Madre: ¿quién cuida de ti?

MARLENE LLUBERES
El domingo último del mes de mayo celebramos el día de las madres el cual, en muchas ocasiones, origina en ellas diversos sentimientos y emociones que, de no ser correctamente satisfechos, conllevarían la aparición de profundas raíces de amargura que, tarde o temprano, influirían en la convivencia con sus seres queridos. Insatisfacciones producto de expectativas no alcanzadas, decepciones por no recibir los detalles y atenciones que a su entender le corresponderían, marchitan el tiempo de gozo convirtiéndolo en momentos de desánimo, tristezas y desesperanza.

En el menor de los casos, cuando los hijos les brindan todo lo que consideran es justo, se convierten en protagonistas de éstos efímeros instantes, sintiéndose plenas de amor y merecedoras de multitud de complacencias que les provocan a su vez una inmensa sensación de “felicidad”.

Cada mujer, desde el momento en que es bendecida por Dios para ser madre, es dotada de un amor especial, amor de Dios, amor sufrido, que no tiene envidia, no busca lo suyo, no guarda rencor, que todo lo sufre y lo soporta. Únicamente ella es capaz de realizar los mayores desprendimientos, de proteger de manera inimaginable y de efectuar todo tipo de sacrificio en beneficio de sus hijos.

Es quien se entrega plenamente al cuidado en medio de la enfermedad y lleva cada una de las cargas de esos seres por ella procreados, con mansedumbre y abnegación.

Fue elegida por Dios para instruir al niño en su camino, gobernando bien su casa, teniendo los hijos, regalo del Creador, en sujeción con toda honestidad, con el conocimiento de que son como plantas de olivo alrededor de su mesa.

Es la madre, más que cualquier ser humano, quien debe dar frutos de servicio, entrega y dedicación, nunca buscando su propio beneficio ni atesorando los hijos para ella sino ella para sus hijos.

Esta festividad llamada “de las madres” ha sido impuesta por el hombre, sin embargo, no puede éste cubrir el dolor de una madre, colocar bálsamo en sus heridas y cambiar en gozo sus tristezas.

Cada madre tiene un rol determinado de antemano por Dios el cual debe ejercer sin condiciones, sin esperar recibir honra o recompensas. Por haber sido creada para dar de sí todo lo que le ha sido dado por Dios, nunca debe sentirse frustrada ni decepcionada.

Debe vivir sabiendo que, al final, es Dios quien le dará la recompensa, es El quien sanará sus heridas, aliviará sus cargas y cambiará su tristeza en gozo.

m–lluberes@hotmail.com