Manuel Rueda en el recuerdo

JACINTO GIMBERNARD PELLERANO
Para él, como para todos los seres que llevan a cuesta la alta sensibilidad y la hondura del pensamiento cuya sutil flecha se clava en el alma, disparada desde el misterio, para él, para Manuel Rueda, la música fue siempre un asombro, un azoro, un baúl mágico cargado de infinitas posibilidades.

Pero tenía la misma disposición de respetuoso asombro ante las espontáneas manifestaciones populares que saben saltar como chispas de oro desde las reconditeces humanas, fuesen décimas, adivinanzas, versificaciones formales, relatos de tierra adentro o cualquier otra expresión auténtica y reveladora.

Dueño de una clara y precisa escala de valores, y en señorío de sus preferencias que usualmente estaban basadas en criterios válidos, no en caprichos erráticos, podría él como Brentano, el filósofo alemán estudioso de la naturaleza de los fenómenos psíquicos, haber dicho y escrito “¡Abajo los prejuicios!”, tal como proclamara el pensador germano del siglo 19.

Era un espíritu abierto, y no es de extrañar que escogiese el nombre de “Isla Abierta” al suplemento cultural que él ideó, fundó y dirigió en este periódico por años extensos y pródigos, hasta que su vida dio un salto hacia las densas sombras del viaje final, cuando Atropos, la tercera Parca, cortó su hilo. El suplemento cultural de “Hoy” fue paradigma de una apertura y noble ejercicio constructivo. El talento tenía allí cabida, era acogido con entusiasmo, con crítica constructiva, certera y eficaz, así se tratase de noveles escritores o pintores o de reconocidos creadores de arte.

Hizo mucho bien, como hizo en el Conservatorio Nacional de Música desde su cátedra de piano superior, desde donde creó un nuevo nivel de excelencia, obligando a sus alumnas a internarse en la música más allá de las notas, para encontrar y exponer las escurridizas sutilezas que diferencian lo que es genial de lo que es simplemente bueno. A menudo increpaba a sus alumnas diciéndoles, “¡No entiendo nada!, ¿qué quiso decir el autor!?”. Podían correr lágrimas pero él no cejaba en demandarles la búsqueda de “la música”.

Cuando ocupó la dirección del Conservatorio, agregó sus enormes conocimientos adquiridos en Chile, a las valiosas modificaciones que allí había iniciado Manuel Simó, también formado en Suramérica. Con ambos allí, el Conservatorio alcanzó niveles insoñados. La autoridad de Rueda como virtuoso concertista de piano y exigente profesor rindió frutos espléndidos, de los cuales él se regocijaba. Las presentaciones de su discípula predilecta, Miriam Ariza en Conciertos de la más alta dificultad, lo hacía sentir justificado como pedagogo modelador de talentos y, aunque mesurado en sus elogios directos, no escatimaba alabanzas ni muestras de orgullo que brotaban como espontáneas flores de su recia personalidad.

Tuve el privilegio de trabajar con él. Junto a Francois Bahuaud formamos el trio que Beethoven demanda para su Triple Concierto para piano, violín, cello y orquesta. Lo presentamos en Bellas Artes, durante un Festival que abarcó todos los conciertos de Beethoven, los de piano, el de violín y la Fantasía Coral, ambicioso proyecto que se logró gracias a los esfuerzos de Arístides Incháustegui, a la sazón Director General de Bellas Artes. Posteriormente, invitados por la organización del Festival Casals, presentamos el Triple en Puerto Rico. Fueron días inolvidables en los cuales nos fundimos en una unidad triple contenido, en una hermandad mística puesta al servicio del arte genial.

El próximo 25 de agosto, conmemorando un aniversario de su nacimiento, a cumplirse el 28 de ese mes, la Fundación Corripio, de la cual fue Director-Fundador, pondrá a circular una obra inédita del maestro. “Luz no usada” se titula, y es, en verdad, una luz nueva la que brilla en esta serie de poemas.

Hondos, sugerentes e inspiradores.