Marco Antonio Muñiz:
un caballero de tomo y lomo

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POR MANUEL EDUARDO SOTO
A lo largo de mi carrera periodística internacional, ha habido decenas de artistas que han dejado una huella indeleble en mi memoria por algún gesto o algún detalle hacia mi persona. En esta ocasión quiero recordar a uno de los más grandes boleristas de todos los tiempos: Marco Antonio Muñiz, el siempre sonriente ídolo mexicano que a través de más de seis décadas nos ha deleitado con canciones románticas interpretadas en su estilo inigualable.

A pesar de que nunca llegamos a ser amigos íntimos —como ha sido el caso con Julio Iglesias y José José, por citar dos superestrellas que se me vienen a la memoria en este momento— las pocas ocasiones que tuvimos de compartir algunos instantes quedaron grabadas en mi mente para siempre.

Pero fue un momento muy especial el que disfrutamos un invernal sábado en la noche en Nueva York a mediados de la década del 80. Yo vivía en ese tiempo en Washington, D.C., la capital de Estados Unidos, por lo que Marco Antonio se preocupó de que su compañía disquera hiciera todos los arreglos correspondientes para trasladarme a la Gran Manzana para una actuación que iba a realizar en el club Cristal, en el suburbio de Queens.

Temprano en la mañana llegué a Nueva York como invitado especial de Muñiz. Hice algunos trámites personales en la ciudad donde ya había vivido durante una década y en la noche me recogió una limosina en el hotel para llevarme hasta el centro nocturno donde Marco Antonio iba a realizar una de sus raras actuaciones en el área.

En las últimas horas de la tarde, sin embargo, se desató una tormenta de nieve que paralizó prácticamente la ciudad. Pero yo no me preocupé mucho, ya que esa noche iba a presenciar la única actuación del mejor intérprete de “Por amor”, del dominicano Rafael Solano, a quien había admirado desde mi infancia, cuando lo escuchaba como la primera voz del trío Los Tres Ases.

Mi primera sorpresa fue encontrar totalmente vacío el club Cristal. Sólo los camareros y los cantineros estaban en sus puestos. El público había preferido quedarse en casa debido a lo difícil que era desplazarse por las calles tapizadas de nieve.

Marco Antonio esperó hasta la medianoche antes de tomar una decisión sobre su espectáculo. El propietario del local—el que ya le había pagado la suma de dinero acordada—le pidió que no actuara para poder enviar a sus casas al personal y evitar así una mayor pérdida de dinero por concepto de horas extraordinarias y otros gastos que debía realizar al mantener abierto el local.

Pero Marco Antonio fue categórico: “mi actuación no puede suspenderse”, le dijo al empresario. “Traje desde Washington al señor Manuel Eduardo Soto, el editor de espectáculos de la agencia UPI y no lo voy a defraudar”.

Y de esta forma, Marco Antonio procedió a presentar su espectáculo de canciones y chistes, acompañado de su hijo, Jorge, quien en ese entonces se especializaba en imitar jocosamente a grandes estrellas, incluso a su propio padre.

Por supuesto que yo me sentí caminando en las nubes al tener frente a mí a uno de mis cantantes favoritos actuando para mí y los empleados del local, los que pudieron disfrutar a sus anchas del espectáculo.

Años después volví a encontrarme un par de veces con Marco Antonio en México, Miami y en San Juan de Puerto Rico, pero esos encuentros no pasaron de la formalidad de los saludos. La noche nevada en Nueva York había desaparecido de su memoria, pero no de la mía.