Mis traidores favoritos

La sentencia del Tribunal Constitucional ha provocado que portavoces y grupos de la extrema derecha acusen públicamente a los críticos de la misma, que incluyen a directores de diarios, periodistas, intelectuales e importantes representativos de la sociedad civil, de ser traidores a la patria, quedando, consecuentemente, incorporados a una larga lista.

Mis “traidores a la patria” favoritos lo son Duarte, Sánchez y Mella, declarados así por resolución de la Junta Central Gubernativa en agosto de 1844. Ocho de los nueve que firmaron esa resolución, de apellidos Mercenario (¡qué apropiado!), Mañón, Medrano, Linares, López, Marcano, Jiménez y Bobadilla, quedaron olvidados por la historia, como seguro ocurrirá con los que hoy día difaman a prestigiosos ciudadanos.

Otros de mis favoritos son los que Trujillo hizo que el Congreso los declarara traidores en 1933 y 1937: Federico Velásquez, Ángel Morales, Manuel Alexis Liz, Juan Isidro Jiménez Grullón, Buenaventura Sánchez, Luis F. Mejía y el doctor Ramón de Lara, entre otros. Los de 1937 fueron traidores por haberse atrevido a criticar desde el exilio la matanza de entre 4,000 y 6,000 haitianos a finales de ese año.

Invito a los portavoces de ese falso nacionalismo a declarar traidor al que justamente hace 30 años osó sugerir lo siguiente: “Sería posible el establecimiento entre Haití y Santo Domingo de una Constitución paralela que garantice la existencia en toda la isla de un régimen democrático fundamentalmente idéntico para los dos países. Bajo una carta orgánica refrendada por los dos pueblos y similar en sus líneas esenciales, Haití y Santo Domingo podrían ayudarse mutuamente… Bajo esa Constitución podría reconocerse inclusive, con determinadas restricciones, la doble ciudadanía a los naturales de ambos países”. Ese candidato a la hoguera inquisicional lo es Joaquín Balaguer (“La isla al revés”, página 220).

Igual suerte podría sufrir el desvergonzado que en carta pública dijo: “Cómo es posible amar al propio pueblo y despreciar al ajeno, cómo es posible querer a los hijos de uno al tiempo que odia a los hijos del vecino así, sólo porque son hijos de otro. Creo que ustedes no han meditado sobre el derecho de un ser humano, sea haitiano o chino, a vivir con aquel mínimo de bienestar indispensable para que la vida no sea una carga insoportable, que ustedes consideran a los haitianos punto menos que animales”. Ese candidato al fuego divino lo es Juan Bosch (“La Opinión”, 16 de agosto, 1943).

Podríamos también sugerir a un tercer candidato, el que se atrevió a decir hace apenas un mes en New York: “Lo que puede verse en la reciente decisión de la Suprema Corte del Tribunal Constitucional es si tiene efecto retroactivo o solamente rige para el futuro. Pero si se interpreta simple y llanamente de regir para el futuro, no hay discusión, porque es una expresión de la soberanía del Estado dominicano de determinar quiénes son nacionales dominicanos. Si tiene efecto retroactivo, entonces implicaría un problema de determinar el estatus legal de quienes han vivido en el país, que han tenido la impresión de ser dominicanos, en algún momento tuvieron hasta la documentación dominicana, y ya eso engendra otro tipo de problema”. Se trata de Leonel Fernández (“El Caribe”, 2 de octubre, 2013).

¿Se atreverá la ultra derecha de también acusar de traidores a los antes citados ex-presidentes?