Media naranja 
Se olvidó el aborto

POR ÁNGELA PEÑA
El tema del aborto como que se ha olvidado en la República a pesar de que hace unos años era punto número uno en los foros de instituciones académicas, religiosas, feministas, médicas, legales. Preocupaba a padres y maestros, a monjas y curas, a liberales y conservadores. Durante meses se convocaba a psicólogos, psiquiatras, sociólogos, sacerdotes, abogados y líderes femeninas de variadas tendencias para analizar si debía legalizarse o mantenerse tan peligrosamente clandestino.

Se condicionaba la práctica, se condenaba,  se planteaba la opción personal que asistía a la muchacha para decidir si mantener o interrumpir un embarazo.

Nunca se llegó a conclusiones oficiales y parece que de tanto tratarlo, personas y organismos se cansaron, engavetaron el asunto y ya casi no se habla, en este país, del aborto. No es motivo de tertulias, mesas redondas o conversatorios. A veces asoma  en tiempos de campaña electoral, pero tímidamente, porque declararse de forma abierta en contra o a favor puede restar votos, sobre todo si es a favor, en esta nación eminentemente católica y cristiana que lo considera un crimen bajo cualquier circunstancia.

El aborto ha quedado reducido al ámbito de las religiones. Es todavía un tema tabú que no se toca ni en el hogar por lo que tantas infelices niñas, asustadas por la responsabilidad de ser madres a destiempo, o por la posible reacción de indignación de sus padres o de condena de la sociedad, optan por perder sus vidas o su futura capacidad de procrear acudiendo a carniceros sin ética, ni moral, ni conciencia, que las reciben como mercancía por la que cobran sin ofrecer ni un segundo de garantía.

Es extraño que existiendo ya tantas fórmulas para el control natal, sean tan alarmantes las cifras de muertes, esterilidad precoz, mutilaciones o limitaciones a causa de una mala práctica. No hay estadísticas, pero sí numerosos escalofriantes testimonios.

Los hombres no sufren. Tienen resuelto el problema de su irresponsabilidad con una pastilla que muchas farmacias despachan sin el menor escrúpulo. Debe venderse con receta, pero como los dependientes son varones pertenecientes al mismo club de asesinos de bebés en gestación, la venden como si fuera un chicle. 37 pesos vale la vida de una criatura indeseada, despreciada, concebida por el puro gusto, sin amor ni protección.

“El aborto es la muerte de un niño o niña en el vientre de su madre…”.

¿Hay derecho a convertirse en infanticida habiendo tantos medios para evitarlo? ¿Es justo exponer a una joven a las consecuencias de una mortal o errada práctica? Siempre será oportuno hablar del aborto. Siempre.