencia Militar infiltrado en la organización.

La bocina que reproducía los discursos, proclamas y noticias antitrujillistas, con Trujillo en el poder, contribuyeron a la concienciación de muchos jóvenes, algunos de los cuales sobresalieron en la política, como profesionales, como técnicos, como hombres de bien. Ahí entre el Trocadero y el MPD, quedaba el teatro Max.

Carbonell era muy conocido. Una de sus interpretaciones más socorridas era el relato de “Los 15 de Florita” muy recitada por el retrato burlón de una arribista familia de clase media.

Aquella noche fuimos al Max mi compadre Rafael Díaz Vásquez, Aquiles y Euclides Pimentel Castro y Leonel Vásquez Noboa. Disfrutamos del dominio de la escena, del manejo de las inflexiones bocales de Carbonell.

Allí escuchamos este poema que pudo haber sido el final de la obra de Bosch:

“Traigo a mi Isla debajo del brazo/Y todos me preguntan: / ¿Es un cocodrilo verde?/Yo digo que sí. Y me sonrío. /Eternamente verde/Crucero entre las dos Américas, /Mi Isla es una gota de esmeralda, /Ceñido por los mares, /Y en ella baja a prolongarse el cielo/ ¿Cuánto vale tu Isla? Pues mira/Para los que nacimos en ella/Casi no vale nada, /Pleiteamos sin razón y sin sentido/Y cualquiera se adueña de la tierra. /Para mí vale más que las glorias de España/Y que el oro del Norte. /Ni el abandono, ni la insulto, ni la vendo. /Traigo mi Isla debajo del brazo/Y a nadie se la entrego. / ¡Quién ha visto que un hombre con orgullo quiera vender un cocodrilo verde!”