Nada y sin pactos

24_08_2015 HOY_LUNES_240815_ Opinión12 A

Bernardo Vega describió, en mayo de 1986, las características de un gobierno de Unidad Nacional. Había un acuerdo previo, producto de la dificultad del momento político. El retorno de Balaguer a Palacio era inminente, después de 8 años de ausencia. El acuerdo, pactado entre Joaquín Balaguer, Jacobo Majluta, avalado por Peña Gómez y con el beneplácito de Jorge Blanco, propendía la unidad más allá del resultado de las elecciones.

El economista, antropólogo, historiador, analista, menciona cuatro puntos para la consecución del gobierno unitario.

1. Programa mínimo para apoyar reformas constitucionales, tributarias, inversión extranjera, legislación minera. 2. Participación de los partidos políticos perdedores en el gabinete-gobierno de coalición-.3. Compromiso de los congresistas para apoyar las iniciativas del gobierno. 4. La creación de la Comisión Interpartidista de Unidad. Vega concluye: … no saldrían perdedores, excepto aquellos que no creen en la democracia… (Listín Diario 24.05.1986)

Aquel esbozo del articulista, aquel compromiso de los protagonistas se redujo a la colaboración y cooptación de algunos, para el disfrute del erario, para el lustre personal sin ningún efecto o responsabilidad colectiva.

Balaguer conservó el poder hasta el 1996 y los liberales y aguerridos se fueron sumando uno a uno, de manera pública o clandestina, modificando el comportamiento de la oposición y de la rendición de cuentas. Reciclando conductas y aumentando influencias en grupos cívicos.

El primer gobierno de Leonel Fernández logró seducir a muchos que después, ahítos y con perspectivas de autonomía, decidieron convertir al benefactor en paria y gozaron con la administración de Hipólito Mejía. El regreso de Fernández los sorprendió un tanto agotados pero dispuestos al arriendo de sus conciencias porque la familia aumentaba, la vejez acechaba y los gustos exigían mayores ingresos.

Olvidaron la oposición real, conceptual, continua. Se dispersaron. La egolatría y la codicia pudieron más. Optaron por la oposición mediática, de esquina y sus trincheras partidarias se desmigajaban sin remedio. Erraron en el 2012. Difamaron antiguos cofrades y decidieron convertir en satán al expresidente y exfinanciador, que no era candidato.

De nuevo la campaña, con reelección incluida y la contundencia falta. Apuestan a un mercado nuevo y parten de la nada. Olvidan grupos importantes que conforman las generaciones perdidas. Esas que sin seguir a Steinbeck, lejos de la literatura, auscultan el relevo y titubean.

Integradas por connacionales que dejaron atrás el entusiasmo y aunque conocen las filas del oportunismo, votan desde la desesperanza.

Todavía está pendiente la evaluación de la tiranía, nadie asume la tarea para el desglose de los 12 años. Los gobiernos presididos por Antonio Guzmán, Jorge Blanco, Hipólito Mejía, parece que no existieron y adviene como consigna un borrón distinto, sin prometer cuenta nueva. La incómoda labor de situar, la encomienda del contexto, no es solo responsabilidad de historiadores que aguardan el paso del tiempo para añejar hipótesis. El presente tiene cronistas que pueden advertir y establecer diferencias y coincidencias.

La ausencia de creatividad para el enganche electoral, descarta la participación de muchos que saben dónde y cómo esconden sus culpas, los sepulcros blanqueados de ocasión. Abusa de la apatía de aquellos que desconocen lo ocurrido ayer, en tiempo histórico y atribuyen pureza a ofertas más rabiosas que comprometidas con la transformación, necesaria y permanente, de una sociedad muy distinta a la de baños de sangre y tableteos de ametralladoras. Sociedad alejada de Chibas y su consigna: vergüenza contra dinero.

Luce una campaña para atraer al hombre light que describe Enrique Rojas. Los más audaces recurren al odómetro en cero, como si tantos hubieran desaparecido y el silencio de otros bastara. La promesa de un mundo nuevo, como el de la canción de Danny León, produce disfagia.

La oposición debe pensar en pactos para procurar el bienestar colectivo. La correlación de fuerzas obliga. Debe perseguir algo similar al gobierno diseñado por Bernardo, hace 29 años. Aunque para su realización hay que ceder y el sacrificio es ajeno al quehacer político nacional.