¡Maestro de la Medicina Dominicana!

23_08_2015 HOY_DOMINGO_230815_ Opinión8 A

En razón de recibir muy orgulloso el pasado miércoles el más alto galardón que otorga el Colegio Médico Dominicano, el de “Maestro de la Medicina Dominicana” y con la distinguida presencia de la Dra. Margarita Cedeño de Fernández, nuestra Vice y la lectura de mis semblanzas por el Dr. Miguel Valdez Anderson, dijimos este discurso de gracias, que deseo compartir. Luego de agradecer a todo el Colegio en la persona de su presidente, el Dr. Pedro Sing, por conferirme tan alto honor. Muy buenas noches, a la mesa directiva y a mis queridos colegas reconocidos esta solemne noche. Al recibir tan alta distinción me siento muy honrado, pero es mayor y más profunda mi gratitud cuando evalúo hasta qué punto este reconocimiento sobrepasa mis méritos personales. Como el agradecimiento es la memoria del corazón, deseo dar las gracias esta noche desde tres vertientes: el hombre, el médico y el maestro. El hombre, yo, casi joven todavía, deseo agradecer primero al Supremo Hacedor por permitirme estar aquí. A mis padres don José y doña Vaganiona, quienes moran en la galaxia donde solo habitan los justos, sé que están muy felices esta noche, pues ellos sutilmente me hicieron médico, pero su máxima obra fue que nos enseñaron con infinita ternura, que el tejido del universo es el amor. A mi compañera, mi esposa Ingrid Elizabeth, quien me ha soportado, me ha acompañado fielmente, y de manera principal, por haberme hecho eterno en nuestra progenie, mil gracias… A mis hijos Carolina, Omar, Melisa, y mi sabia nieta Nicole hoy con la energía del amor más trascendente les digo una vez más que no puedo sentirme más orgulloso, por haber seguido ustedes la prosapia, sus excelencias académicas y sus conductas, me enriquecen como nada el alma y como padre y abuelo les doy las gracias, junto a sus tíos Luz Celeste y Gustavo Adolfo.

Debo también agradecer por igual a mis demás familiares, a mis fraternos, a mis amigos, a mis pacientes, y a todos los presentes, quisiera tener la inmensidad de una aurora boreal, para darles en indivisos un abrazo cariñoso y decirles gracias y sepan ustedes que les adeudo su invaluable compañía. Como médico, miembro de la fecunda promoción Med-76, la eterna gratitud a mis maestros, y como reza el Juramento Hipocrático: “Juro por Apolo, médico, por Asclepios, y por Higía y Panacea y por todos los dioses del Olimpo, tomándolos como testigos, cumplir este juramento según mi capacidad y mi conciencia: Tendré al que me enseñó este arte en la misma estimación que a mis padres”, deseo mencionar (por espacio) solo a algunos de ellos a: Osvaldo Marte Durán, José Joaquín Puello, Pericles Franco, Hugo Mendoza, Guarocuya Batista, Bernardo Defilló, Mario Tolentino y así otros muchos a los que hoy quiero agradecer desde el hondón de mi corazón, y decirles que solo he tratado de imitarlos, manejándome lo más adecuadamente posible ante la cruda realidad actual donde la tecnología, la modernidad, la globalización, la disponibilidad de información del gran público y lo mercantil, obligan hoy al médico que quiere dar un buen servicio a ser culto, muy sensible, comprensivo, actualizado, con espíritu inquisidor, con capacidad comunicativa y creadora y por encima de todo, tiene que ser ¡humano!

El maestro, categoría que adquiero esta noche, la agradezco, me enorgullece y me compromete aun más a seguir la prestigiosa labor de educador heredada desde mis abuelos, mis tíos y mi padre, intensa fuerza que por ser genética escapa a las circunstancias y que es como el espíritu que no infiere, no entra en cavilaciones filosóficas, sino que es un irrefrenable ímpetu interior al que usted no se puede negar. El lograr esta noche categoría de “Maestro” por los años de ejercicio, me lleva a comprender que más importante que la inteligencia es la lucidez, que más imprescindible que el conocimiento es la indoblegable intención de que el conocimiento no se utilice para destruir la única cementera en donde este puede germinar. Si la cultura es grandeza, lo es porque se halla indisolublemente ligada a la generosidad y a la filantropía.

Sabido es que la salud es el más preciado de los bienes, por tanto el ejercicio médico debe seguir siendo un apostolado, los médicos merecemos en nuestro balance cultural, un espacio amplio y digno, una página justa y honradora por ese gran anhelo humano y casi divino, de redimir al hombre de sus esclavitudes morbosas y epidémicas. ¡Gracias del alma a todos!