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Máximo Gómez

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CHIQUI VICIOSO
Cuando, en 1995, se discutían las celebraciones del Centenario del Manifiesto de Montecristi, planteamos la necesidad de que éstas tuviesen como objetivo central, además de celebrar la hermandad dominico-cubana, la exaltación de la figura de Máximo Gómez, de cuya muerte (1836-1905) se cumplen, este 17 de junio, los cien años.

Hice este planteamiento porque a Máximo Gómez se le conoce más en Cuba que aquí. Allá se celebran sus hazañas bélicas, las cuales le merecieron los sobrenombres de Primer Guerrillero de América y Napoleón de las Guerrillas; Héroe de la Campaña de Santiago de Cuba (1868-70); Héroe de la Invasión a Guantánamo (1871); Héroe de las Jornadas de Camagüey (1873-1874); Héroe de la Campaña de las Villas (1877-76); Héroe de la Campaña Circular de Camagüey (1895); Héroe de la Campaña Lanzadera de La Habana (1898) y sobre todo, Guerrero de la Campaña de la Reforma, la cual duró 20 meses, donde tan solo con cuatro mil hombres: mambises, campesinos descalzos, negros libertos, cubanos de todas las clases, derrotó a cuarenta mil efectivos del ejército más poderoso de su época. Héroe indiscutible de la independencia de Cuba, junto con su hijo adoptivo Antonio Maceo, también de origen dominicano, Máximo Gómez aun espera a su Homero.

De José Martí, visionario, poeta, patriota, crítico, ensayista, periodista, revolucionario infatigable, se han explorado todas las aristas, todas las posibles vertientes que explican su extraordinaria existencia. De Antonio Maceo, su biógrafo el General Miró, escribió la Ilíada y la Odisea, pero de Máximo Gómez apenas conocemos nosotros los dominicanos y dominicanas sus cartas, y no todas, y su Diario de Guerra.

¿Qué explica el surgimiento de un hombre tan singular y extrañamente desinteresado como Máximo Gómez? Los principios de alguien que afirmaba: «mi interés es libertar a los hombres, no gobernarlos».

¿Qué explica la austeridad y ecuanimidad de Máximo Gómez, su rechazo al racismo, un racismo que provocaba que en 1863 los negros dominicanos se llamasen a sí mismos «morenos españoles» y a los haitianos les llamaran «perros haitianos»? Y qué originó la ya famosa frase de Máximo Gómez: «Muy pronto me sentí yo unido al ser que mas sufría en Cuba y sobre el cual pesaba tan gran desgracia, el negro esclavo. Entonces fue que realmente supe que era yo capaz de amar a los hombres».

Y añade: «Yo fui a la guerra a pelear por la libertad del negro esclavo. Luego fue mi unión contra lo que se puede llamar esclavitud blanca, y fundí en mi voluntad las dos ideas y a ellas consagre mi vida. Pero, a pesar de los años que han pasado, no puedo olvidar que acepté al principio la Revolución para buscar en ella la libertad del negro esclavo».

Buscar la libertad del negro esclavo en una relación personal y amorosa con la Revolución: «Para que la Revolución me encontrara más y mejor expedito acababa de cubrir con el polvo de la tierra los restos mortales de mi anciana madre… y yo, que acababa de enterrarla a ella, me propuse tener otra: La Revolución». Relación maternal con la revolución, pero también amorosa. Así, ella, la Revolución, también encarna a la novia: «Eso no lo puedo consentir. ¡Todo delito contra la Revolución… deshonra a mi novia!»

De esa novia (la Revolución), convertida en 1883 en prudente consejera, habla Máximo Gómez en su carta a Serafín Rodríguez: «La Revolución le dijo al oído, pero el no quiso escucharla: Detente, hijo, no me turbes ahora, en mi trabajo secreto y lento. Da un poco de descanso a este valiente, pero fatigado pueblo. Aguarda, pues, que la hora llegará y tus impaciencias pueden retardarla».

Para esa novia guarda toda su ternura. En su regazo, como diría su biógrafo Benigno Souza, «su recio espíritu de campesino que no había atenuado su áspera moral con ninguna cultura de salones, se permitía descansar y musitar la poesía que su corazón reservaba para hombres como Martí, Maceo, su hijo Panchito y para Manana (su esposa) y Clemencia.»

Y para Martí y Maceo. A quien pretende hablarle mal de Martí le dice: «pocos conocen a Martí como yo. Puede ser que ni él mismo se conozca tanto. Martí es todo un corazón cubano, en materia de intereses me debe el concepto de que su pureza es inmaculada. Y a Maceo: «un solo consejo solamente y concluyo: que no se aturda su osadía puesto que le conozco de muy viejo y no olvide la sensatez. Se debe vivir para la patria antes que morir por la gloria, y nada más».

Y para los pobres, para la «plebe»: «Para esos (decía) trabajo yo.»

Por eso, a cien años de su muerte, es de rigor recordar a este hombre excepcional dominicano que ya mayor abandonó su finca en Montecristi y a su familia, para acompañar a un poeta alucinado (José Martí) que solo le ofreció a cambio la «probable ingratud de los hombres», pero no la de las mujeres, mi muy querido General.

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