Martha Pérez – El debate

Los ojos del mundo están sobre la República Dominicana por el raro acontecer que describe a una nación en aguda crisis de todo tipo con lamentables consecuencias sociales, en contraste con un gobierno que no ha podido enfrentar por lo menos las consecuencias sociales y un presidente que pese a todo esto persiste en reelegirse.

Esa mirada del mundo sobre nuestro país advierte a los dominicanos todos a estar alertas sobre la antedicha situación y las características que va tomando al paso del tiempo, entre éstas, originando el incremento de escándalos bancarios y modalidades de corrupción; causando desesperación en los aspirantes a retener el poder, de manera tal que en muchas acciones gubernamentales o, más bien, electoralistas, se está pretendiendo colocar la carreta delante de los bueyes; tal situación también va engrosando las agendas de las instituciones del Estado, todas imbuidas en la política electoral, cuyas acciones se confunden con la funcionalidad de las mismas; y consecuentemente surgiendo nuevos y capitales temas de debates. Pero es evidente que estos grandes temas de debates no están en el interés del oficialista candidato presidencial, pues, desde su discurso ante la Asamblea Nacional el pasado 27 de febrero, donde debía presentar las memorias a la fecha de su gobierno, cada vez que habla lanza duros epítetos y acusaciones, a veces de manera desafiante, discriminatoria y humillante, hacia alguna persona o sector, especialmente hacia el opositor candidato del Partido de la Liberación Dominicana. Con esta actitud, el presidente Hipólito Mejía y candidato presidencial del PRD está dispuesto, si fuese necesario, a ir al debate con el candidato presidencial del PLD, el doctor Leonel Fernández. Y podría irse por encima de Leonel en el debate; en buen dominicano, podría ganarle.

¿Ganarle? Se preguntarán ustedes, amigos lectores; sí, ganarle; porque el presidente Mejía, además de sus condiciones políticas, tiene un carisma contagioso, tiene buen sentido del humor, sabe concatenar la crítica y el humor para provocar risa; y con ello atrae la atención de sus contertulios, sobre todo en las actividades públicas proselitistas; además es un gran improvisador (en eso de calificar prontamente) al llamar las cosas por su nombre en el justo momento en que necesita crear un impacto verbal, buscando fijar una imagen de la persona o cosa bajo su cuestión. Pero, desafortunadamente, ahí no es donde se debe llevar el debate. El debate que se requiere presentar ante la población electoral es el de los temas capitales que guardan estrecha relación con el futuro inmediato de la nación dominicana; temas que hoy no son ni deben ser los mismos de ayer; temas que deben abordarse más allá de un proyecto de ley que manoseen congresistas sin llegar a nada; que no deben quedar en una simple mención de un mitin o encuentro de campaña electoral, porque el país está en crisis y sobre el actual nivel de crisis general amenazan otras crisis particulares que todavía no se sabe adónde van a parar. El debate en la presente coyuntura no puede quedar en enunciados de temáticas y promesas; “yo puedo, yo haré, yo dispuse, yo voy a ordenar….”; NO, los temas del debate de hoy, han de plantearse con todas sus vertientes, ponderarse, analizarse amplia y profundamente con criterio científico, y elaborase políticas concretas con objetivos bien dirigidos hacia metas viables que puedan producir los cambios que urgen para regresar al desviado ritmo normal de la nación dominicana. Como electora, no quiero el debate; ahora no es conveniente, por las características que matizan el presente proceso electoral; sobre todo, el nivel de la crisis, de la que el presidente Mejía todavía está localizando a responsables y responsabilidades (personas y acontecimientos). Y la difícil condición de vida en que se desempeña la mayoría de las familias dominicanas, haciendo esfuerzos sobre lo humano para poder sostenerse a diario. Esto genera en la gente rechazo al bla, bla, bla; a lo mismo de ayer; a la repetición de las promesa no cumplidas; a los mismos enfoques de los problemas, en fin, a todo cuanto esté matizado del sello meramente electoralista. La situación presente que vivimos los dominicanos apunta a ser enfrentada más allá de un debate en el que sólo se buscaría medir “fuerza” en lo verbal (quién ofende más) o en lo teórico (quién enumera y promete más “soluciones” ). El debate en estos momentos va a confundir más, si se reedita el estilo, porque el tratamiento de equis tema va a producir en el espectador una especie de sonido de campana que la gente no quiere ya oír. Lo que necesitamos es recobrar la fe y la confianza perdidas. No hay planteamiento que valga ante el nivel de la crisis que vivimos; es más, hasta la novedosa modalidad de debate con distintos sectores que está implementando el candidato del PLD, respondiendo preguntas de la gente sobre temas nodales, es aceptable, es refrescante, trae un poco de esperanza que invita a la confianza perdida, pero no es lo que resuelve, porque lo que demanda la presente situación no es qué va a hacer de llegar o quedarse en el poder tal o cual candidato, con la juventud, con los discapacitados, con los pensionados, con la mujer, con la niñez, con la corrupción, etc.; lo que demanda esto es un amplio proyecto de rescate de la nación, el que solo se logra con la unidad en la diversidad y con un gobierno compartido. Y luego entonces, comenzar a hablar de otros temas, como la Ley de Hidrocarburos y la Ley de Migración. Señores, estamos en emergencia! Y la esperanza de salir de la emergencia son las elecciones del 16 de mayo próximo, por lo que desde ya hay que empezar por corregir los entuertos que se están originando en la Junta Central Electoral. Si así andamos todavía, ¿de qué debate hablamos?