Miedo al miedo

Si es malo el temor al qué dirán, peor es el miedo al miedo. El miedo lo hace uno mismo, me dijo mi abuelita Rosario Piñeyro cuando confundí una sábana que se balanceaba en el patio, en el plenilunio de una noche cualquiera.

Con el problema haitiano, porque ya dejó de ser asunto y se convirtió en problema, actuamos como el personaje de Juan Bosch en su célebre cuento “Dos pesos de agua”  o como aquel papel jugado por el ratón Mickey ahogado por las aguas que desdeñaba mientras crecían, en la película “Fantasía”.

Los haitianos en Santo Domingo, después del genocidio cometido por Trujillo y sus principales colaboradores en 1937, son un resto dejado por la explotación de los azucareros que los importaron para que trabajaran por bajísimos salarios, como los jamaiquinos que cortan la caña en La Florida.

El problema haitiano es malo allá y terrible aquí. Allá porque lo que no se han comido lo convierten en carbón de leña; aquí, porque quieren y están repitiendo sus patrones culturales.

Así como la moneda buena desplaza la mala, el hombre busca y buscará mejoría a como dé lugar. Nadie está obligado a vivir mal. Nadie está obligado a vivir sin esperanzas de ningún género.

Por supuesto, tampoco nadie está obligado a quitarse el pan de la boca y morir de hambre debido a su excesiva generosidad o cobardía. Ese es el caso actual y se agrava día tras día.

Entre guardias, aduaneros, agentes de migración, gobernadores, síndicos y otras autoridades cómplices, la frontera es un colador por donde llegan convoyadas personas, drogas, armas y toda suerte de contrabando.

Nadie puede sellar una frontera de manera que sea impermeable; nunca se ha podido a lo largo de la historia.

La balcanización de Santo Domingo camina a grandes trancos. Nos meten los haitianos por ojo, boca y narices.

Los países ricos niegan sus créditos a República Dominicana si se actúa legalmente contra la invasión haitiana que afecta la salud, el empleo, el orden, la higiene y etc., etc. Malaria y tuberculosis, que estaban erradicadas en el país y nadie sabe qué más, vienen por la frontera.

Cada día el gobierno toma más dinero prestado a organismos internacionales y a gobiernos que quieren que carguemos con la desgracia auto infligida de los haitianos, que no es culpa nuestra.

Esos préstamos podrían formar parte de un paquete creado para que no podamos pagar y poder doblarnos el pulso con exigencias inaceptables.

Estamos advertidos. No escondamos la cabeza bajo la tierra. El problema esta ahí. ¿Es que tenemos miedo para resolverlo?