Medicina del anciano

Tengo especial admiración por los ingenieros y los pediatras; los primeros, por ser imitadores de Dios utilizando las ciencias, en especial física y matemática, para dejarnos boquiabiertos con maravillosas obras arquitectónicas, submarinos, porta-aviones, rascacielos y recientemente la asombrosa inteligencia artificial que parece apoderarse de todo lo que llamamos civilización, y los segundos, por conjugar amor, talento y sagacidad para diagnosticar y tratar a infantes enfermos que solo pueden llorar y no explicar lo que sienten, convirtiéndose en verdaderos Sherlocks Holmes de la medicina.
Los ancianos tienen cierta proclividad hacia la hipocondría, que es la sensación de que se tiene cualquier enfermedad que nos enseñan o comentan, como me ocurría en mis años universitarios, convenciéndome luego de que no estaba realmente enfermo.
Deseo agregar un tercer componente a mis especialistas favoritos: Los geriatras o médicos que trabajan para los ancianos, personas especiales que, por suerte o por desgracia, se encuentran en un ciclo vital que los hace parecer verdaderos bebés, o niños, haciendo su diagnóstico y tratamiento más complejos que con los adultos menores.
Imagínense un viejito con alergia: Puede ser alimentaria, por contacto o por medicamentos y es aquí donde la cosa se complica porque hay que adivinar si fueron los medicamentos para bajar la presión arterial, o los que nivelan el azúcar, los que bajan el colesterol o los usados para la próstata, los usados para el reumatismo o mejorar el Alzheimer, los multivitamínicos, las cremas para la comezón, los que ponen a dormir y… !a Dios que reparta suerte! entre el anciano paciente y su atribulado doctor, si ya parecen tan niños que se engurruñan, se irritan y gritan sin motivo.