Mafia, ética y porvenir

Mafia, ética y porvenir

Luego de haber escrito “El Padrino”, Mario Puzo sentía aprensión y temor respecto a cuál sería la reacción de los capos de la mafia neoyorkina respecto de su libro; si se sentirían puestos al descubierto o insultados, y si acaso corría algún tipo de peligro. Para su sorpresa, como Puzo mismo contó luego, cuando los mafiosos se dieron cuenta de que su novela los humanizaba y mostraba que, al fin y al cabo, ellos eran gentes como la mayoría, comenzaron a llegarle botellas de champaña a su mesa; y de vez en cuando un puño de seda blanca lo mangueaba desde alguna mesa en la penumbra.

Don Corleone tenía una gran ternura para con sus hijos, y era un verdadero protector de sus familiares y sus amigos. En una ocasión enfrentó enérgicamente a sus colegas mafiosos con un no rotundo a las drogas narcóticas. El padrino tenía un claro concepto de los límites de la acción de su pandilla, tanto en el aspecto ético como en el táctico. Una de sus mayores aspiraciones era que sus descendientes llegasen a ser ciudadanos respetables de los Estados Unidos, nación a la cual admiraba profundamente.

Las historias íntimas del bajo mundo han mostrado que detrás de la corrupción y la violencia siempre ha existido algún tipo de orden. Y que en el corazón de una prostituta suele haber una muchacha de pueblo que vino a buscar mejor vida, que jamás se olvidó de su madrecita buena, a la que siempre colmó de regalos y afectos.

El bajo mundo tiene su ética, y aunque allí “la vida es otra cosa”, como escribió bella y penetrantemente Jeanette Miller, casi todos tienen aspiraciones nobles y deseo de una vida mejor.

Quien estudia el origen de los grandes capitales de cualquier país, suele encontrar historias parecidas a las de los Corleone. Gentes que cruzaron el mar, que ya no querían regresar a sus lugares de origen, muchos de los cuales estaban en permanentes luchas políticas y religiosas. Ya en América, hubiesen preferido encontrar la vía de hacer las cosas acordes con la ley y la decencia, pero no siempre ha sido posible.

Michael Corleone, hablando con un obispo italiano, expresa su asombro de que alrededor de los negocios del Vaticano existan grupos de poder y capitales espurios. El obispo le explica que el cristianismo había estado en Europa durante siglos, pero que todavía no había llegado al corazón de los europeos. En la gran nación que fundaron los Pilgrims en Norteamérica, parecería estar ocurriendo lo inverso: los fundamentos cristianos de la cultura inicial se han estado saliendo de sus corazones. Aquella maravillosa siembra espiritual está siendo sistemáticamente sacada de las escuelas y se están imponiendo leyes reñidas adversas al cristianismo.

En el mundo de los poderosos la ambición no duerme ni descansa; la corrupción y la depredación del planeta llevan por malos derroteros.

Tal pareciera que los perseguidos, como en los tiempos de las catacumbas, serán las personas honradas, quienes terminarán siendo acorraladas, empujadas hacia las periferias y las penumbras.

 

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