Mi padre y el álbum del Colegio Santo Domingo

Jacinto Gimbernard Pellerano

No soy bueno para la fechas. Sí para recordar hechos. He tenido, y mantengo, una mala relación con los números. No puedo determinar el año en que ocurrieron las cosas que voy a contarles, pero imagino que debieron acontecer a fines de los cincuenta.

No tuvimos la menor idea de quién propuso a la directora del famoso Colegio Santo Domingo que el álbum del año fuese encargado a la imprenta de mi padre, pero un día apareció una adusta monja norteamericana, mascullando el español en el salón de trabajo de mi padre. Querían el álbum del año del colegio a tiempo para la próxima graduación. Estaban dispuestas a pagar por el corto tiempo que otorgaban para la entrega de la obra. Mi padre, asombrosamente, conociendo sus limitaciones, aceptó.

Quien había ido a hablarle era la Madre Superiora, que se parecía enormemente a su propia madre. Una autoridad indiscutible, irrebatible, magnética.

Había que hacer lo que ella dijese.

Papá firmó un contrato en el cual se establecía un importante descuento por cada día de retraso en la entrega del álbum.

Pero los materiales no estaban en orden. A una de las graduandas le habían colocado un nombre de varón. Cuando me percaté de que la sofisticada señorita tenía un nombre como Pedro Pérez, me atreví a dirigirme al distanciado Colegio Santo Domingo a prima noche.

Los guardianes me dejaron pasar –inexplicablemente sin problemas– y encontré varias “sisters” refrescándose en la piscina. Sin sorprenderse, salieron del agua con sus trajes de baño y me ofrecieron las informaciones que necesitaba. ¡Pedro Pérez era el jardinero!

En adelante, la Superiora encargó a dos monjas, jóvenes y bellas, supervisar las labores que se realizaban en la imprenta. El técnico de fotomecánica temblaba cuando una de ellas –la más bonita y coqueta– insistía en presenciar el proceso que se llevaba a cabo en el cuarto oscuro –apenas iluminado por la tenue luz roja de una Kodak Safety Lamp–. El técnico –que era gago– dijo más de una vez que, por favor, le sacaran esa mujer del cuarto oscuro. “Yo… yo… no soy… sino un… hom… hombre”

La Superiora se dio cuenta de su error y sustituyó a las monjitas por una pareja de mal encaradas religiosas que llegaron a inspirar hasta el temor de mi padre, que veía en la austera Superiora un reflejo de su madre, que era el personaje fuerte de la familia.

La fecha de entrega pasó. La Superiora apareció en persona reclamando los derechos que le otorgaba el contrato. Una importante multa por retraso. Prácticamente no tenía que pagar nada por ese trabajo… pero exigía su entrega.

A los ojos de mi padre, aquella severa religiosa irradiaba el mismo aire de control que imponía la imagen de su madre (mi abuela), para entonces ya muerta. Su presencia lo aplastaba.

Se trabajó día y noche para estar a tiempo. Yo no pude seguir el proceso, pero sé bien que fue angustioso. Papá, que no tomaba alcohol como no fuera una copa de vino en las comidas, mandó a comprar una chata de ron y se acostó a media noche en un camastro, adormilado, borracho e inmóvil.

No sé cómo resultó finalmente aquel álbum tan doloroso. Seguramente quienes lo recibieron entre los festejos de la graduación ni se enteraron de los errores.

A lo mejor los padres del jardinero, cuya imagen quedó en otro sitio, verían con orgullo que su hijo estaba entre todas esas aristocráticas muchachas.

Cosas de la vida.