Manifiesto de los desocupados

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JOSE ALFREDO PRIDA BUSTO
Definitivamente en este país no hay respeto. La clase de los desocupados se une hoy como un solo hombre para denunciar toda una serie de desconsideraciones que las autoridades están teniendo con la misma. Debe quedar claramente entendido, que el desocupado, como cualquier otro ente de la sociedad tiene sus funciones dentro de la misma. Si, señor. Aunque usted  piense de otra manera. Funciones que son sumamente importantes, ya que definitivamente, como se ha ido demostrando con el tiempo, sin desocupados no hay democracia ni bienestar para las minorías. Y el hecho de la no existencia de esta importante clase, podría poner en peligro eso que los políticos con tanto temor y respeto llaman gobernabilidad.

Hoy en día, aunque cada vez con más miembros activos, la clase de los desocupados pasa por toda una serie de penurias que definitivamente pueden llegar a hacer que desaparezca como grupo activo con los ya mencionados peligros para la sociedad. Para conocimiento del público en general y ya que esta clase es tan malentendida, presentamos una descripción de lo que debe ser la vida de un desocupado. Estilo que, desgraciadamente, dadas las circunstancias, está teniendo a esfumarse. El desocupado es un individuo que no tiene trabajo remunerado, sea porque nunca lo ha tenido o porque lo haya perdido sin mucho pesar dadas las condiciones económicas imperantes. Tengamos claro que dicho individuo está llamado a ocupar su día en las actividades que se describen a continuación.

La mañana debe pasársela tirado en una cama con las cuatro gomas para arriba en aire acondicionado o, al menos, con un abanico de los grandes de esos que soplan mucho, viendo televisión u oyendo radio para planificar las jugadas de la tarde. Los unos arman el mentado pool y los otros la sexteta del béisbol, el básquetbol, fútbol americano, hockey sobre hielo (deporte éste de gran tradición en el país), o lo que sea. No se sabe gracias a qué, afortunadamente nadie se ha metido con las apuestas ni con la lotería y cualquiera puede jugar su dinero diariamente. En algún momento, alrededor del mediodía, el desocupado se levanta y come. Pasa luego por el cajero automático, en el mejor de los casos, para sacar una pequeña parte de los ahorritos, que se utilizará como inversión, o le pide dinero prestado a un compadre. Si no, busca moneda como sea, ya que eso es lo más importante, y se dirige luego a su banca preferida a sellar la o las jugadas.

En la tarde, vuelve a la cuna que dejó para ir a comer y sellar, o se va a la banca, y se dispara todo el programa hípico de pe a pa bajándote al mismo tiempo varias frescosas. Es distinto que dicho programa sea el nacional o el boricua. Se puede apostar de igual modo a lo que suceda en la vecina del Encanto.

También puede pasarla haciendo brincar la televisión de canal en canal para ver cómo van los juegos motivos de su esperanza de ser millonario. La tarde pasa en una inenarrable situación de nervios viendo que es posible que la línea no gane la carrera o que el pitcher se volvió una porquería o que el otro inútil no supo batear. Esto solo lo soportan espíritus fuertes y de intenso y largo entrenamiento.

Por la noche, tiene que pasar por el colmadón a jugar la consuetudinaria partida de dominó. Durante dicha actividad social, prosiguen las libaciones en compañía de los canchanchanes y se comentan las jugadas del día. Generalmente, esto es, todos los días, uno comenta que se cayó en la tercera y el otro en la quinta, que fulanito tiene problemas con el brazo y que perencejito ya no es el de la temporada anterior. Hay el que pide temprano el pote grande, decepcionado por haberse caído ya en la primera carrera o haber fallado en su pronóstico de un equipo ganador. El pool y la sexteta son más esquivos que una señorita de la sociedad victoriana. Como consolación, en el mismo colmadón hay una banca de lotería donde se puede jugar el palé, armado en base a un sueñecito que pasó por la mente del desocupado cuando en la cama le entró el sopor post-almuerzo de obrero de pico y pala.

Para cerrar, el desocupado e retira tranquilamente a su casa sin meterse con nadie a la hora que le viene en gana. Afortunadamente, gracias también a no se sabe qué, los lugares públicos no tienen una hora tope de cierre como en los países dizque desarrollado. Cena y se va a dormir para descansar y reponer energía, ya que al día siguiente le espera la misma agotadora rutina de siempre. Hasta aquí, todo muy bonito. Hemos visto cómo esa persona tiene un papel preponderante en el desenvolvimiento social y económico del país.

Pero, ¿se da así realmente el día del desocupado en estos tiempos? No señor, no. Y ese es el origen de la protesta de esta clase. ¿Cuál es el problema? La luz. La energía eléctrica. Aquí nadie resuelve ese problema y la luz es un elemento básico para la vida normal y la felicidad del desocupado. Veamos.

Sin luz no hay aire acondicionado ni abanico. Por tanto, no hay quien se pase diez minutos en la cama porque suda como si el colchón fuera de agua y se hubiera pinchado. Ya el hombre empieza a incomodarse desde temprano en la mañana. No hablen de plantas eléctricas ni de inversores. No se pueden tener y, por otra parte, hay que vivir pendientes del combustible, el agua de las baterías, etcétera. Eso no es vida.

Sin luz no hay televisión ni radio. No hay forma de estar en contacto con el mundo. El hombre, además de incómodo, se siente aislado del universo que le rodea. Terrible. Hay que empezar a llamar por teléfono a ver qué saben los otros, si es que saben algo.

Sin luz no hay frescosas ni tragos con hielo. Eso hace la tarde larga y aburrida y ya, luego de haber probado la cerveza dominicana bien fría, ni en Siberia durante el invierno beben cerveza caliente. Ahora el hombre siente un dejo de abandono de la sociedad hacia él.

Sin luz no funcionan los cajeros automáticos, ni el timbre de la casa del compadre, ni las máquinas de sellar jugadas, ni las de lotería. Es el colmo. Ya esto es como una bofetada a la dignidad de la persona.

Sin luz no se puede jugar al dominó. Esto incluye que no se puedan mantener la agradable tertulia de fin del día que es la que trae el reposo mental al estresado desocupado. ¡Definitivamente, hay una confabulación contra la clase!.

Ya está bueno. Que si hoy hay un chin de luz, que si mañana es posible que haya pero no es seguro. Que nunca se sabe la hora que se va o que vuelve. ¡Basta ya!, como hubiera dicho en sus buenos tiempos Don Viriato que en paz descanse.

Como consecuencia, la clase en pleno hace de público conocimiento el siguiente comunicado:

Primero: Denunciar, como de hecho denuncia, la dejadez de las autoridades ante un problema de semejante envergadura que pone en peligro la sanidad mental de todo un importante grupo de personas.

Segundo: Retirar, como de hecho retira, las membresías a partidos políticos y el apoyo, si lo hubiere, a los mismos, ya que de nada sirve ser de éste o de aquel y la situación la sufren todos.

Y Tercero: Proclamar, como de hecho proclama, que de no ser resuelto el problema, la clase en pleno dejará de participar en futuras justas electorales porque no importa quien esté, la situación no cambia.

Dado en República Dominicana, en una ciudad cualquiera, en una fecha cualquiera, durante uno cualquiera de los gobiernos que nos han tocado en suerte desde que al Perínclito le dieron la residencia permanente en el otro barrio.