Mi experiencia en el Maratón de New York

Orlando Jorge Mera corriendo el Maratón de New York. En el recuadro, con la medalla de participación. Fuente externa

Un sueño

Cada noviembre, veía fotos y videos de miles de corredores participando en el mítico Maratón de New York, uno de los eventos de mayor prestigio en el mundo del deporte, y con el cual todo atleta anhela cumplir un día.

Comencé a correr en el Parque Mirador de Santo Domingo, hace un poco más de dos años, sin imaginar jamás que un día de noviembre, yo también me haría parte del cemento neoyorquino.

Mi encuentro con el mundo del correr se produjo gracias a la natación, pues luego de participar en un equipo de relevo en el Triatlón de TriMaster celebrado en Juan Dolio en diciembre de 2011, me convencí de que, además de nadar, podía correr y montar bicicleta. Así fue como conocí a Cristina Matos, una de las mejores maratonistas del país, quien me introdujo formalmente a correr, y me enseñó que nada era imposible si trabajaba con disciplina, perseverancia y entrega.

Mi meta fue tener la capacidad, pero sobre todo, el convencimiento de poder correr, primero, 5kms, y luego 10 kms. Al llegar a esa cifra, mi satisfacción fue plena y sentí que había llegado a mi límite, pero el tiempo se encargó de demostrarme lo contrario.

Seguí trabajando a paso firme, y logré en 2012 correr el Medio Maratón “Lowenbrau”de Maratonistas de La Hispaniola. Meses más tarde, lograría los 30kms del “Madrugador”. Mi techo no parecía tener límite, el sueño comenzaba a ser realidad.

A las puertas del 2013, superé mis propias expectativas con sesiones extendidas de entrenamiento, conocidas como fondos largos, al mismo tiempo que participaba en competencias de duatlón o triatlón. Mejoré mis tiempos en 5 y 10kms, hice el Medio Maratón de Punta Cana, corrí por segunda ocasión el de “Lowenbrau”y los 30kms del “Madrugador”.

Rumbo a New York. Nunca pude sospechar que la decepción de no poder inscribirme en el maratón de Chicago, pautado para octubre, sería el inicio de la carrera hacia el de New York, el que solo veía por televisión, el que millones de personas en todo el mundo se detenían a admirar.

Mis compañeros de corrida, que pertenecemos a “Los Titanes”, fueron esenciales para guiarme y animarme en la inscripción del Maratón de Nueva York, al cual pude acceder con éxito, con exactos siete meses para prepararme.

Entrenar para un maratón de esa envergadura requiere disciplina espartana. Levantarse a las cuatro y media de la mañana, tres veces a la semana. Los fines de semana, más temprano, para tener un promedio de más o menos 40kms corridos a la semana. Llueve, truene o ventee.

Sabía que nada podía detenerme. Ni el cansancio mental y físico, mucho menos un fuerte virus que me afectó un mes antes de la competencia. La ilusión de correr con la bandera dominicana en el pecho ante cientos de miles de personas, muchos de ellos compatriotas, valía todo el esfuerzo.

El “Día D”. El domingo 3 de noviembre me desperté a las cinco de la mañana y supe que no sería una jornada más.

Me preparé y desayuné para encontrarme con parte de los dominicanos y tomamos el transporte que nos llevaría al punto de salida, Staten Island.

Llegamos un poco antes de las 8 a.m. La logística de seguridad, impresionante. Solo permitían la entrada de corredores, previamente identificados. Éramos un poco más de 50,000 almas.

Mi hora de salida era las 10:30 a.m, por lo que prácticamente tuve que esperar un poco más de dos horas, en medio de un clima retador: 8 grados Celsius. Por eso, encima de la vestimenta de correr, tenía puesta la ropa de invierno de medio uso, para luego donarla, siguiendo la tradición de New York Road Runners. Ese tiempo que estuve en espera, cargado de anécdotas que no caben en este relato.

A medida que los grupos salían, seescuchaba el himno americano y la famosa canción “New York, New York” de Frank Sinatra. Era un mar humano fluyendo sobre el puente Verrazano, que une Staten Island con Brooklyn, iniciándose mi maratón, bajo la fuerte brisa y el paisaje hermoso de los rascacielos, como testigos de este evento.

Los 42 kms. Los primeros 21 kms se consumen en Brooklyn, rodeados de centenares de personas que se apostan en toda la ruta, dando ánimo a todos los corredores, y en todos los idiomas, con diferentes bandas musicales.

Se sale de Brooklyn, cruzando el puente Pulaski hasta llegar a Queens, que tiene una ruta de unos 5kms. El trayecto, lleno de espectadores, incluyendo dominicanosemocionados y saludando al ver la bandera dominicana presente.

Más adelante, el puente Queensboro, que nos lleva hacia Manhattan. Al finalizar ese trayecto, se observa la multitud que espera para dar la bienvenida en la Primera Avenida. Es, en esta larga y ancha avenida, en la que cada centímetro está ocupado por personas, animando y apoyando. Observé emocionado a decenas de dominicanos. Nunca se enteraron que ellos también fueron un aliento.

Al final de la Primera Avenida, ya marcando los 30Kms, se hace una entrada al Bronx, y se toma el cuarto y último puente, “Willis Avenue Bridge”, para llegar a Harlem y luego a la 5ta avenida. A estas alturas, pude superar la llamada “pared”, y continuar en el último trayecto de 12 kms, para completar los míticos 42 kilómetros.

El último suspiro. El trayecto final es una prueba mental. Cada vez más cerca de la meta, más gente, pero al mismo tiempo, se requiere más resistencia.

La topografía de New York es impresionante. Entre la 5ta avenida y las calles interiores del Parque Central, son subidas y lomas exigentes. Claro, todo lo que sube, baja, pero no hay trayectos planos. El apoyo de la gente, familiares y amigos durante la ruta, ayuda a superar el tramo final, sobre todo los últimos 5kms hasta llegar a la meta en el seno del Parque Central.

Ver la meta, acercarse a ella y cruzarla es un sentimiento indescriptible. Es el triunfo de la disciplina, perseverancia y sacrificio.

Crucé la meta, 5 h oras 4 minutos. Medalla en el pecho por mi participación, la coronación de un proceso emocionante que nunca voy a olvidar.

Ya lo puedo decir, oficialmente, soy maratonista.

Quiero reconocer a los cincuenta y seis dominicanos que viajamos desde Santo Domingo, con sueños, anhelos y esperanzas en la maleta. Regresamos con mucho más que eso. Mis felicitaciones y respeto a todos. A continuar, con disciplina y perseverancia para superar los retos del porvenir.

Nos volveremos a encontrar en el 2014.