Mochileros o el arte de vivir sin cargas superfluas

10_09_2019 HOY_MARTES_100919_ El País8 A

Dejarlo todo, familia, empleo, estabilidad, salir de la zona de confort para reasumir la vida desde cero, para ir con la mayor ligereza posible parece y es una acción demasiado arriesgada, una temeraria decisión. Justo lo que hicieron estas mochileras que hoy cuentan sus andanzas, sus razones.
Duermen en los lugares menos imaginados, autos, garajes, pasillos de hospitales, gasolineras, playas, calles, a campo traviesa o en casas de pobladores. Trabajan de forma temporal en empresas, granjas, hoteles y otros establecimientos a cambio de remuneración o solo de comida y hospedaje (voluntariado).
Leer las respuestas de la checa Petra Szelongova para este reportaje, es adentrarse en un mundo amplio, demasiado extenso como para creerlo real. Lo es. Esta pelirroja de 32 años soñaba desde niña con ser aventurera.
Estuvo fija a esa idea desde que su tía la llevó a un grupo de Boy scout. Tenía entonces año y medio.
Imaginaba que escapaba de casa para trabajar en un circo y a los 22 huyó de la rutina. Recorrió Europa con dos amigos “viajaba a dedo” esto es en dominicano pedir bola y dormía en parques, playas o gasolineras. Doce meses después fue a Londres, Inglaterra. Allí estuvo un semestre y aprendió inglés como au pair (cuidado de niños en el extranjero).
“Graduada en trabajo social, atendía indigentes y adictos, luego era jefe de oficina en una compañía internacional. Pero nunca me gustó la vida normal, siempre sentí que algo me faltaba y nunca estuve feliz. Creo que solo esperaba un buen tiempo. Llegó cuando tuve 28 años. Ahora llevo casi cinco en viaje. En noviembre cumplo 33 y estoy feliz”, pareciera que grita en lo que escribe.
Dejó el trabajo y encontró uno cerca de Barcelona, España. Puso todas sus cosas en un ático en casa de una amiga. Necesitó acostumbrarse a que tenía solo la mochila, a la ausencia de zapatos de tacón, bolsos de todos los colores, buena ropa y barnices de uñas.
Ahora lo más difícil sería aceptar que era una sin techo, sin lo conocido que calma. Salió a un camino inexplorado, con miedo. Hoy no cree que dejara algo atrás porque todo el mundo está abierto, la espera.
Por esa nueva vida desistió de una relación de seis años, de una hermosa casa en el bosque, del glamur, la comodidad y así, sin invertir una fortuna ha recorrido países de todos los continentes y ejercido los más variados oficios para costear sus viajes.
Ha sido moza, recogedora de frutas en huertas, encargada de oficina, técnico de reclamación y plantadora de especies en un parque nacional. Labores duras y mal pagadas que asume con entereza porque le han proporcionado los ingresos para mantener el objetivo y enseñado a vivir con poco.
“Por ejemplo, trabajé en Islandía por cinco meses y eso me permitió viajar por América del Sur seis meses. Gasté lo mismo en ese tiempo que mis amigos en dos semanas en Chile”, cuenta.
Su recorrido le lleva a comunidades auténticas, esas donde los turistas escasean. Conoce a gente común, escucha sus historias. Cuando concedió esta entrevista, estaba con el pueblo Inuvik, una aldea inuit, (esquimal) en Canadá.
A Alaska, Estados Unidos, llegó con tres amigos después de un viaje de 9,000 kilómetros.
Con demasiadas millas a espaldas, lo que más le gusta es el autoestop (viajar a dedo, pedir bola, aventón). Pero debe ser muy cuidadosa, aunque así ha recorrido más de 20,000 kilómetros.
Cuando es imposible hacerlo de esa manera o está cansada, va en transporte público o en moto con compañeros.
Ama las ciudades y sus bellezas (actividades culturales, museos, galerías) pero la imanta la zona rural y después de dos días en la urbe, siempre acude al llamado de la montaña.
Ha sido voluntaria en casi todos los países que visita, lo que le permite ciertos lujos, como conocer el océano Antártico, gracias a su trabajo en una agencia de viajes.
Levedad. Petra va ligera, sin muchos planes, sin guía, lenta, con tiempo para descubrir sitios que le recomiendan lugareños o sus “aliados” de redes sociales.
Al principio, sus sueños chocaron con la renuncia de su familia, sobre todo del padre, que la quería en su país, con una ocupación que le asegurara un futuro estable. Esa resistencia pasó a apoyo incondicional, a complicidad.
“Ya están acostumbrados a que no estoy en casa y creo que les gusta conocer el mundo con mis fotos, vídeos y narración. Mi papá con el tiempo y con cada país estuvo más y más relajado y me visitó en España, en Vietnam y ahora quiere venir a Canadá, nunca quería vacaciones”.
Al hogar acude un mes o dos después de cada larga travesía, a ver a parientes y amigos y acicalar las alas para emprender el próximo vuelo, que podría durar hasta año y medio, como cuando estuvo en Nueva Zelanda, Australia, Fiji, Asia.
“No es que solo viajo, tengo vacaciones y dinero que nace en mi bolso. Siempre hay que trabajar duro. Como inmigrante que viene por un par de meses no puedo esperar más”, aclara como epílogo a su relato.

