Marcelina Santos, 101 años de puras y duras vivencias

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Tiene 106 años y tiene el pelo blanco de nieve. Hubiese sido tan fácil seguir el hilo de esta bella canción para contar la vida de Marcelina Santos. Pero le falta un lustro para la edad de María Coraje y sobre todo, tiene su propia historia, tan rica como la de aquella.

Aguerrida, con mucho que decir y una lucidez que deja boquiabierto a su auditorio, desglosa sus anécdotas arrellanada en una butaca en su casa de La Cabirma, Sánchez Ramírez.

Gran parte de su vida transcurrió entre el duro trabajo del campo y cuidar de siete hijos, cuyos nombres recuerda sin vacilar, Genaro, Agustín, Antonio, Neftalí, José Dolores, Fresa y Plinio, lo mismo que el del marido, Augusto Marte.

Eso sí, aclara que antes de casarse y de dedicarse a su hogar por entero bailó y disfrutó mucho.
Si una cosa lamenta es que los tiempos cambiaran tanto que ya los mozos no guardan el mínimo respeto por sus mayores, pese a los avances que trae consigo la modernidad y que deberían contribuir a fortalecer la formación humana.

“Antes si un joven encontraba en el camino a un viejo debía saludarlo sin el sombrero y si fumaba y le pedía fuego, debía dárselo de rodillas hasta que prendiera”, recuerda.
Por eso cree que falta más que muchos grados académicos para ser mejor. Hizo hasta cuarto de básica, “pero de los de antes”.

Ahora la poca visión le impide leer, pero exhorta a los que sí pueden a que no lo pospongan. Entiende que si los niños y jóvenes hacen cosas útiles podrían disminuir todas las muertes, robos y la violencia generalizada que la alarma, inexistente en “sus tiempos”.

Pide a los muchachos moderación, que contemplen sus actos, para que no sigan las cosas como van “porque si siguen así, ya usted sabe…”