María Mercedes Moliner

María Mercedes Moliner

La actriz francesa que vino a vivir y a morir en la Salomé Ureña

Santos del cielo, en la cima del roble,
mástil perdido en la noche encantada,
dejad la curruca de la primavera
para aquél que en el bosque encadena,
bajo la yerba que impide la huida,
la funesta derrota. (*).
*** *** ***

Saints du ciel, au sommet du chêne,
mât perdu dans la nuit enchantée,
quitte la fauvette du printemps
pour celui qui enchaîne dans la forêt,
sous l’herbe qui empêche de s’échapper,
la défaite fatale.

Arthur Rimbaud / Versos finales de los Cuervos.

Del misterio humano y sus transistos: CANNES 1977.

No habrá que figurar nada, solo buscar en el amplio recodo de la memoria feliz, momentos aproximados a ese día soleado sin nubes a la vista, cosa extraña sobre el mediterráneo que bañaba y baña, la bulla maliciosa de la avenida La Croisette, rostro frívolo del festival de Cannes, por solo una semana y media.

Aquella mañana, luminosa, con el mar mediterráneo de muy buen humor, vestía su traje turquesa ligero con olas de espejos, justo ese día, aquella lóbrega y plomiza cara de mar disgustado entre nubes negras, que esperaban lluvias torrenciales, no fue evidente.

Como se recordará en esa bahía, entre nubosidad oscura y mar que la enamora, llover es una ley tan diluvial, como segura.

La Croisette, ese paseo marítimo, centro del mundo y larga bahía de extravagancias corporales cuando el festival de Cannes es el amo del ojo universal, ese lugar sería la razón de un encuentro perdido en mi memoria.

De modo que cuando el sol se imponía, resbalaba entre láminas de brillos como un reflector intenso, que despertaba los ojos, para mirar, finalmente, a tres personas en el Blue Bar, y a lo lejos entre brumas, estaba la famosa Isla Lerín, obligada memoria greco insular en el mediterráneo.

Pues bien, en ese lugar entonces me detenía Jean Louis Jorge (+), para presentarme a la fulgurante y expresiva, Mercedes Moliner, ella detestaba el nombre de María.

En medio del tumulto y del especial glamour del Blue Bar, allí había sido el encuentro, el único.

Los tránsitos humanos, son misteriosos y extraños han pasado 44 años y sin embargo el 18 de mayo pasado se esfumaba

Mercedes Moliner, luces rojas intermitentes, frente a su casa, Salomé Ureña 2, en silencio lo anunciaban…

¡¡Como y por que llega a República Dominicana, Mercedes Molinar!! País que embruja mas allá de donde diría Cirilo!!…


Se cuenta que un heredero de la famosa Casa Martini (y no soy Magda Florencio, pero por Mercedes Molinar, todo), conocido como Lello Vastapane, decidió dedicar su herencia al placer de viajar por el Caribe. En la terraza Martini de Bélgica, Mercedes Molinar, luego de una carrera como actriz de Cine y Televisión, era la imagen y anfitriona de esa terraza en Bruselas.

Cuando Lello Vastapane recibe su parte de la fortuna familiar, se diría que estamos hacia finales de la década de años 80 del siglo XX, camino hacia la siguiente década, 1990.

Casada con un señor belga de apellido Linterman, primeras nupcias, el futuro de Mercedes Molinar en su retiro estaba en el yate que Vastapane, su nuevo compañero había comprado para descubrir sin intermediarios el Caribe: sueño europeo, aún vigente en el imaginario de las eternas vacaciones.

Primero se establecieron en una bella isla llamada Sant Bart, que no es más que el territorio insular de posesión francesa cuyo nombre original es Saint Barthélemy, cerca de Puerto Rico y San Martin, de la que se especula alguna vez fue asiento Vikingo en el Caribe.

La conexión con República Dominicana, llega por las Terrenas, allí una vieja amiga de la pareja construía una casa, seguimos en los mediados de los años 90 del mismo siglo XX.

En la costa de Montecristi se daña el yate y eso se convierte en una odisea y terminan quedándose aquí… Venden el yate y según relato de John Waters se van a vivir a Jarabacoa, hasta el año 2006.

Temas de salud, le obligaron a vivir en Santo Domingo: Salomé Ureña número 2. Viuda Mercedes Molinar, es rodeada de afectos por sus vecinos, en mi caso: conversaciones en francés y las arias de Puccini de ventana a ventana, cuando así me lo solicitaba.

Acogida por la vecindad de la angosta calle Salomé Ureña, Mercedes Moliner, vivió 12 años sola sin su alma gemela, el intrépido Lelo Vastapane, su amor marinero, los dos: soñadores del Caribe eterno.

Nunca habló de su pasado, yo no pude adivinarlo, el tiempo nos transforma
y elegimos con libertad adulta, que deseamos y dónde queremos estar, al final de nuestros años.

Ella nos eligió, todos como vecinos respondimos a su llamado humano y le acompañamos en esa soledad vivida con entereza y alegría, conservando para sí misma, la verdad de un pasado, que ahora descubrimos, 44 años luego: todo comenzó en Cannes y termina en la calle Salome Ureña, pequeña comunidad que se mantiene poco a poco, al aire del tiempo inexorable. (CFE)

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