Marxista convertido en caudillo; historia de familia

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Por STEPHEN KINZER
NUEVA YORK.–
Después de tomar el poder en Nicaragua en 1979, los revolucionarios sandinistas se sirvieron de la riqueza que sus enemigos derrotados dejaron atrás. Un “comandante”, Daniel Ortega, puso sus ojos en una mansión amurallada en el centro de Managua que pertenecía a un banquero que había huido a México.

Sin siquiera simular un procedimiento legal, confiscó la casa y se mudó a ella. El dueño, Jaime Morales, se unió a los contrarrevolucionarios –los contras– y prometió destruir al nuevo régimen por medio de la fuerza militar.

Pese a cientos de millones de dólares en ayuda de Estados Unidos, la guerra de los contras fracasó. Pero también, al final, fracasaron los sandinistas. En 1990, los electores nicaragüenses rechazaron a Ortega. Después de un periodo de reclusión, resurgió con una nueva identidad: el “caudillo” al viejo estilo que usa la ideología cuando le conviene pero está dedicado principalmente a la búsqueda de poder.

La semana pasada, la transformación de Ortega fue coronada con el triunfo cuando, en su tercer intento, ganó la presidencia de Nicaragua en una elección libre.

Su vicepresidente no es otro que Morales, quien regresó a Nicaragua después de que terminó la guerra civil, llegó a un “acuerdo privado” con su antiguo enemigo (supuestamente involucró un intercambio de terrenos), y renunció a su reclamo sobre su antigua residencia.

Durante los años 80, Ortega denunció a los contras como “bestias2 y prometió combatirlos a muerte. Nadie en Nicaragua, sin embargo, se sintió sorprendido cuando eligió a un ex contra como su compañero de fórmula electoral.

Ortega es, después de todo, un cruzado en favor del buen gobierno que se ha aliado con los personajes más corruptos del país; un defensor de los pobres que se ha enriquecido a través de una serie de tratos de negocios misteriosos; y un ideólogo izquierdista que ha resultado dispuesto a adoptar cualquier causa — más recientemente una prohibición total del aborto — que le conlleve una ventaja política. Nicaragua es un país pequeño de 5.6 millones de habitantes. Todos los miembros de la clase política se conocen entre sí, y en muchos casos tienen lazos personales y familiares complejos. Para los forasteros, el país parece encarnizadamente dividido por la política. Las disputas políticas, sin embargo, a menudo encubren enemistades dentro de las familias y clanes. Los forasteros podrían interpretar el abandono de Ortega de casi todo aquello en que alguna vez creyó como un acto de cinismo espectacular. Para los nicaragüenses, es sólo el ejemplo más reciente de cómo los líderes de su pendenciera nación son, al final, propensos a perdonarse unos a otros y encontrar nuevas formas de compartir el botín.

Ese no es el único aspecto de la vida política nicaragüense que ha permanecido constante pese a los enormes cambios que han reformado al país en el último cuarto de siglo. Los nicaragüenses, como los habitantes de otros países latinoamericanos, siguen dispuestos a apoyar a los líderes populistas que gobiernan a través de la fuerza de la personalidad en vez de a través de instituciones. Siguen mostrándose escépticos de Estados Unidos, que ha intervenido repetidamente en Nicaragua durante el último siglo. Y se sienten fascinados como nunca con los melodramas familiares que se desarrollan en el escenario nacional.

Durante gran parte de la historia nicaragüense, los más picantes de estos dramas involucraban a los clanes Chamorro y Somoza. Ahora los Ortega se han unido al espectáculo.

El hermano del presidente electo, Humberto, quien fue el ministro de defensa sandinista en los años 80 y quien desde entonces ha hecho fortuna en los negocios, se rehusó a apoyar la candidatura de su hermano. La hijastra de Daniel Ortega lo ha acusado de abusar sexualmente de ella desde que tenía 11 años de edad y él tenía 34. Su esposa, Rosario Murillo, sigue siéndole constantemente fiel. Ella organizó la campaña política de este año, en la cual su marido no concedió entrevistas ni participó en debates, y se espera que desempeñe un papel clave en su gobierno. Algunos ya la están comparando con Dinorah Sampson, quien durante los años 70 fue la amante del Presidente Anastasio Somoza Debayle y un poder siniestro detrás del trono.

“En los 80, Ortega gobernó como parte de un liderazgo sandinista colectivo”, dijo Carlos Fernando Chamorro, quien era editor entonces del periódico sandinista oficial mientra su madre, su hermano y su hermana dirigían al asediado diario opositor. “Ahora gira mucho más en torno del poder personal y familiar. Ese es el nuevo Ortega, pero para Nicaragua es un antiguo patrón”.

Algunos funcionarios en Washington parecen dispuestos a enfrentar a Ortega de nuevo. Advierten que está a punto de convertirse en el títere centroamericano del Presidente Hugo Chávez de Venezuela, el personaje más reciente en la lista de enemigos de Washington. Sin embargo, muchos nicaragüenses, incluidos algunos ex contras, quieren que los estadounidenses den a Ortega una segunda oportunidad.

“Cuando los sandinistas llegaron al poder, llegaron con uniformes sucios, sin más experiencia que dar órdenes”, dijo Adolfo Calero, quien durante los años 80 encabezaron la facción contra más grande. “Eran bárbaros en el banquete. Ahora son más viejos. Tienen familias, y muchos de ellos tienen intereses económicos muy fuertes. Espero una actitud totalmente diferente. Mi esperanza es que el poder no los seduzca, como fue la última vez, sino que los haga más responsables”.

En sus años fuera del poder, Ortega se convirtió en maestro del compromiso encubierto. Poco después de iniciar su campaña reciente, firmó una declaración prometiendo apoyar a la empresa privada y el Acuerdo de Libre Comercio de América Central. En las próximas semanas, se espera que pida a los líderes empresariales que recomienden candidatos para los puestos principales.

Pero así como Ortega se ganó a ex enemigos en Nicaragua, muchos antiguos aliados, incluidos la mayoría de los comandantes con los cuales gobernó en los 80, rompieron con él porque no pudieron soportar su estilo egocéntrico y su poco disimulada codicia de poder.

“A largo plazo, va a querer consolidar su poder en formas que vayan más allá de un mandato presidencial”, predijo uno de estos desertores, Sergio Ramírez, un novelista que fue vicepresidente de Ortega durante los años 80. “Su impulso básico es autoritario, y sus amistades con Chávez y Fidel Castro refuerzan eso”.