Mecedora y aguardiente

FEDERICO HENRÍQUEZ GRATEREAUX
Mire señora, yo soy un negro muy ñoño. Para arrancar hacia Santiago con el carrito que manejo hay que pagarme bien. Esa carretera de Oriente tiene tramos peligrosos, cuestas, puentes viejos, trozos en malas condiciones; no puedo meter el automóvil por esos caminos si no gano con que repararlo. Además, de ninguna manera podría regresar el mismo día; no me gusta conducir de noche. Tendríamos que hacer un arreglo para quedarnos varios días, ya que pretenden llegar hasta la Sierra Maestra. Conozco algunos hoteles que no son caros; ustedes deberán cubrir el costo del alojamiento de este buen chofer, si llegara a ser parte de la expedición. Creo que necesitarán un práctico de la zona que sea confiable. Hay tres o cuatro que conocen palmo a palmo la región, pero trabajan para el gobierno y hacen demasiadas preguntas. Me ofrezco a servirles de guía, sin costos importantes, a no ser el agua, los refrescos, las bebidas y el hielo. Los que mandan en su oficina me han dicho que están dispuestos a pagar todo lo suyo y hasta lo mío; sin embargo, no sabían que ella lo acompañaría a usted en el viaje a Oriente. La única ventaja que tengo sobre otros guías es mi amistad con muchos ancianos de Bayamo que conocen la historia de Cuba con pelos y señales. El viejo Laureano Crespo, un blanco que antes tenía una finca, sabe más que cualquiera sobre la época del general Machado; él conoció de cerca los dos asesinos sanguinarios que había en Santiago en los años treinta y pico; yo los llevaría donde Tranquilino Macias, mochilero y montero experto, que sabe de la Sierra Maestra mucho más que los que pelearon allí contra Batista durante la revolución.

– Lidia, este hombre cree que trato de explorar la Antártida o de atravesar la Patagonia. Busquemos a otra persona menos exigente; antes de avanzar un paso nos presenta tantas obligaciones, compromisos, deberes, que mejor sería consultar con un abogado y redactar un contrato. – ¿Ladislao – preguntó Lidia – has visto el vehículo que está ahí afuera? Es una maquina poderosa del año 58; si aceptaras la oferta de Pimpollo iríamos cómodamente. No conoces el camino, ni las personas que hay que entrevistar; yo conozco algo de la geografía pero no a las personas importantes. Pimpollo domina las dos cosas. Los gastos míos los pagaremos entre tu y yo; la Unidad de Investigación tiene obligación de transportarte y alojarte únicamente a ti. Ellos no tienen nada que ver conmigo. Eso es verdad. Pues bien, ahora me han dado más ganas de acompañarte, para que vean que esta mujer completa de arriba abajo, Lidia Potuondo, no la para nadie; ningún sociólogo pendejo me ha dicho a mí nunca donde tengo que ir. Y tiró con violencia la cartera encima de la pequeña mesa de la humilde casa del chofer. – Ladislao, vamonos de aquí; lo único que hay que hacer es calcular el dinero que necesitamos.

Encarándose con el negro, sin ningún miramiento, Lidia espetó: Pimpollo, mañana nos volveremos a ver. Buenas tardes. Y dio la espalda. Ladislao tendió la mano al chofer y se despidió sin decir nada. Pimpollo quedó de pie mirando a la pareja alejarse por la calle casi desierta; permaneció parado en la puerta viendo taconear las piernas de Lidia, gozoso observando el movimiento de las nalgas de una hermosa mulata con mal humor.

Al doblar la esquina Ladislao se detuvo, tomó a Lidia por los hombros y, casi cara con cara, le preguntó con dureza ¿Este es un babalao del transporte inter – urbano? – Tu no entiendes en nada a la gente de Cuba, replicó Lidia; no te das cuenta de lo que buscan, continuó ella, subiendo la voz; Pimpollo está dándose tono delante de un blanco húngaro; y dudando de que una mulata como yo tenga con qué pagar el pasaje y el hotel.

Es un fresco, un sinvergüenza atrevido; te echa miraditas por los senos y las caderas; cree que está vivo y que las mujeres todavía se interesan en él. Eso me calentó la sangre, Ladislao. Pero él es el mejor chofer y el mejor guía. Piensa en tu trabajo y en los asuntos del pasado que, como siempre dices, contienen la semilla del futuro. Vamos a la casa; allá podremos descansar, hablar y decidir.

– Ladislao, voy a bañarme; no aguanto ya más el calor; me siento sucia y pegajosa. Espera unos minutos y estaré contigo otra vez. Siéntate en la mecedora un rato; si lo deseas prepararé un refresco de horchata tan pronto esté limpia, con una bata fresca. El húngaro se dejó caer en la mecedora, que crujió con el peso. Ladislao desabotonó su camisa, se sacó los zapatos y prendió el abanico. – Está bien Lidia, esperaré. Acto seguido cerrólos ojos y comenzó a mecerse nerviosamente.

Lidia entró al baño cuando vio a Ladislao meciéndose con energía. Las idas y venidas, el ruido de la madera de los balances de la mecedora, el calor, aturdieron a Ladislao.

Pensó que dormitaba en su casa en Budapest, que escuchaba una música alegre tocada por un grupo de zingaros en el fondo de un jardín con grandes árboles. Sus labios sonreían cuando Lidia salió de su habitación en pantuflas, con una ligera bata de algodón. Creyó que Ladislao estaba molesto aún por la reciente entrevista, que no quería abrir los ojos, ni hablar. Lidia encendió entonces la radio e inmediatamente se oyó a un hombre de voz atiplada cantando El Manisero. Ladislao detuvo la mecedora y preguntó ¿Qué sucede ahora? – Nada. ¿Te sirvo un refresco? ¿Quieres semillas secas? No Lidia, preferiría beber un trago de aguardiente de caña. Tal vez dos.