Meditaciones en torno a la justicia

JACINTO GIMBERNARD PELLERANO
Es muy difícil, tal vez imposible, entender la mecánica de la vida, escrutar las razones por las cuales suceden las cosas. Justicia. ¿Qué es la justicia? Reconozcamos que ha de distinguirse que existe una justicia divina y una humana.

La primera está totalmente fuera de nuestro alcance y uso. Estructurada en la perfección absoluta del Creador, existe en un plano indimensionado, ilimitado, inalcanzable. Personalmente yo creo en su perfección, en que nos sucede lo mejor que es posible como resultado de nuestras acciones, de ahora o de antes.  Pero eso es un terreno vedado. Hablemos de justicia humana, que es el producto resultante de la “Ley Natural”, de una intuición de divino origen que cataloga el bien y el mal y que dictamina sobre ellos mediante claras señales internas, de un carácter tan consistente y determinado que sólo tras mucho esfuerzo logra el humano –dominado por la potencia de sus pasiones- acallar la fuerza de sus dictámenes. La Ley Natural, “lex naturalis”, consiste, de acuerdo con Tomás de Aquino, en lo que la razón permite conocer al humano de la Ley Divina “lex aeterna” que permanece oculta para nosotros.

Las leyes creadas por los hombres en un estado de obediencia a la Ley Natural deberían ser bastante perfectas, dentro de un plano humano. Pero sucede que no siempre el legislador ha podido desembarazarse de la presión del interés político o social del momento histórico en que vive, o del peso de sus propias pasiones.

A pesar de que existen dogmas invariables, como la reparación de daños injustamente causados a otros, la irretroactividad de las leyes y el derecho de propiedad, las leyes están sujetas a variación con el paso del tiempo. Lo que parecía justo antaño puede parecer injusto hoy y viceversa. Pero es precisamente esa variación la prueba más eficiente para demostrar la perenne presencia de un ideal de justicia, que se mueve inquieto en búsqueda de la inalcanzable perfección.

Estas variaciones demuestran la existencia de la ley injusta o turbiamente elaborada.

Las leyes son un medio, no un fin.

Representan un camino supuestamente seguro, a fuer de estudiado, por el cual se alcanza la decisión correcta. Si el buen sentido, la voz íntima de la Ley Natural indica que una ley no es justa, entonces, en nombre de la justicia, supremo fin, quien la ejerce debe refugiarse en la posibilidad más justa que ella ofrezca, anunciando por medio de su sabia decisión la necesidad de que tal ley sea reformada o mostrando adecuadamente la emergencia de su extinción. En el Siglo V a.C., el retórico y sofista griego Trasímaco de Calcedonia afirmaba que es simplemente algo útil para servir los propios intereses (individuales o del Estado). Platón se opone, por boca de Sócrates a esta posición, que incluye que “la justicia es obediencia al interés del más fuerte” y así, contrariamente, Platón llama a la justicia: la virtud esencial y suprema del Estado.

Veinticinco siglos después, todavía tenemos problemas mundiales con la justicia. Basta mirar hacia el Medio Oriente. A lo que genera la ambición criminal.

Basta mirar a Haití, abandonado por inhumanidad de grandes potencias que en otras circunstancias se beneficiaron de esa porción de la Isla Española, porción que fuera riquísima colonia de Francia.