Manuel Ortega en la Guerra Patria

24_01_2016 HOY_DOMINGO_240116_ El País12 A

Durante la Revolución de 1965 no solo distribuyó alimentos y medicinas y ofreció aliento a la población turbada ante el inesperado estallido. Desde el mismo 24 de abril ayudó a salir a los alumnos procedentes del interior del Instituto Politécnico Loyola, donde era consejero espiritual desde que fue designado a Santo Domingo en 1964.
Pero no detuvo a los alumnos que quisieron integrarse al movimiento.

Lamentablemente, dos de ellos murieron en la batalla del puente Duarte.

Desde el hotel El Embajador se convirtió en eficiente auxiliar de los extranjeros que decidieron abandonar la Capital y representó un decisivo estímulo para los “Jóvenes Católicos” que se empeñaban en demostrar que no había unidad en el apoyo a la actitud conservadora, que la conflagración no convertiría la República en una segunda Cuba ni se trataba de una lucha entre comunistas y demócratas sino de una Guerra Civil.

Entre estos estaban Freddy Ginebra, Juan Bolívar Díaz, Bienvenido Brito, Rafael Brenes Guridi, Martha Olga García, Miguel Ángel y Agustín Heredia, Naya Pereyra, Vivian Mota, Fanny Sánchez, Ismael Cotes Morales, Dinorah Cordero, Nidia Puente, Delmira Domínguez…

Fue testigo de un enardecido intercambio entre Antonio Isa Conde y el nuncio Emanuele Clarizio, a petición del prelado, y conoce como ninguno la posición del arzobispo Octavio Antonio Beras, pues le visitó en su refugio.
Dormía inquieto en el templo de San Miguel abandonado por el párroco, padre Gómez, que enfermó, pero distribuyó alimentos, además, en Santa Bárbara, San Lázaro y en la casa de una buena señora de la calle Mercedes. Estuvo en el hospital

Padre Billini consolando heridos y llevando medicamentos.

Por su entrega a la causa rebelde, el entonces sacerdote Manuel Ortega tuvo problemas con los sectores derechistas y con su congregación en la que llegaron a acusarlo de traidor y de haberse dejado lavar el cerebro. Comprensivo, explica que los jesuitas, orden a la que pertenecía, habían sufrido dos traumas: el de la Guerra Civil Española y el de la Revolución Cubana y tenían “una especie de terror al comunismo, a la Guerra Fría”.

“Era una iglesia que estaba muy cerca del régimen de Trujillo, de la idea conservadora. Hay que recordar su posición respecto a Bosch: la Pastoral; el debate entre Bosch y Láutico García y los mítines de reafirmación cristiana” que dieron al traste con el primer Gobierno democrático tras la dictadura.

Extrovertido, libre y audaz en sus apreciaciones, rozagante, refiere el Congreso Mariano de febrero de 1965 al que asistió el cardenal chileno de avanzada Raúl Silva Henríquez, “y estos muchachos (los Jóvenes católicos) presentaron una visión de la situación que les trajo críticas”.

Durante la Revolución representaron un esfuerzo importante para ponerse en contacto con los corresponsales extranjeros aclarando que esta no era una Guerra Santa sino civil y sacaron el periódico Diálogo, “que fue una alternativa para demostrar que la posición de los católicos no era monolítica de apoyo al Gobierno de Reconstrucción, y a toda la ideología conservadora”.Clarizio fue una bendición. A

juicio del exreligioso, para la República Dominicana “fue una bendición” que el nuncio Emanuele Clarizio “estuviera acá así como estuvo Zanini en la Era de Trujillo”. Dijo que el mitrado medió y ayudó a que se hiciera el menor daño posible a la población, apoyó a los sacerdotes involucrados en la contienda bélica y quiso que hubiera en ella una presencia de la Iglesia.

Recuerda que la Casa de Cursillos de San Lázaro fue ocupada por el Partido Socialista Popular y Clarizio le pidió una entrevista con uno de sus líderes políticos. Fueron el cura y Antonio Isa Conde y “en más de una hora de conversación tuvieron un debate interesantísimo. Tony defensor de la visión marxista de la historia y el nuncio del camino de las Encíclicas Rerum Novarum y Quadragesimus Annus. Al terminar, cada uno estaba en la misma posición del comienzo”.

En su opinión, las acusaciones de chivato hacia Clarizio “no tienen ninguna verdad. Son total y absolutamente incorrectas”.

A monseñor Beras, por otro lado, lo define como “pastelero”, como llaman en Cuba “a los que no están con Dios ni con el diablo, no se comprometen”. El padre José Antonio Moreno recibió un aviso de la Conferencia Episcopal de la Iglesia de Estados Unidos de que suspenderían el envío de alimentos porque entendían que ya no había batallas. Pero el padre Tomás Marrero había realizado un censo en la zona constitucionalista y 42 mil personas se encontraban allí cercadas, escasas de alimentos, salud, higiene, proclives a enfermedades, afirma, y respondió que era un crimen, una barbaridad, la interrupción.

Ellos manifestaron que querían seguir pero necesitaban un documento escrito de una autoridad eclesial y tanto Moreno como Ortega visitaron a Beras al que acogieron las Siervas de María y cada vez que los dos clérigos le planteaban el asunto evadía hablar del tema hasta que finalmente “se levantó, nos dio a besar el anillo y nos dijo: ‘Son cosas que Dios permite”.

Beras “fue un cero a la izquierda” y añade: “De la jerarquía dominicana no nos enteramos de que ninguno apoyara la Revolución. Desde tiempos de Trujillo no enfrentaba a los poderes fácticos”.

En el conflicto “se hizo lo que se pudo, fue heroico pero nos venció el poder hegemónico”. Cita la cantidad de militares estadounidenses blindados que invadieron el país y pregunta: “¿Qué podían hacer unos constitucionalistas? Era sencillamente David contra Goliat”. Lágrimas le brotan al exclamar que el dominicano de entonces era distinto al de ahora. “¿Qué nos pasó? Este pueblo no era así”.

Con Fidel en el colegio. Manuel nació en La Habana, Cuba, el 8 de mayo de 1932, hijo de Manuel Ortega González y Manuela Soto Fernández, único varón de cuatro hermanos. En el Colegio de Belén, uno de los primeros centros donde estudió, en algún momento tuvo como compañero a Fidel Castro. Estudiaba en Europa cuando se produjo el alzamiento de Sierra Maestra y ya no regresó más a su patria.

Cursó filosofía, teología, práctica pastoral, ciencias políticas, lengua inglesa, humanidades clásicas en Berlín, Austria, Miami, Washington, España, entre otras carreras que le han dado una formación profesional impresionante.

Salió de Santo Domingo en septiembre de 1966. En 1969 solicitó la salida de la Compañía de Jesús para desvincularse con Descargo Honorable.

Estuvo casado con Vivian Mota, madre de su hijo Arturo. Su actual esposa es Flérida del Castillo.

Ha sido catedrático de varias universidades dominicanas y es fundador y miembro de Participación Ciudadana.

Confiesa que abandonó el estado clerical porque no estaba de acuerdo con el rumbo que había tomado la posición oficial de la Iglesia respecto a los asuntos sociales y a la moral familiar y sexual, ya que esto entraba en contradicción con lo que se le había enseñado en los estudios jesuitas. “Era una vuelta atrás”.