Miguel Phipps, un Quijote infantil en la era virtual

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DENIS MOTA ALVAREZ

Miguel Phipps es un camaleón de la literatura dominicana pueblerina, con un amplio espectro latinoamericano, que creció en un batey de San Pedro de Macorís, en la década de 1950, le tocó jugar entre polvo y lodo de la tierra del patio de la casa y los cañaverales, en días de sol y calor cuasi-incineradores o de lluvia interminable, donde las aves tiritaban de frío y las sabandijas buscan reguardo para no morir ahogadas. Era una época en donde la literatura infantil entraba por los oídos, porque los abuelos o las madres las contaban para entretener a los hijos y nietos y otras veces para sembrar la espinita del miedo y el control social de niñas y niños “malcriados” y desobedientes, desde los cuentos de Juan Bobo, Pedro Animal e historias de aparecidos, ciguapas, poemas y canciones infantiles como el Baile de las caraqueñas, que tiene varias versiones:
“Es el baile de la caraqueña / es un baile muy simulado, / poniendo la rodilla en el suelo, todo el mundo se queda admirado.
A la vuelta la vuelta María, / que se baila que se baila así, / se baila se baila de espalda, remenea, remenea la falda…
Caracolito de la mar / que te quedaste sin bailar”
Recuerdo con alegría aquellos juegos y cantos en la hora del recreo escolar, naturalmente éramos, para usar una frase gastada: felices e indocumentados (los que jugaban con Miguel entonces todavía los jugaban, hijos de haitianos, muchos son aún indocumentados), pero el planeta no se regía por leyes de crecimiento exponencial, que controla la vida digital y virtual dentro del contexto de aldea global, de Marshall MacLuhan. Miguel Phipps sabe que esos fenómenos comunicacionales existen, pero él, apuesta a una exposición creativa que no se inmuta frente a la avalancha de los cambios del mundo de hoy y como un Quijote urbanagrario de la literatura infantil esgrime, en una dilatada carrera de escritor de temas infantiles, 50 historias, que nacen de su experiencia de niño nacido y criado en un mundo entonces rural, de bateyes, donde los niños y niñas, además de interactuar entre sí, también escuchan de sus padres las fábulas repletas de la sabiduría que pervive en esos “pequeños bichos” que pueblan las floras y la faunas que bordean las aldeas y villorrios de mediados del siglo pasado y que sobreviven en el imaginario infantil gracias a un Phipps impertérrito, que no para de contar nuevas y mejores historias.
Recientemente puso en circulación los seis nuevos títulos que completaron el título 50 de pequeñas historias y fábulas, que lo convierten en el autor infantil más prolífero de la literatura dominicana y posiblemente de el Caribe Centroamericano. Los títulos no dejan espacio a la duda sobre los temas: La viuda negra y el ciempiés, Poder instintivo, Noche de ensueño, Pueblerino, Pies al revés y el controversial cuento Mi mami no es un cabrón.
Frente a la duda de que estos cuentos y fábulas de Phipps pudieran competir con la robótica infantil, de las historietas norteamericanas, tanto escritas como televisivas, di a leer y a “mirar” a mis dos primeros nietos estas historias y no salgo del asombro por el interés que pusieron ellos y por la tanda de preguntas sobre la vida pueblerina y el mundo de los insectos en las fábulas de La viuda negra y el ciempiés, el poder instintivo y el atrevido cuento cabrón.
Mi generación se “educó” en materia infantil leyendo las tiras cómicas del periódico El Caribe y Listín Diario y los paquitos de personajes norteamericanos del mundo westerns (vaqueros como Llanero Solitario, su acompañante y fiel amigo indio Toro y su caballo Plata), el Pato Donald, Popeye el Marino, Benitín y Eneas y muchos otros y superhéroes como Superman, Batman y Robin, y más jóvenes como Flash, Linterna Verde, el Hombre Halcón y Marveles una editorial de cómics estadounidense creada en 1939, que, entre sus personajes emblemáticos del género superheroico, se encuentran Spider-Man, Capitán América, Iron Man, Hulk, Thor, Wolverine, Daredevil, y los X-Men, entre otros, y algunas historietas mexicanas como Chanoc, Santo El enmascarado de Plata, Alma Solitaria, Memín, entre otras. La argentina Mafalda, de Quino fue mi última historieta de joven.
En sentido inverso, Miguel Phipps –con un bajo perfil, lejos del ruido de mundillo literario de la malquerencia y la mezquindad–, trabaja sus historias y pone contacto a las nuevas generaciones de niños y niñas virtuales con la naturaleza casi perdida, donde el ciempiés se enemista de la araña, mientras la laboriosa abeja tiene un puente conciliador que, desde la dulzura de la miel, recobra la armonía entre el alacrán, la viuda negra, la avispa, el abejón y ciempiés, en un lenguaje simple y con una ilustración de Olanda Coste, que hace, como en el cine de directora vestuarios y de fotografía y de editora de imágenes, al montar la historia con una ilustración colorida, rítmica e increíblemente cargada de fuerza expresiva, que da vida a cada uno de estos “bichos personajes”, y hace posible que una pequeña fábula ponga en escena una historia llena de interés visual.
En estos recién publicados seis cuentos de Phipps, me quedo con Pueblerino porque es una historia que une de forma inteligente, contrapunteada, una vieja disputa territorial. En el anhelado primer viaje de Chilinqui a la capital a donde el tío y la prima Raimelis lo reciben con algarabía y regocijo, pero Ramoncito, que no lo conocía, cuestiona con burla la existencia de este primo campesino. Por su parte, Pilincho le endosa el San Benito de que es un pueblerino, y como muchacho de campo, desconocedor de las maravillas del mundo capitalino. El padre corrige, pero las burlas llueven por lo bajo.
La historia se resume en un “tour” por la ciudad, donde nada impresiona al muchacho del ingenio, que encuentra en cada maravilla un símil en su pueblo, con lo que desmonta la “echada de vaina” de los primos, que no logran ridiculizarlo y que después convertirá la visita de ellos a su pueblo en algo más deslumbrante y natural que el mundo artificial de la capital.
Es posible que el mundo y los niños y niñas de hoy estén siempre un paso más adelante que Miguel Phipps; sin embargo, sus historias están articuladas con la sabiduría pueblerina, de forma que mantiene un permanente interés del lector y se reafirma en la confianza en los niños en cuentos y fábulas que no pierden interés, aquí y allá, y gustan tanto en el campo como en la ciudad.