Mil niños tienen casi dos años esperando escuela

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POR MARIEN A. CAPITAN
La Secretaría de Educación anunció, el 5 de enero del 2005, que durante el año escolar 2005-2006 se reconstruiría el Centro Educativo Católico Parroquial Paz y Bien de Capotillo. Hoy, a un año y diez meses de esa promesa, los mil niños de esta destartalada escuela esperan en vano que las autoridades se acuerden de ellos.

Y es que la titular de la cartera, Alejandrina Germán conoció la realidad que guardan estas paredes durante la visita que hizo el 5 de enero para entregar unos útiles escolares que fueron donados por la Asociación Nacional de Supermercados de los Estados Unidos.

Tras hacer la entrega, Germán recibió una placa de reconocimiento, lamentó el estado en que se encontraba el centro y dijo que los estudiantes de Capotillo tendrían durante este año el plantel que merecen.

La estancia de Germán en el lugar, sin embargo, no fue en vano: producto de ella, Germán nombró a los maestros que habían sido cancelados durante la gestión anterior. Hecha la reintegración de los docentes al sistema, los profesores y estudiantes pensaron que Educación cumpliría con el arreglo de la edificación. Así lo explicó Jacqueline Hernández, subdirectora de la escuela, quien señaló que ellos tienen parte del material que se requiere para hacer la obra.

“Tenemos cuatro mil bloques, trescientos sesenta quintales de varillas, arena y cascajo. La arena se ha ido deslizando conforme va lloviendo. Tal vez están esperando que todo el material se diluya para poder venir. Lo que nos hace falta es cemento y lo del encofrado, el alquiler de la madera”.

Pero ese no es el único problema que tiene el centro: los niños primero, segundo y cuarto están al punto de ser enviados a sus casas porque los profesores que les dan clases tienen dos años trabajando sin cobrar.

Indicando que los profesores se están cansando y están al punto de abandonar las aulas, Hernández sostuvo que los docentes afectados son Noemí Morán, Epifanía Henríquez, Ana Mercedes Aybar, Ana Mercedes Alejo Bidó e Indiana Pascual. Además hace falta un profesor de formación humana y religiosa y los conserjes.

Estos docentes debieron ser integrados a la nómina a partir de este mes, tras una reunión que sostuvieron los representantes de la escuela con el subsecretario administrativo de Educación, Fausto Mota. Todavía, sin embargo, siguen en el limbo.

TIENEN MATERIALES PERO ESTORBAN

Para llegar al Centro Educativo Católico Parroquial Paz y Bien es necesario pasar por la “esquina caliente” y adentrarse en los laberintos que se suceden en el barrio de Capotillo. Una vez en la calle, es un letrero el que avisa que se ha llegado a la escuela.

Subiendo por un callejón, a la par del olor de unas aguas residuales que juegan tranquilas con el contén, se llega hasta un salón que hace las veces del salón principal de la escuela. Allí, junto a los materiales de construcción que se apilan en las esquinas, conviven cuatro cursos sin ninguna división.

Sobre los bloques de cemento, junto a las varillas y las planchas viejas de zinc oxidado, los estudiantes reciben clases en un lugar oscuro y sin ventilación. A ello se suma la incomodidad de que no existen paredes (las pizarras están colgadas de las vigas que soportan el techo de zinc).

La quinta de las “aulas” está ubicada fuera del pequeño edificio que muestra con orgullo las varillas que se levantaron para hacer las columnas de lo que algún día podría ser un edificio. Bajo y rodeada de planchas de zinc, la rancheta está frente a un fétido baño que ya ni siquiera se puede utilizar.

Dejando de lado este local, es el momento de conocer otras seis aulas que están ubicadas en otro local –la escuela funciona en cuatro locales diferentes pero el que está en peor situación es el principal-. Al entrar al lugar, las varillas del techo sonríen con desparpajo al visitante.

Es entonces cuando Hernández comenta que las paredes fueron pintadas por la propia comunidad, algo que no evita que el ambiente esté enrarecido a causa del exceso de humedad. Por otro lado, los pisos están rotos y las viejas butacas en una precaria situación.

Aunque dista mucho de los parámetros establecidos para ofrecer esa docencia de calidad de la que tanto se habla, esta escuela tiene dos grandes ejemplos: Yahaira Vizcaíno, de 12 años, que el año pasado ganó las Olimpiadas de Matemáticas a nivel distrital; y Eduardo Marrero, de séptimo grado, un estudiante meritorio que fue reconocido por el presidente Leonel Fernández. Con más de veinte mil egresados, en este centro educativo se trabaja para ofrecerles mejores oportunidades a los niños de este marginado barrio. Por ellos, asegura Hernández, continuarán luchando y solicitando que alguien les ayude a levantar la escuela.