M. Darío Contreras – Rescate del liberalismo dominicano

Nuestra accidentada y desventurada historia, que con tan fuertes pinceladas ha sido retratada por nuestros historiadores, muestra un hecho que ha sido, en nuestra opinión, crucial para explicar el fracaso en establecer una sociedad más “humana, justa, verdaderamente democrática y participativa”. Este hecho fundamental es el repetido fracaso de nuestros gobernantes en conducir la política con un sentido ético y de justicia, tal como se lamentara ese gran ejemplo de virtud cívica y de pureza que fuera Ulises Francisco Espaillat cuando dijo: “Yo creí de buena fe que lo que más aquejaba a la sociedad de mi país era la sed de justicia, y desde mi advenimiento al Poder procuré ir apagando esa sed eminentemente moral y regeneradora. Pero otra sed aún más terrible la devora: la sed de oro…”.

Así como perdió el poder Espaillat a los siete meses de su ascensión, también lo perdió Juan Bosch, otro dominicano de sólidas convicciones cívicas y morales. También lo perdieron nuestros trinitarios libertadores, encabezados por el patricio Juan Pablo Duarte, ante el conservadurismo de Pedro Santana y otros sectores tradicionales que comulgaban con poderosos intereses foráneos más que con las tribulaciones de su pueblo. Aquellos que en épocas más recientes se han escudado en una retórica liberal y redentora para llegar al poder, apropiándose del legado de los verdaderos liberales demócratas, también han sucumbido a la influencia del oro, siguiendo el ejemplo de los que están dispuestos a vender sus principios y su dignidad para sentirse seguros bajo el amparo del dinero. Este es el gran cáncer que corroe a la humanidad actualmente, y a nosotros en particular: la inseguridad económica, como reflejo de la ausencia de valores espirituales y morales auténticos que respondan a la necesidad humana de encontrarle sentido a la existencia. La política se ha convertido en otro producto de la mercadotecnia, creadora de imágenes atractivas, pero vacías de un contenido verdadero.

Los partidos dominicanos, vehículos para llegar al poder en los sistemas democráticos, también han relegado sus principios para quedarse sin una verdadera filosofía, sin una ideología. Todos se parecen entre sí en el modus operandi: alcanzar el poder a cualquier precio y una vez logrado éste usarlo para el bien del partido y de sus conmilitones. Ellos han sido capturados, o cooptados si se quiere, por los “intereses” que mueven la economía local y mundial. Una y otra vez la vocación de servicio ha sido reemplazada por la vocación de servirse. Desafortunadamente, con muy contadas excepciones, los que hubieran podido devolverle a estas organizaciones políticas un sentido de entrega y consagración por el bienestar de las mayorías, se mantienen distanciados de las mismas, como el diablo le huye a la cruz. Y no los culpamos, pues los ejemplos sobran de cómo ciudadanos bien intencionados, al vincularse a los partidos, han sido absorbidos por un sistema ya corrupto, o han tenido que alejarse del servicio público y del partidismo llenos de sinsabores y lamentaciones.

Como dijimos anteriormente, con honrosas excepciones, en nuestra historia el ideal liberal ha sucumbido a las maquinaciones del conservadurismo. Con razón un reconocido conservador del siglo XIX, refiriéndose a la lucha entre el partido Azul (liberales, seguidores de Gregorio Luperón) y el partido Rojo (conservadores, seguidores de Buenaventura Báez) dijo que mientras los liberales discutían entre sí, “¡los rojos obraban unidos y vencían!”. Esta preeminencia del conservadurismo en nuestra historia no es sólo el resultado de una mayor capacidad de maniobra de los conservadores, es también el producto de una cultura conservadora y tradicional, alimentada por una virtual alianza y complicidad entre los sectores acaudalados, los poderes políticos, religiosos y militares, quienes han sostenido un nexo de ayuda mutua para poder mantener el status quo y los privilegios compartidos frente a los planteamientos liberales que abogan por la justicia, la equidad y la solidaridad.

¿Pueden los actuales partidos políticos auto regenerarse para convertirse en verdaderos vehículos de transparencia y de progreso democrático, además de fieles practicantes de la gerencia pública requerida en estos nuevos tiempos de competitividad y de la globalización? Lo dudamos, pues sus organizaciones no cuentan ni con los valores, ni con la ideología que le otorgan permanencia a las empresas humanas en tiempos convulsos. El grupismo les hará perder eventualmente su vigencia. Ante esta previsible situación, aquellos que comparten una ideología liberal, anclada en sólidos sentimientos patrióticos, éticos y morales, tienen ante sí un gran reto: crear a las nuevas organizaciones políticas que han de reemplazar a las obsoletas estructuras políticas que ya han perdido su mística y su razón de ser. Creemos con firmeza que los tiempos son auspiciosos para tales iniciativas. De lo contrario, de no hacer nada, seguiremos lamentándonos mientras “hombres sin juicio y sin corazón conspiran contra la salud de la Patria”.