Memorias en tarde de primavera, para una madonna de Segovia en los trópicos: María Ugarte

Ugarte

Papeles del Trópico

Hace un siglo nacida en Segovia, que al decir del historiador Rodríguez de Rada, es la Civitaten iuxta iugum Dorii aedificavit [Hispan] Ciudad junto al Duero edificada por Hispan, doña María Ugarte hacia los años 1940, dicen que vino como refugiada republicana, pero el misterio de una guerra civil tiene tantos designios, que el refugio sería ella para muchos de nosotros, alta madonna de Segovia en los trópicos. El infatigable espíritu solidario de la República había encontrado en la sabia vocación pedagógica intelectual de aquella mujer altiva y alerta, de viva inteligencia rebosante, el referente ético e intelectual cuya sombra aún nos cobija, como un norte indeclinable, incólume.

Desde el hondo rosal, donde nos dejó su ternura infinita, venimos todos a ofrendarle unas gratas palabras de recuerdo, haciendo el ejercicio extraño de memoria larga, en un país que le fascina refocilarse en el lodo triste de la memoria corta, en la ignorancia adrede del mejor pasado, alabando, sin embargo, el peor y el nefasto, haciéndolo símbolo de presente incierto.

Aquí estamos todos, sus troncos familiares de sangre y la otra familia, nacida en los asientos de las redacciones de los suplementos y cuadernos de cultura dominicana, aquí estamos juntos, todos, plurales, de variados colores, toda su familia en una sola, mostrando cuán grande era el abanico de su misión en la tierra de los trópicos.

Madonna domínico-segoviana, eres de noche una estrella que zumba, sonriente entre tus lentes de aumento gigantes, la fatiga de pupila fornida de lecturas y conocimientos para los otros; de día eres una parda y hermosa paloma,que vuela a ras de nuestros corazones huérfanos, aturdidos por coros de spiritual y trinos de órganos hirsutos, con notas agudas y sostenidas.

Por las viejas escalinatas, aquellas donde el río hacía un poema cada tarde, caligrafía pluvial que compartimos entre risas y lágrimas, hay un ulular de voz, entre acento dominicano y las viejas zetas arrastradas de España, entre humo y metralla del fascismo enemigo, hay un eco largo que en el Ozama no ahogan las lilas y los cardúmenes, para anzuelos proletarios, de riveras sin esperanzas.

Cuando de repente oigo esa voz, melodía clara que me arroba, debo despertar entre largas noches oscuras y ansiedades de lecturas con pausas obligadas, porque me doy cuenta de que con quien hablar, casi no queda, quizás se fueron, o se escondieron en esa bruma que les llega a las sociedades, cuando hay un tránsito y su rumbo se diluye con signos alarmantes: muerte de librerías, reiterados ministros de cultura imbéciles, amanerados o chulones, corales de rebuzne en la radio y la televisión, en un Ora prono bis de burros disfrazados de internautas, con una pobreza de argumentación que les lleva a la simple violencia de las palabras, al insulto personal más virulento, clandestinidad artera, que las nuevas tecnologías mal usadas otorgan.

María de Segovia, María de Santo Domingo, María de las catedrales, María de las crónicas eternas, María de los ríos callados y mansos, ven a colmar esta furnia de saber que has dejado, retorna de tu galaxia imaginaria o en su defecto, dispara rayos de luces convertidos en libros y letras, a este maldito pandemónium, ven a socorrer al pequeño ejército mixto que dejaste en nombre del amor al conocimiento, en nombre de la bondad para enseñar, exquisita madonna segoviana, dondequiera que estés, aunque sea zumbando como una estrella, deja nuevas ráfagas de luces, invéntate la posibilidad de aparecer en los sueños, funda una academia onírica, la necesitamos ahora que no haber pasado por la escuela primaria, pero tener millones, es el pan de cada día, modelo moral desesperado y ríspido, para una sociedad que se hunde en sus peores miserias, ante la pasividad y la complacencia de una clase política, inculta e insensible, temerosa del bolsillo vacío, pero no del futuro colectivo desorganizado y mustio.

Desde el hondo rosal donde nos dejó tu infinita ternura, te quiero y te veo, hablo a solas contigo, con los ojos aguados, te musito hondo, porque quiero tener con quien hablar de Langston Hughes, de James Baldwin o Richard Wright, de Walt Witman, o tu Antonio Machado y sus campos de Castillas, de la voz de Paul Robeson, de la Brigada Lincoln en la Guerra Civil Española, de los versos de Carl Sandburg, de tiempos y moderatos cantabiles de Margarite Duras.

Cuando la conversación posible es un vacío, el recuerdo imborrable se vuelve palpitante, cruel.

Son vacíos que se sienten, el tuyo se siente como nunca. Tu gran vacío de ministra cultura sin título ni pretensiones, sin proponértelo, tu gran vacío de oído atento, cuando las agresiones sectarias del autoritarismo cultural de la vieja izquierda ignorante, tu gran vacío en fin: de corazón ausente que se hace presente cada día en este valle ya sin lágrimas, cargado de basuras mentales y frivolidades, a la orden del día.

Cabalgas y no lo sabes en esta ciudad de zombis inocentes, eres nubes a veces, lluvia fuerte entre los árboles enfermos de cáncer vegetal, en la frente tu nombre nos protege, es un santo y seña, en esta urbe asaltada por la desidia del saber, que se planta como si fuera un carnaval de sordos en el desierto, cuando viene la ventisca ciega y opaca.

Todos aquí, compromisarios con tu memoria insigne, tenemos el deber de no olvidarte en tu lejana galaxia invisible, porque desde el hondo rosal que nos dejaste, habrá que repetirlo siempre, el desconsuelo por tu ausencia es un aria de ópera gris, bajo esta lluvia de tristeza insular que no cesa, María Ugarte, madonna domínico-segoviana.

Gracias.

Santo Domingo, Ciudad Colonial, 29 de marzo del año 2014.