Matarlo dos veces

TONY PÉREZ
El padre de José Manuel Mercado, el estudiante de Comunicación Social de la UASD-Santiago que acaba de ser asesinado por delincuentes, rompió la resistencia de algunos de los presentes en el mortuorio, enfrentó el lente de la cámara de televisión y casi ahogado por el llanto, gritó al mundo su impotencia:

“¡Ése sí era serio, mírelo ahí, carajo, y mire có mo me lo mataron! Tengo dos que estudian pa abogado y le digo ¡coño, carajo! que no defiendan ladrone y asesino… que aquí el hombre serio, de trabajo, no vale. Son lo abogado, lo juece, la autoridade que sueltan a lo delincuente ¡carajo, coño! Mire ahora a mi hijo, el que estaba estudiando pa ayudarno, mírelo muerto, carajo”.

José Manuel y su familia no podían ser más pobres. Su guarida, en Los Callejones de un sitio macondiano que llaman Peñuelas en el municipio de Esperanza, delata a leguas su indigencia. Pero la falta de pasajes para trasladarse a la universidad, a decenas de kilómetros, no le desanimaba para mirar al futuro ni para gestionar el transporte a sus compañeros.

Algunos sostienen que para robarle un celular fue que lo mataron la noche del viernes 16 de marzo, víspera del aniversario del asesinato del periodista Orlando Martínez.

Aducen que el caso es similar al de Vanesa, la estudiante de Santiago que conmovió a miles. Resaltan que ella era acomodada y él muy pobre y que eso pesará mucho en la permanencia mediática del caso. Otros sólo dicen que desconocen la causa y especulan con otras razones.

Más importante es, sin embargo, que otro joven considerado útil ha muerto por la misma causa y que nadie puede resucitarlo para que sirva a la comunidad aunque sea desde los callejones de su humildad.

Lo que sí podría revivirse a partir de su deceso es la capacidad de asombro de mucha gente, la cual ha sido sepultada por la fuerza de la costumbre de sufrir sucesivos crímenes cometidos por delincuentes callejeros y sicarios de cuello blanco; la irresponsable participación de una parte de la justicia que actúa como garante de tales acciones agarrándose de argucias jurídicas. Sobre todo, la inaceptable indiferencia de una población muy creída en que jamás le llegaría la agresión.

El cuadro que pintan los vivos es peor que todos los muertos atribuidos a la violencia porque sin cambios cualitativos sería imposible salvarlos y ponerlos en fase de bajo riesgo, que sería lo deseable.

¿Para qué sirve la muerte a palos y pedradas de un muchacho de 28 años, estudiante de término de comunicación? ¿Para qué sirve la eliminación de cualquier ser humano útil a la sociedad, si no es para mejorar?

Aceptado el sufrimiento y el mayor empobrecimiento de la familia víctima, no debería servir como objeto de morbo y amarillismos baratos para lograr propósitos personales. Cualquier otra actitud implicaría volverlo a matar.

Sin embargo, esas muertes de humanos hasta ahora no trascienden el lamento, el lloriqueo tradicional y la politización mañosa que todo lo daña. Están lejos de arrancar de raíz la barrera que mantiene en trance las conciencias de la mayoría de los dominicanos que andan como zombis, viéndolos caer y culpando a otros de la desgracia de la que todos somos responsables.

En un país tan pequeño, los organismos de seguridad del Estado saben quiénes roban, quiénes matan y dónde están; pero también lo sabe la mayoría de la población civil, incluidos los políticos. Sólo que poco importa hasta que la tragedia les toca.

Frente a quienes, por omisión o comisión, apañan la delincuencia, deben estar quienes apuestan a la confluencia de esfuerzos oficiales y civiles para detenerla. Frente a los amigos de la conveniencia coyuntural, deben estar quienes quieran recuperar su capacidad de asombro y cooperar con el ejemplo.

Sólo así se estrechará la espiral de la violencia, volverá la paz de las calles y los hombres y mujeres de trabajo volverán a tener valor, como ha dicho el padre de José Manuel.