 

Una experiencia de sanación

A María Alejandra Plenazzio, argentina de 32 años, un duro golpe la obligó a replantearse todo en absoluto. Aunque siempre tuvo el deseo de viajar y lo hacía por períodos cortos, en 2017 el cáncer le arrebató a su padre y a su hermano y esa pérdida la impulsó a renunciar a su trabajo y a una relación de tres años para empezar a rodar tierra.
Comenzó “sin tiempo estipulado” en septiembre de 2018 por Río de Janeiro, Brasil. Está recién estrenada, pero carga a cuestas un cúmulo de experiencias, una idea del sacrifico que la fortalece para reafirmar que quiere seguir esa vida por la que dejó un estilo consumista, cómodo, por la que salió de la zona de confort, para ver el mundo desde múltiples ópticas .
Hace dos años, cuando aun no era mochilera “oficial”, en Isla de Pascua conoció a la chilena Marcia Arriagada y en enero la reencontró. Desde entonces recorren juntas. Sus estadías son cortas, de una a dos semanas, “pero hemos llegado a estar entre un mes y dos en un mismo lugar, depende mucho de qué vamos a hacer y qué tanto haya para recorrer”.
“Mi deseo es conocer toda América del Sur y Central, luego cruzar a Europa. En base a esto inicié mi ruta en Santiago de Chile y fui hacia el Sur, recorrí durante siete meses la Patagonia argentina y chilena”.
La pregunta infaltable ¿Cómo costeas el viaje? “Con autostop (pedir bola) hospedándome con couchsurfing (una aplicación en la que pobladores ofrecen sus casas gratis), voluntariado, trueques y venta de artesanía, de forma online, en ferias u otros lugares”.
Ale, así la llaman los de confianza, es auxiliar de kinesiología y masajista, pero prefiere definirse emprendedora, autogestiva, creadora y va sin muchas cargas materiales ni espirituales y sobre todo, con el total apoyo de su familia desde el primer momento, incluso involucró a su madre y hermana en parte de su viaje por 60 días “y fue mágico”.
Después de siete meses regresó a su hogar en Buenos Aires “solo por un tiempito” y desde allí respondió a esta entrevista, antes de reanudar la marcha para enfrentar retos como dormir en el duro suelo de un hospital y en estaciones de combustible o reafirmar la nobleza de gente que a cambio de nada le ofrece su casa.
Muy generalizada está la percepción de que los mochileros salen sin agenda, que son puros aventureros que van sin rumbo fijo a descubrir. Esto es cierto solo en parte. Para ganar tiempo trazan rutas que pueden ser modificadas en el trayecto y adaptadas al día a día pero Ale recomienda siempre fluir, entregarse a lo que brinda cada lugar.
En su viaje por el sur de Argentina y Chile hizo dos voluntariados, uno en un hostel y el otro en un huerto. La experiencia la marcó, por eso la recomienda, porque siempre enseñan algo nuevo y ofrecen muchos momentos gratos. Agradece la acogida.
En su estreno como mochilera perenne recorrió Río de Janeiro, Buzios, Cabo Frío, Angra dos reis, Ilha grande, Paraty, Brasil. En Chile Viña del Mar, Valparaiso Santiago, Cañete, Valdivia, Puerto Varas, Puerto Montt, Chiloé, Puerto Cisnes, Puyuhuapi, Coyahique, Puerto Río Tranquilo, Cochrane, Caleta Tortel, Villa O’higgins, Puerto Natales y Punta Arenas.
En su país, Argentina, Ushuaia, Río Grande, Trelew, Puerto Madryn, Bariloche, El bolsón y Lago Puelo.
El próximo destino es Uruguay, luego el norte argentino, para después cruzar a Bolivia y seguir por Perú, Ecuador, Colombia y llegar así hasta México.