Médicos abusados

Los gobernantes multiplican  impertérritos el número  de funcionarios, y nuestras universidades producen  títulos desaforadamente. Andamos sobrados de  diplomas inanimados, producto de  una inexcusable irresponsabilidad  institucional. En el  excedente,  destacan los médicos;  por eso los exportamos y explotamos.

Ante una oferta excesiva, el consumidor escoge lo mejor y al precio más bajo. Si lo que abundan son profesionales desempleados, la explotación  es inevitable, y se   aprovechan  de ella los empleadores del gobierno, de clínicas privadas, y de  empresas de servicios médicos.

Los trabajos son pocos en  el área de la salud, y la competencia mucha, por eso,  una amiga muy cercana a la familia,  recién graduada, de impecables credenciales académicas  e inusual experiencia  práctica, se empleó en  una de esas prósperas compañías que operan  en los territorios turísticos del país.

Los incentivos y la paga eran  paupérrimos, pero pensó en  la tranquilidad  marina, que  le permitiría estudiar más y cambiar de ambiente. En estos tiempos, y con un exequátur  recién estrenado, quizás la oferta no era tan mala.

Pero  a  las pocas horas de  llegar a la playa enterró  su alegría en la arena: la recibieron  peor que a una doméstica en casa de un nuevo rico gubernamental; el alojamiento dejaba mucho que desear;  las exigencias laborales fueron drásticas y  alejadas de la ética, entre ellas, la de esmerarse en sacarle  dinero a los turistas enfermos. Finalizada  la jornada de siete días- y como parte de sus obligaciones- tenía  que llevar el dinero a la capital, sin protección alguna y en guagua.   

Descubrió sin proponérselo que entre los  artilugios utilizados para multiplicar las ganancias estaba el de cobrar  genéricos como originales. Por supuesto, la doctora  renunció. En venganza  a la desagradecida deserción,  todavía  no le han pagado su salario. ¡Por atrevida!

Había escuchado  quejas similares, y fue  otro colega, ahora exitoso e independiente especialista, quien me  las confirmó, pues trabajó en la misma compañía y en condiciones similares. Todos cuentan lo mismo, porque “eso es lo que hay”.

 Justificándose en el abuso, suelen  utilizar sofismas insostenibles, como el de un ritual de pasaje donde   trabajar mucho y cobrar  poco  fortalece  la vocación.  O el otro, en el que  sacrificarse les sirve para ganar experiencia y seguir aprendiendo.  En realidad, en los hoteles trabajan solos  y asumiendo toda la responsabilidad frente al enfermo. La única verdad es la del sacrificio.

Al final, los doctores  y  las doctoras  se cansan de aguantar candela y quieren largarse. No es que quieran  irse del país, sino largarse; que lleva rabia y desesperación. Se suelen  marchar  los mejores, y  luego regresan pocos.

Sin embargo, los empresarios de la salud  no deben llevarse las culpas. Al fin y al cabo, se dedican a producir  dinero; aunque sea a expensas de  convertir una picada de mosquito en  una terrible enfermedad tropical de  inmediato internamiento. Además,  los hay quienes abusan  menos y  tratan dignamente a los jóvenes profesionales. Los culpables son el Estado Pandilla,  y la mayoría de las incontrolables y paupérrimas universidades nuestras.