Matar por convicción

12_08_2019 HOY_LUNES_120819_ Opinión12 A

La década de los 70 iniciaba con su carga de incertidumbre, retos y descubrimientos. Con el atrevimiento juvenil desafiando paradigmas, importunando cátedras, mortificando a la parentela. Los pasillos universitarios fueron ágora. Hervidero cotidiano, exigido por la circunstancia. La indiferencia era sospechosa, aunque podía salvar prestigios, evitar rumores y deshonor. La militancia requería sigilo, para no despertar sospechas. Las tareas subversivas no podían comentarse. También hubo militancia sin adscripción a nómina partidista alguna, se ejercía con el discurso y con la provocación. Entre canto y contracanto, libros encubiertos para que nadie detectara el contenido,el estudiantado, que soñaba con llegar a estrados y curules, discutía y enfrentaba la realidad que compungía con su retahíla de cadáveres e inseguridad. Entonces los alardes de lecturas recientes para comprender y comprometerse más allá de las canciones y de los poemas, de las películas prohibidas y las permitidas. Advenía la evaluación ética del crimen: cuándo proceden las causas de justificación, cuándo la excusa absolutoria. El momento culminante y con fanfarria,era el correspondiente al comentario de los delitos comunes y los políticos. Entendible el interés. La época exigía. Los regímenes de fuerza reinaban en la región, los atropellos se convertían en costumbre. Había un ir y venir de parias, exiliados sin componte ni piedad. Pululaban los expulsos, sin destino, por las capitales de países ignotos.
La violencia de estado no tenía más opciones que el cementerio, el ostracismo o la cárcel. La división apasionaba y dependía de la perspectiva ideológica de cada quien. Jiménez de Asúa era cita frecuente. En “La Ley y El Delito”-Editorial Suramericana, séptima edición 1976- clasifica los delitos políticos en puros, complejos, conexos. “Los puros son los que se cometen contra la forma de la organización política de un estado; los complejos lesionan el orden político y el derecho común, como el homicidio de un Jefe de Estado o de Gobierno y los delitos conexos a la delincuencia política, que cometidos aisladamente serían constitutivos de delincuencia común, pero que, en el contexto de un delito político, resultan imprescindibles para poder llevar a cabo el hecho principal (el “robo con fines revolucionarios”, página 187).” Joaquín Balaguer resumió la doctrina con la división archiconocida de “políticos presos” y “presos políticos.” ¿Qué merecían entonces los infractores que cometían el hecho motivados por un ideal? ¿Tenía derecho el Estado burgués a sancionar las acciones patrióticas con fines redentores? De nuevo la alusión a la novela de Leonardo Padura “EL Hombre que amaba a los perros”, para evaluar si los motivos que impulsaron a Ramón Mercader del Río a matar a Trotski merecían la condena impuesta. El ejecutor fue moldeado.Conminado a odiar, rehén del adoctrinamiento que le impedía distinguir, decidir. Odiar sin remedio, odiar por la obligación de hacerlo, porque el mundo debe cambiar y el odio signa. Construyeron la personalidad del homicida animándole a odiar y a valorar la necesidad de eliminar el sujeto de su odio. ¿Podrían esgrimirse en un proceso penal esas razones como exculpatorias, atenuantes de la pena? ¿Argüir que el asesino obedecía los designios de su líder, convertido en amo de su voluntad? Líder venerado, hacedor del paraíso proletario que exigía sangre, lealtad a toda prueba, sacrificio sin lágrimas porque el llanto no es revolucionario. Intuir que la acción lo convertiría en parte del proyectomagnificente de Stalin, envaneció y obnubiló al asesino. Abrazó la causa, sin marcha atrás. Religión y fe porque el líder es omnipotente, omnisciente. El infalible mandante teníaintermediarios que se encargaban de acosarlo. Validos aguerridos, que actuaban sin compasión para encubrir el terror que sentían. ¿Podría, del mismo modo, ponderarse los efectos del abuso psicológico, la conculcación de derechos, que convirtieron a Mercader en un ser dependiente del odio? Sopesar los estragos del cambio constante de personalidad en la identidad. Ese ser, no ser, dejar de ser,que fue cosa común con el pretexto de la utopía. La mención de antecedentes infames seía interminable, sin embargo, nada importa ni disuade, cuando la convicción decide un crimen.