Media Naranja

El matrimonio, de casi veinte años, se rompió porque la amiga íntima, que compartía las fiestas, los disgustos y arreglos, las reconciliaciones y los pleitos, las intimidades, alegrías y éxitos de su querida “panafull”, llevaba un tiempo considerable compartiendo al compañero de su carnal y confidente. Jamás podría sospechar la afectada esta traición, porque su mejor y más cercana canchanchana está también casada. Inclusive, muchos de los bonches y hasta excursiones al exterior eran disfrutados en conjunto por las dos parejas.

La señora se enteró tarde y puede imaginarse el lector como la hirió traición tan tremenda. Es una relación muy profunda, argumentó él para justificar que no podía romper con la intrusa. El caso es raro, porque el consorte burlado no quiere aceptar la realidad y se mantiene fiel a la esposa adúltera.

Donde reinó la consternación fue en el hogar de la engañada, que optó por divorciarse. La amiga perversa ¡oh suerte!, tiene ahora, sólo para ella, a los dos galanes, ¡qué apretados!, negados a dejarla, uno haciéndose el loco sabrá Dios por cuales razones, y el otro en “stand by”, resignado a tener sólo una porción del bizcocho mientras el cornudo se decide a dejar libre la codiciada perla. ¿Qué tendrá la susodicha?

Casi toda la capital murmura el hecho no sólo por el insólito desenlace de esta larga cana al aire descubierta cuando casi es historia sino por la prestancia de los involucrados y por la ruptura lamentable de una familia que aparentaba ser feliz y sólida. (Las solideces están hoy en descrédito).

La mejor amiga, engatusada, con aparente comprensión, la otra fingiendo solidaridad y lealtad que no sentía ni ejercía mientras por otro lado tenía como espléndido banquete al marido infiel. Hay alarma entre sus padres y hermanos que han debido ponerla junto a los niños en manos de psiquiatra para evitar que todos caigan en la locura. Sus dos seres más queridos, los de mayor confianza, llevaban más de un decenio dándose vida a sus espaldas.

La situación es grave. “Su amiguita desde la primaria”, confiesa la conturbada madre de la hija embaucada, una dama muy reconocida en Santo Domingo, cuyo juicio está hoy más desquiciado que el de su querida primogénita.

No hubo desgracias físicas que lamentar. Felizmente. Las únicas tragedias son el hogar roto y el corazón destrozado de la esposa doblemente desairada.

El asunto encierra una lección: hay que saber escoger a las amigas, no abrir el corazón hasta que no haya comprobación de lealtad, inspiración de confianza.

Dignos de exhibirse en el museo de lo asombroso son los timbales del marido que sigue ahí, impertérrito, inconmovible, imperturbable pese a la infidelidad. ¡Qué tupé!, por no decir lo otro.