Memorial del siglo XX (2)

FEDERICO HENRÍQUEZ GRATEREAUX
Budapest, septiembre 25, 1991. Durante el transcurso del siglo XIX los habitantes de nuestros países se fueron acostumbrando lentamente a la liquidación progresiva de la cultura aristocrática, al fin de la dominación de los terratenientes y del predominio de las familias con títulos de nobleza. La Revolución Francesa y las guerras napoleónicas estuvieron precedidas por la creación política de la Unión Americana. Esos pasos históricos marcan lo que llaman actualmente “el desarrollo social del mundo occidental”. Y todo ello desemboca en la revolución bolchevique de 1917, la cual tiene lugar en medio de la Primera Guerra Mundial.

Los sociólogos sólo estudian los aspectos de este proceso que son directamente favorables para las masas trabajadoras de Europa y de América. Los derechos de los obreros y de los campesinos, de manera general, se van reconociendo en todas partes. Gradualmente las sujeciones, antiguas y contemporáneas, ceden espacio para el ejercicio de las libertades públicas. Ha sido un largo y doloroso camino recorrido por los grupos sociales más débiles. ¿Qué ha ocurrido en realidad? ¿Qué cambios inesperados surgieron del propio “cambio social”? En verdad, las clases mercantiles burguesas han establecido una alianza política estrecha y armoniosa con las clases proletarias. Los intereses de negocios marchan hoy asociados con la vulgaridad y la falta de educación. Los políticos profesionales, como antes se decía en broma, sacaban dinero de los bolsillos de los ricos con el que pagaban campañas para engañar a los pobres. Pero ahora los pobres quieren ganar dinero como los viejos burgueses y que los ricos ofrezcan espectáculos, comidas y literatura, con las exigencias y gustos de las clases menos educadas. El reino de la música pop es el más ruidoso de los ejemplos. A ese reino deben añadirse otros dominios colectivos: la pornografía filmada, de cine y video cassettes, las novelas de TV en episodios interminables. Últimamente el negocio de las drogas ha unido políticamente aun más a las clases mercantiles con las proletarias. Desde luego, en una relación “cuasi militar “de oficiales y soldados. Esta relación es, al mismo tiempo, económica e ideológica.

El envilecimiento de la actividad política contemporánea arranca de dos hechos visibles: el gusto por hacer negocios de casi todos los dirigentes políticos; la falta de ideología en las agrupaciones cívicas teóricamente de izquierda o en los partidos que invocan la antigua tradición revolucionaria. De la violencia se decía: es la gran “partera de la historia”. Esta frase, cuya paternidad atribuían a Marx los petardistas de varios períodos del siglo XX, servía de apoyo a la “acción revolucionaria” dirigida a transformar la sociedad burguesa. Una sociedad “perversa”, injusta, “explotadora”, en la que se fomentan “ideales retardatarios” desde el poder publico. Después de un siglo de guerras sociales, guerras coloniales, guerras internacionales, hemos arribado a la “apoteosis de la violencia”. Ya no es únicamente partera de la historia; es, además, fuente de enriquecimiento ilícito. con plena aceptación colectiva. Obreros y campesinos participan de esta “cosmovisión violentista”. Hemos visto en la realidad y en el cine las luchas entre indios y vaqueros, entre soldados alemanes e ingleses, entre norteamericanos y japoneses; la pelea, cada vez más violenta, sin reglas ni limites, continúa entre empresarios industriales, espías internacionales, karatecas chinos o traficantes de drogas.

Esta glorificación de la violencia y aquella complicidad contra-natura de clases antaño afrontadas, son dos caras de la misma enfermedad social. Los valores morales de cualquier clase son substituidos por valores comerciales o de mercado, también de cualquier clase. Si esos valores morales podían ser individuales, familiares, nacionales o universales; del mismo modo, los “valores comerciales” hoy suelen ser personales, empresariales, regionales o transnacionales. No tener normas morales se reputa una ventaja de procedimiento en las confrontaciones diplomáticas, de negocios, militares o de simple competencia por prestigios simbólicos. El superhombre amoral de Nietzsche ha alcanzado difusión “planetaria” y aplicaciones “multi disciplinarias”. El novelista Milan Kundera, estimulado por las traducciones de sus libros, compuso un escrito breve titulado: Sesenta y siete palabras. Una de ellas, la palabra obra, está explicada con un verso de un poeta que no conozco, Vladimir Holan: “Del esbozo a la obra, el camino se hace de rodillas”.

Otra se refiere a la obscenidad; “en un idioma extranjero se utilizan las palabras obscenas, pero no se las siente como tales. Una palabra obscena, pronunciada con acento, resulta cómica”. He vivido las dos situaciones después que salí de Hungría. Redacto Memorial del siglo XX con mucho trabajo y desesperante lentitud, poco menos que de rodillas. Busco a tientas las palabras adecuadas, los vocablos exactos que me libren de las iras ajenas y de las mentiras deliberadas. Mis amigos piensan que desde hace años tengo listo el original.

Y no es así. Al viajar por países de lenguas inglesa y española he sufrido a causa de las palabras obscenas que no logro pronunciar con efectividad erótica, ni siquiera con la fuerza de una interjección.

El checo Milan Kundera, quien emigró de su patria en 1968, un hombre inteligente, capaz de observar con agudeza lo que ocurre entorno, al recibir el Premio Jerusalén afirmó: “Dada la imperativa necesidad de complacer y de atraer […]  la atención del mayor número, la estética de los medios de comunicación es inevitablemente la del kitsch; y, a medida que los medios de comunicación abarcan toda nuestra vida y se infiltran en ella, el kitsch se convierte en nuestra estética y nuestra moral cotidianas”. Pero nunca pudo prever Kundera que el desvalido heredero de un trono vacante a partir de 1946, Simeón de Bulgaria, volvería al poder, esta vez elegido democráticamente. Los pueblos viejos, hartos de la corrupción y de la vulgaridad combinadas de burgueses y proletarios, prueban otra vez con el orgullo, la responsabilidad, tradición y elegancia, de los aristócratas. Sueñan con un arte hace tiempo olvidado o abolido: el “arte del buen gobierno”.