Memorias del suicidio

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Sabemos que nacer y morir es ley de la vida, pero ¡cuán triste resulta para amigos y parientes sentir que un ser querido se marchó a destiempo producto de una intensa y melancólica desesperanza! Para quienes solemos llegar tarde al teatro de los hechos, una muerte suicida es una trágica falla en la detección temprana de señales premonitorias enviadas por la persona fenecida. Los seres humanos hemos sido formados para vivir en sociedad. Eso significa que la valoración y supervivencia del individuo están ligadas a su relación con los demás. Valemos en tanto mantenemos una fuerte conexión con los demás. La soledad es nuestra peor enemiga. Solitarios somos débiles; la fortaleza humana se potencializa a través de la interacción social. Seis años consecutivos comprendidos entre el inicio del 2010 y finales del 2015 nos permitieron contabilizar y analizar mediante autopsia en el Instituto Nacional de Patología Forense los fallecimientos de cuatrocientos veintiséis víctimas suicidas.
Ello significa 76 decesos por año, equivalentes a seis fatalidades mensuales. Del total estudiado 354 eran masculinos, lo que representa el 83%, mientras que las restantes 72 defunciones correspondieron al sexo femenino. Entre niños y adolescentes se registraron 32 fallecimientos. ¿Cuáles medios utilizaron los ahora occisos para ponerle fin a sus días? Veamos el desglose: Hubo una cantidad de 161 que prefirió ahorcarse, seguido muy de cerca por las armas de fuego, usadas por 157 individuos; 55 personas se envenenaron, 28 se lanzaron al vacío, en tanto que 20 se sumergieron en las aguas. Solamente tres víctimas se valieron de arma blanca y dos recurrieron a las llamas. Más del noventa por ciento de estos fenecidos habían manifestado a familiares y amistades el deseo de matarse.
Tenemos casos en donde los fallecidos han dejado cartas explicando el motivo de su trágica decisión, instruyendo acerca de la disposición de sus restos, exculpando a otros, solicitando la comprensión y el perdón, así como indicando la manera en que se debían repartir sus bienes. Pensando en términos de promoción de la salud y prevención de enfermedades y muertes evitables uno se pregunta: ¿Qué hemos hecho y qué estamos haciendo para lograr reducir al máximo este tipo de mal que crónica y progresivamente afecta a la familia dominicana? La respuesta es bien simple: Lamentarnos.
Oigamos a Jeremías: “Deja de lamentarte y seca el llanto de tus ojos, ya que hay un arreglo para tu pena… Entonces la muchacha bailará de alegría, jóvenes y viejos vivirán felices; cambiaré su tristeza en alegría, los consolaré, los haré reír después de sus penas”.
Todos somos culpables por comisión o por omisión. Un mundo mejor es posible, pero para todos, sin exclusión.
La depresión es el común denominador en la compleja problemática del suicidio; la penuria financiera, el desamor, el abandono, el luto, la falta de oportunidades, los achaques, las deudas, la incomprensión y el abuso son algunos de los ingredientes del guiso suicida. La higiene y educación mental son pilares indispensables para un cerebro sano y alegre. Una sociedad justa y equitativa, más humana y solidaria no se complace con contabilizar sus muertos.
Trabajemos juntos por menos sogas, armas de fuego, venenos, lanzamientos al vacío, al agua dulce o salada. Podemos reducir la tasa de suicidios.