Maestro del espionaje; una salida final y nuevo inicio

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Por JAMES RISEN     
NUEVA YORK.–
Hace siete noviembres, miembros de la tribu de política exterior de George Bush padre, un grupo cerrado de pragmáticos apasionados, celebraron una reunión a la sombra de la catástrofe.

Habían llegado a College Station, Texas, para una conferencia patrocinada por la CIA sobre la historia del espionaje de la Guerra Fría que de hecho era una oportunidad para que los veteranos del primer gobierno Bush se congratularan por haber ideado un suave aterrizaje de la Guerra Fría entre 1989 y 1991.

Pero cuando estaban llegando a la Biblioteca Presidencial George Bush, en el campus de Texas A&M, la famosa hoguera Aggie colapsó, matando a 12 estudiantes e hiriendo a otros 27.

El anfitrión de la conferencia sobre la Guerra Fría ese día era Robert M. Gates, el ex director de la Agencia Central de Inteligencia que entonces fungía como decano interino de la Escuela de Gobierno y Servicio Público George Bush en la escuela, y anto él como el ex Presidente Bush, que también asistía, hicieron su mejor esfuerzo por ayudar a los Aggies en su hora de crisis, aun mientras se aseguraban que su evento transcurriera sin problemas. (Gates llegó a ser presidente de Texas A&M.) Fue, en microcosmos, el tipo de calmado manejo de crisis sobre el cual el equipo de política exterior de Bush padre construyó su reputación. Ahora se ha pedido a Gates que ayude a la sombra de la catástrofe causada por la inestable edificación estadounidense en Irak. Es un regreso para un verdadero Combatiente de la Guerra Fría, un profesional del espionaje cuya carrera fue delineada por la caía del Muro de Berlín.

Una paradoja es que el regreso de Gates al poder ocurre en la misma semana que la muerte de uno de sus antiguos adversarios de la Guerra Fría, Markus Wolf, el legendario jefe del servicio de espionaje exterior de Alemania Oriental, el Hauptverwaltung Aufklaerung.

Wolf parecía tener espías en todas partes, y sin embargo fue un enemigo tan elusivo para Occidente que se le llegó a conocer internacionalmente como el “hombre sin rostro”, y se pensaba ampliamente que había servido de modelo para el jefe de espionaje comunista de ficción de John le Carre, “Karla”, aun cuando Le Carre lo ha negado.

Gates y Wolf fueron, en formas muy diferentes, víctimas de la muerte de la Guerra Fría. La habilidad de Markus Wolf en las artes oscuras del espionaje por las calles de Europa Central finalmente no salvaron a Alemania Oriental del cubo de basura de la historia.

Después de la caída del Muro de Berlín, se vio forzado a ver como agentes de espionaje germanoccidentales y estadounidenses hurgaban entre los restos de su servicio de espionaje anteriormente temido, hasta el día inevitable en 1990 en que dos estadounidenses acudieron a él, preguntándole si estaba dispuesto a salir de las sombras y contar a la CIAs todo lo que sabía. Wolf declinó, pero el hecho de que la CIA tuviera la audacia de acercarse le puso en caso que el fin estaba cerca.

Para Gates, el fin de la Guerra Fría fue menos perturbador, pero aún así provocó desagradables batallas en torno a acusaciones de la politización del espionaje y si la CISA habí fracasado en interpretar con precisión los signos del inminente colapso del comunismo.

Analista de espionaje profesional, Gates fue forzado a soportar difíciles audiencias de confirmación en 1991, cuando fue designado director de la Agencia Central de Inteligencia por Bush padre, cuatro años después de que su nominación para el mismo puesto fue hecha descarrilar tras el escándalo Irán-contras.

Gates ganó la batalla de confirmación en 1991, y llevó consigo un ambicioso plan para reformar a la agencia para que hiciera frente a las realidades de la era posterior a la Guerra Fría.

Pero sus propuestas nunca echaron raíces, ya que duró en el cargo sólo poco más de un año. Se vio obligado a renunciar cuando Bush perdió la elección de 1992. Bill Clinton fue el primer presidente posterior a la Guerra Fría, y no estaba interesado en mantener a Combatientes republicanos de esa era mientras él buscaba un dividendo de paz. (Sigue habiendo algunos veteranos de la CISA que creen que el abortado plan de Gates de 1991 para reorganizar al espionaje estadounidense representó la mejor oportunidad de reformar la agencia. Consideran su enfoque como menos redundante que la reorganización que ha creado la oficina del director de espionaje nacional sobre la oficina del director de la CISA.)

Para mediados de 1990, tanto Gates como Wolf se encontraban en el desierto. Para el espía comunista, eso significó eludir y transitar por el proceso legal en la Alemania recién unificada, donde los fiscales intentaron hacerlo responder por sus acciones. Incluso huyó temporalmente a Moscú, con la esperanza de que las cosas en Berlín se enfriaran.

No fue sino hasta 1997 que las batallas legales contra él se cerraron, cuando se le dio una sentencia suspendida. Escribió sus memorias, un libro llamado “Hombre sin Rostro”, y se volvió un personaje más visible, e incluso hablaba ocasionalmente con historiadores de la Guerra Fría.

Gates tuvo una estadía mucho más placentera en el desierto posterior a la Guerra Fría y escribió su propia biografía, “Desde las Sombras”.

La elección en 2000 de George W. Bush no trajo el esperado restablecimiento de los pragmáticos de Bush I, y ha tomado otros seis años que Gates salga del desierto de College Station.

Cuando tome el timón del Pentágono, tendrá el recuerdo de haber enfrentado a adversarios duros como Markus Wolf para guiarlo mientras busca manejar los sangrientos misterios del Irak de estos días.