Media naranja
El relajo de las calles

ÁNGELA PEÑA
Es tiempo de que los ayuntamientos se empantalonen y terminen de una vez por siempre con el relajo de estar quitándoles nombres a calles que rinden homenaje a personas de indiscutibles méritos para sustituirlos por otros, dignos o no de ese reconocimiento.

En Santo Domingo hay infinidad de calles con números y letras y otras que honran a personas que no son acreedoras de ese honor. ¿Por qué entonces desvestir un santo para vestir otro? En 1962, un año después del ajusticiamiento de Trujillo,  se sustituyeron los nombres a varias calles porque, según la resolución, “guardaban relación con el pasado régimen dictatorial que padeció la República”. Entre los eliminados estaban “Presidente Peynado”, “Braulio Álvarez”, “Generalísimo Franco”, “Presidente Ríos”, “Cordel Hull”, “Somoza”, “Kansas City”, “Clear Water”, “Chiclana de la Frontera”, “New Orleans”, “Arturo Logroño”, “John Foster Dulles”, “US Marine Corps”, “Otilio Meléndez”, “Manuel de Jesús Troncoso de la Concha”, “Mercedes Soler viuda Peynado”, “Sebastiana Alba viuda Martínez”, “24 de Octubre”, “San Rafael” y otras. Algunos fueron repuestos y a estos se agregaron denominaciones de connotados trujillistas.

Pero entre estos nombres que se borraron entonces, hay figuras que no tuvieron ninguna vinculación con el trujillato, como Otilio Meléndez Urraca, por ejemplo, que era recordado en la vía que hoy, justicieramente, es un tributo a Tunti Cáceres. Meléndez era el médico de Horacio Vásquez y falleció, precisamente, acompañando al mandatario en un viaje a Bayaguana el 28 de diciembre de 1925, víctima de un edema agudo. Pocos tienen mejor ganado el nombre de una calle, no necesariamente por esa condición sino porque era tal la sensibilidad de este galeno, que fabricaba medicamentos para los necesitados, a los que atendía gratuitamente. Le llamaban “El médico de los pobres”. Además, fue un gran inventor que dejó varias fórmulas patentizadas.

Los síndicos deberían consultar a personas conocedoras de la historia antes de permitir un arbitrario cambio de nombre porque parece que, o son ignorantes o esas decisiones medalaganarias les importa un pito. Por eso permitieron que se anulara para siempre al Vizconde de Palmerston, al que reconocía la hoy calle “Paseo de los Médicos”; que a Constancio Bernardo de Quiroz los sustituyeran por Manuel Rueda, aunque este versátil y laureado intelectual tiene sobrados merecimientos, no para la callecita que le asignaron sino para una transitada,  grande, popular arteria.

Las inmensas avenidas y otras construcciones balaguerianas se llevaron de encuentro algunos nombres de Trinitarios que quedaron sepultados en el olvido, como Serra, por ejemplo, y así han desaparecido del mapa de la capital los nombres de Pedro Valverde y Lara, Juan Barón, Mariano Cestero, Fabré Geffrard y otros ilustres hombres y mujeres que ofrecieron valiosos servicios a la República.

Hay que detener ese antojadizo quita y pon. O sustituir con los incuestionables a señoras y señores que no vale la pena recordar y que están ahí, dando lugar a la rabia colectiva gracias al soborno, la alcahuetería o a un canchanchán  en la sala capitular.