Metamorfosis social

SAMUEL SANTANA
Vivimos en un país donde la gran mayoría de los ciudadanos ha experimentado condiciones de vida muy difíciles. Aquí no se puede decir que todos nacimos con el pan debajo del brazo ni en cuna repleta de peluches y colchas de algodón. De alguna manera la mayoría de los ciudadanos que vivimos en este país guardamos las marcas de una existencia dura vivida en algunas de nuestras zonas campesinas donde convivíamos con la orine de vacas, de burros y de caballos y donde nos abríamos paso entre el cieno y la flora mojada.

Tratando de escapar a esa dura realidad, muchos decidieron encaminar sus pasos por ese camino áspero y polvoriento que a la gran distancia conectaba con la ciudad. Una vez aquí, se establecieron donde las circunstancias les permitieron. Por eso hoy la zona capitalina está acompañada de orillas de ríos saturadas por hileras de casuchas de madera y de zinc centelleante y, como mancha indeleble en medio del lienzo, alguno que otro enclave dentro de una clase de gentes que siempre han sido los señores de las tierras, del poder y de la buena vida.

Esos campesinos cambiaron la esterilla, el aparejo, el machete, la mocha, la azada, la coa y el arado por triciclos, carretillas, motonetas y baldes. De sus casuchas miseriosas salía diariamente el pregón de yuca, batata, aguacate, dulces.que retumbaba en las calles de la ciudad.

Se conformaban con manosear unos pesitos empapados de sudor con los que podían comprar algo de comida y un pedazo de hielo para el agua fría que tomaban frente a un viejo televisor a blanco y negro.

Sin embargo, los vástagos de esa generación tenía y tiene una idea totalmente diferente de lo que debe ser la vida. Y todo porque su entorno y sus experiencias son otras.

Estos hijos están embriagados por las luces coloridas de las discotecas y por la propaganda de medios que proyectan una vida más activa.

La visión de esta nueva generación es ambiciosa y errada: quiere superar todo lo de sus progenitores, volar mucho más alto y vivir de manera diametralmente opuesta. Pero quiere un salto grande y de manera rápida.

Es por eso que esta nueva generación se bifurca.

Por un lado están los que se han lanzado a una lucha encarnizada contra el sistema. Es la gente que quiere satisfacer su ansia material a través del uso de la delincuencia. Esta acción ha quitado la tranquilidad al barrio y ha sembrado el pánico por sus callejones. Suben a las zonas de la nueva clase media y alta en busca de arrasar con todo lo que encuentren a su paso.

Compiten en patrullaje diurno y nocturno con los miembros de la seguridad estatal. En la actividad caen algunos pero se siguen proliferando como hierba mala.

La otra parte de esta nueva generación tiene una estrategia diferente. Ha tratado de encontrar nuevas vías siguiendo las voces de los gurúes políticos. Definitivamente ha descubierto que el partido político es una vía idónea para el ascenso social y para la superación de tantas penurias. Sólo basta con llegar al poder para que todo cambie. Inmediatamente vendrá el cargo público y la oportunidad de canjear el poder de decisión a favor del mejor postor.

Son esas ansias por escapar del vínculo de la pobreza la que ha llevado a que las instituciones estatales se conviertan en una especie de mercado donde ruedan las reputaciones y los mejores intereses del país.

Es precisamente esta metamorfosis social la que no permite esconder o lavar la realidad de las cosas, de lo que éramos ayer y de lo que somos hoy.