Muy malas calificaciones

Este país saca malas calificaciones en materia de preparación de recursos humanos para la vida productiva. El diagnóstico sobre el particular lo hicieron ayer  representantes de diversos sectores en un panel sobre educación y competitividad organizado por la sección Economía de este periódico. Las consideraciones al respecto están en la sección señalada, edición de este día. Un país que no armoniza la oferta de personal calificado con la demanda de la economía, es un país que no está en capacidad de planificar adecuadamente el porvenir, el progreso económico y social. Y menos puede hacerlo si, en sentido general, no puede garantizar niveles de calidad que se correspondan con las exigencias de los tiempos modernos.

 De ahí que en ese diagnóstico se plantee la necesidad de  transformar a los centros educativos para que enseñen para el trabajo; de cambiarla mentalidad de los dominicanos para que dejen de ver  oportunidades únicamente en la pelota y en la política. Por eso se observa que hay que reorientar los institutos de formación técnica, para evitar el desperdicio de los pocos recursos conque cuenta el país. También,  aumentar la inversión pública en educación y erradicar la preferencia empresarial de depender  del capital físico más que del capital humano. Con este diagnóstico a la mano, la tarea que queda es poner las voluntades a empujar en este sentido.

¿Competitividad sin competencia?
Aquí hay sectores que se rigen por la arcaica ley de la fuerza, pretendiendo desconocer la fuerza de la ley. Creen que son amos del derecho de explotación comercial y oponen fuerza al derecho de competencia de  otros, que está amparado por ley de reciente promulgación. Creen que solo vale el derecho a ser contratados y reniegan del derecho a la rescisión que tienen los contratantes. Esta aberración se da mucho en el mercado de servicios y sobran en estos días los ejemplos.

Un país que aspira a ser competitivo tiene que hacer  respetar el derecho a la competencia, y con más razón si ha osado contar con una ley de expresa defensa de ese derecho. Es una ambigüedad peligrosa estar adherido al esquema de libre comercio y pasar por alto los exabruptos de grupos monopólicos que acosan a quienes invierten acogiéndose a garantías jurídicas. Las señales son preocupantes, y el inversionista, local o foráneo, no las pierde de vista.