Memorias inmemoriales: Mi padre

R. A. FONT BERNARD
Fue luego de su fallecimiento, el 9 de enero del 1944, cuando comencé a interpretar el retraimiento y la actitud reservada de mi padre, en los últimos años de su parábola vital. El optimismo y la joviabilidad que le eran característicos, habían desaparecido. Ese año se conmemoró el primer centenario de la República y mi padre, por lo que me enteré luego, se consideraba un sobreviviente de la sociedad en la que discurrió su protagonismo político, en el primer tercio del siglo XX dominicano. Para entonces, yo apenas había salido de la adolescencia y mi padre, ya sexagenario, me sobrepasa en más de cuarenta años en la edad.

En su niñez, mi padre, había sido inscrito como semiinterno del Colegio San Luis Gonzaga, protegido por el Padre Francisco Xavier Billini, como “hijo de una madre viuda, en estado de extrema pobreza”. Esto lo testimonia un documento localizado recientemente en el Archivo General de la Nación, a propósito de la graduación del año lectivo del 1886. -Su padre, un soldado español de la etapa de la Anexión a España, había fallecido un año después de su nacimiento.- En ese documento figuran como sus condiscípulos los hermanos Gastón y Rafael Deligne, ambos también huérfanos por el fallecimiento de su padre.

Ya en la adolescencia, mi padre se manifestó opositor a la tiranía del Presidente Ulises Hereaux, por lo que tras permanecer varios días oculto en el Convento de los Domínicos, por haber participado en la osadía de colgar una efigie del general Lilis ahorcado, en una de las farolas del parque Colón, bajo el amparo del Arzobispo de Santo Domingo, monseñor Fernando Arturo de Meriño, fue embarcado en una goleta surta en el río Ozama, que salió en horas de la noche, hacia Venezuela.

En Venezuela, mi padre se afilió a la llamada “Revolución Redentora”, acaudillada por el general Cipriano Castro, junto al cual asumió la función de secretario, favorecido por la caligrafía inglesa, aprendida en el Colegio. Como se sabe históricamente, la “Revolución Redentora”, partió del Táchira, en la frontera con Colombia y tras un mes de marcha forzada, llegó a la ciudad de Caracas, abandonada días antes por el Presidente Crespo.

Tras enterarse en Caracas del magnicidio del 26 de julio del 1899, mi padre regresó al país para integrarse al llamado “movimiento renovador”, dirigido por el General Horacio Vásquez. Desde entonces y hasta la ocupación del territorio nacional, por la infantería de Marina de los Estados Unidos de América, el año 1916, mi padre se integró al grupo de jóvenes idealistas, bajo el rectorado de José Enrique Rodó, Juan Montalvo y Manuel González Prada, entonces oráculos de la juventud de la América Latina. Fueron aquellos, catorce años de rebeldías juveniles, contra el despotismo político criollo, y contra la hegemónica penetración de los Estados Unidos en la América Latina, luego de su intervención en la etapa final de la Guerra hispano-cubana, y la imposición a Cuba de la fatídica Emienda Platt.

Mi padre cayó en la trampa que supuso, la llegada del “hombre nuevo”, el año 1930. Y fue él, uno de los principales oradores de la campaña proselitista, que según los teorizantes de entonces, iba a cambiar el rumbo de la nación. Le recordamos vagamente, erguido en la tribuna instalada en la plaza pública, en su rol de propagandista de “la buena nueva”, se ufanaba que como lo describía la prensa de aquella época, era él el portador, “de la palabra que se dá, flor de metralla, en la divulgación de la causa redentora”.

“Santa revolución, -dijo en un mitin celebrado en el parque Colón -que es un grito de la juventud, clarinada de combate, protesta viril y atronadora de las falanges incontaminadas, presta a la acción, negada a las resoluciones sin decoro y a las prácticas sin dignidad”.

Pero ya para el año 1944, Trujillo había creado un coro de adulantes y genuflexos. Una nueva generación que beneficiada por el desarrollo económico del país, competía en la tarea de estimular la egolatría del dictador. Fue la etapa de las glorificaciones de “Trujillo, como Benefactor de la Patria”, “Trujillo el Primer Maestro del país”, “Trujillo el Padre de la Patria Nueva”. El Trujillo de las festividades privadas de San Cristóbal, en las que mi padre y sus amigos, -Juan José Sánchez, Augusto Chottin, el profesor Luis E. Aybar, los generales Manuel de Jesús Castillo y Manuel de Jesús Pérez Sosa-, no calificaban para participar. No concebían que Trujillo mereciese el Premio Nobel de la Paz, conforme le fue solicitado por un grupo de intelectuales, ya figurantes en el primer plano de la dictadura. Para mi padre y sus amigos, ya que no había espacio para el protagonismo político, porque eran remanentes de una etapa de la vida pública, ya periclitada.

Mi padre envejeció aceleradamente y se refugió en la compañía de las promesas juveniles, entre las que figuraban, entre otros, José Rijo, Néstor Caro, Freddy Prestól Castillo, Mario Martínez, Zacarías Espinal y Gladio Hidalgo.

Aproximándose la fecha de inicio del programa de conmemoraciones del primer centenario de la República, de cuya comisión organizadora, era vicepresidente, mi padre para quien la pobreza era una inseparable compañera, se dirigió mediante una carta a Trujillo, en solicitud de una pequeña ayuda económica, para solucionar apremios que le preocupaban. Y fue luego de su fallecimiento, cuando encontramos entre los papeles acumulados en su escrito, una comunicación firmada por un subsecretario de la Presidencia, en la que se le informaba que “su carta dirigida al Generalísimo Trujillo no le fue entregada, para no perturbarle de la formulación de los proyectos que elabora, para el desarrollo de la nación”.

El día primero de enero fuimos al cine Apolo, ubicado en la Avenida Mella para presenciar una película cinematográfica protagonizada por los artistas Fred Astaire y Ginger Roger. Al día siguiente invitó a un grupo de sus amigos, para celebrar el inicio del Año Nuevo. En la celebración se manifestó nostálgico, y en apariencias preocupado. Dos días después, declaró que estaba afectado por la gripe, y el día nueve falleció de manera inesperada, no obstante las atenciones profesionales de los doctores Marchena, Elmúdesi, Váldez, Pérez Nolasco y Perdomo. El entonces estudiante de medicina y luego sobresaliente cirujano, Alejandro Capellán, me dijo que mi padre había muerto afectado por una antigua enfermedad, llamada melancolía, en la actualidad calificada por la medicina moderna como “un estado depresivo”.

Al despedirle en el cementerio, dijo de él el doctor Pedro Landestoy, en una improvisada oración fúnebre: “Orador de casta, combatiente de estirpe coraje hecho hombre, tradición de valentía que encontrará en él su bronce. Murió como debía hacerlo, por un reventón de pecho, instantáneo y fulminante”.

Y junto a su tumba, unos trémulos versos juveniles “Fue un hombre bueno./ Un hombre que llamaba las cosas por su alma./ En su mirada había una luz sonriente y delicada./ Se quedó solo y puro./ Dueño total de simples cosas mágicas./ Tan libre llegó a ser,/ que nada precisada./ Y una tarde partió. Sin darse cuenta/ se le durmió el cansancio en la mirada./ Y en sus ojos cerrados,/ se abrió con su muerte, su mañana”.