“Manolo”, de Disla: diferencia
entre agente e infiltrado

DIÓGENES CÉSPEDES
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A pesar de estos datos históricos, tengo la sospecha de que ni siquiera Dan o Daniel Mitrione se llamaba el agente que bajo el seudónimo de Anthony Ruiz hizo el trabajo de exterminio de los izquierdistas y perredeístas que combatieron en la guerra patria de abril de 1965.

Esto así en razón de que su nombre no figura como muerto en misión en el panel de mármol que la Agencia Central de Inteligencia de Estados Unidos (CIA) tiene a la entrada de su edificio en Langley, con una estrella por cada desaparecido.

Los nombres los sacó a flote Ted Gup en su libro “The Book of Honor. Covert Lives and Classified Deaths at the CIA” (NY: Doubleday, 2000)

Pero la realidad es que a Dan Mitrioni le mataron los Tupamaros en Montevideo, luego de secuestrarle.

Que su nombre no figure en el Libro de Honor de la agencia de inteligencia quizá signifique que quizá pertenecía a otra organización policial o militar de los Estados Unidos y la agencia usó su institución como una tapadera.

Los asuntos de la CIA son siempre un misterio. La explicación que le dieron a Ted Gup de la razón por la cual no figuran los nombres de los muertos junto a su estrella fue que identificarlos “comprometía operaciones en curso y expone a los norteamericanos y a los nativos extranjeros a grave riesgo, además de revelar secretos adversos a los intereses de los Estados Unidos.

En resumen, que dañaría la seguridad nacional de los Estados Unidos.” (p. 4)

La vertiginosidad con que los miembros guerreristas de la Infraestructura desarrollaron sus planes de levantamiento militar inmediato en contra del Triunvirato porque creyeron que el triunfo de la revolución estaba al doblar de la esquina, impidió que el partido creara y perfeccionara sus mecanismos de defensa interna para protegerse del espionaje interno y extranjero. Esta labor de espionaje no se hace únicamente en contra de los partidos de izquierda, sino también en contra de los de derechas, de centro, las organizaciones sindicales, empresariales, eclesiásticas, etc.

Además, un partido de izquierda tan joven, con apenas dos años de existencia en 1963, no tenía el tiempo para curtir a sus miembros en el contra-espionaje y cerrar filas con la estrategia de los viejos partidos comunistas que en América Latina, ayudados por los servicios secretos rusos o chinos, habían peinado canas en estos menesteres de defenderse de los espías. Esta ayuda explica el atentado estalinista en contra de Trotski o las purgas latinoamericanas de elementos enemigos del estalinismo dentro de esos partidos latinoamericanos.

La revolución cubana había asumido este rol en América Latina, pero ésta era también muy joven todavía, como se ve en la novela de Disla.

La estrategia del Tony Sileo de la CIA en la novela de Disla puede no corresponder a la realidad histórica.

Puede ser un seudónimo, una tapadera, pero en la intrahistoria de la ficción, el reclutamiento que hace de Camilo Todeman, el alemán que trabajaba en la Armería de San Cristóbal, tiene un efecto en la realidad histórica, doblada por la ficción: la venta de armas dañadas al grupo militar de la Infraestructura.

A quienes Ted Gup identifica en su libro como agentes de la CIA muertos en misión en el extranjero son verdaderos agentes. Es decir, que pertenecen a la organización, son norteamericanos y reciben un sueldo de su gobierno por su trabajo, pero a quien la ficción de Disla identifica con Luis Genao Espaillat es en la realidad histórica un infiltrado que tuvo un éxito cabal.

Tony Sileo o quien fuera, está encargado de reclutar infiltrados y se les paga por su labor, en efectivo, en pesos o dólares, que no dejan huella, y se les protege del peligro cueste lo que cueste.