Modernidad, ritualismo y celebraciones

Rafael-Acevedo

Un amigo solía bromear con que las gentes importantes nacen con nombres de calles. Ortega y Gasset, que para muchísimos es apenas el nombre de una vía pública, vino con nombre de avenida, y predijo por dónde se descarrilarían las futuras generaciones. Explicó que habría derroche de desvergüenza, falta de respeto y vulgaridad: Llamando a este desastre “La Rebelión de las Masas”.
Obviamente, la sociedad capitalista industrial, apenas tendría cupo para el “marquétin” (como dicen los españoles), y para producir, vender, consumir, disfrutar. En esta vorágine, la gente ya no tiene tiempo siquiera para las costumbres (viejas ni nuevas). Tampoco para rituales y ceremonias, cortesía ni modales.
Los rituales tradicionales tenían la importante función de preparar nuestras mentes y almas (que aún las teníamos), para el disfrute pleno de lo que vendría a continuación. Por ejemplo, se disfruta mejor una comida si antes damos gracias a Dios. En teoría solo un rito; pero si no tranquilizas tu mente, tu organismo no disfruta los alimentos. Un simple guineo no sabe igual si usted no condiciona su mente. No es pedantería ni esnobismo que uno se sosiegue y levante la copa antes de disfrutar un buen vino.
Los preparativos y rituales de las grandes fiestas no eran pura moda o superstición. Una novia casada con velo y ceremonia es menos propensa a ser abandonada y maltratada. Una ceremonia pública compromete a toda la comunidad. Escuchar el himno nos entusiasma y compromete. Insectos y avecillas tienen complejos y hermosos rituales de apareamiento. Son preparaciones convenientes que si no las entendemos las consideramos meras fórmulas vacías.
Cuando asisto a una misa católica, me parece que muchos feligreses y concurrentes la entiendan poco, y no valoren la sublime grandeza y hermosura de esta celebración. Para muchos se trata de un rito vacío y carente de emoción y espiritualidad. Es muy probable que cumplan con ella como una tradición sin objeto y se aburran, y se distraigan mientras esperan la hora de salida, cuando tendrán que saludar a sus vecinos de asiento con frases también rituales y vacías, sin siquiera mirarles las caras para desearles grandes bendiciones de manera amorosa y sincera, como explican el catecismo y los mandamientos de Jesucristo.
Las religiones, en general, dejan perder mucho de lo esencial, esto es, de la “relación” con Dios. Y con el prójimo.
Y, como decía Robert Merton, gran sociólogo estadounidense, caemos en ritualismo cuando repetimos una conducta y perdemos en propósito y sentido de lo que realmente perseguimos. Es de lo peor que puede pasarles a un creyente y a cualquiera gente. Es mucho preferible, quedarnos con pocos ritos y modales, pero seguir sabiendo por qué los tenemos y para qué nos sirven.
Dios mismo no quiere que le rindan cultos vacíos, ni grandes procesiones, excursiones, celebraciones y rituales. El Dios de los cristianos nos ama personalmente, y quiere hasta las lágrimas que cada uno de nosotros lo conozca y tenga una relación personal con Él, orando y meditando sus Palabras, Revelaciones y Mandamientos. Y, sobre todo, que lo amemos.