Nave Sorda de René Rodríguez Soriano,pequeño milagro de la poesía en prosa

30_01_2016 Areito 30 enero Areíto6

Charles Baudelaire, quien hiciera famoso el poema en prosa con la publicación de “Petitspoèmes en prose (Le Spleen de París)” (1862), hablaba ya del “milagro de la prosa poética”, para dar cuenta de esa invención mágica. Y aunque los términos “prosa poética” y “poema en prosa” se han usado indistintamente desde su origen, algunos críticos han querido perpetuar la oposición entre poesía y prosa, como si quisieran excluir la poesía de la novela o el cuento, del cine y la música o la pintura. René Rodríguez Soriano, quien ha escrito cuentos en prosa y poesía en versos, no deja de sorprendernos con “el milagro de su prosa poética” y esta vez nos regala su más reciente libro NAVE SORDA (Libros Medio Siglo, 2015).

NAVE SORDA es un poemario dividido en nueve poemas: ocho en prosa y el último, titulado “Naufragios”, en versos. Del viernes al sábado de la siguiente semana, a cada día le corresponde un poema, como si se dijera, “danos hoy nuestro poema de cada día”. Cada poema está precedido por un epígrafe con los versos de poetas latinoamericanos, entre los que se encuentran Álvaro Mutis, José Emilio Pacheco, Fayad Jamis, Tomás Segovia, Enrique Molina y Elizabeth Schön. También, cada poema se encuentra antecedido por un poema más breve que sirve de introducción.

Además, el poemario tiene un soporte iconográfico: las pinturas de Venus Guerrero.
Tanto los días de la semana, como los epígrafes, los poemas más breves y los cuadros constituyen lo que Gérard Genette denominó “paratextos”: “Así, el paratexto es para nosotros el medio por el cual un texto se convierte en libro y se propone como tal ante sus lectores, y en general, al público”. En los tres primeros casos se trata de paratextos verbales, y en el cuarto, iconográficos. En la disposición estereográfica de la página, los paratextos verbales (día y epígrafe) se encuentran ubicados arriba, a la izquierda, seguidos por el poema introductorio, a la derecha. Los cuadros se encuentran intercalados entre los poemas.

Jorge Luis Borges consideraba los paratextos como vestíbulos que nos permiten llegar al texto. Los epígrafes, como paratextos, tienen como función no solo establecer un diálogo intertextual entre el autor y los poetas latinoamericanos, sino también abrir puertas al “vestíbulo” de los poemas. Asimismo, los lectores podrán acceder a esas pequeñas arquitecturas del poema en prosa. Las pinturas de Venus Guerrero, que constituyen un soporte visual de las imágenes que aparecen en los poemas, representan figuras en agua, tinta y café, confinadas entre paredes, acostadas o en posición fetal, y expresan la soledad y la ausencia del yo poético y la amada, respectivamente.

De los cuatro elementos materiales, el estado líquido es el más frecuente en las imágenes de este poemario: agua, lluvia, mar, río, humedad, vino, sangre…o metonímicamente: nave, veleros, peces, ahogados, acuarela, puente, oleajes, naufragios, bañarse, beber… También, el título del poemario, NAVE SORDA, remite a las aguas del mar. En la portada, las letras se encuentran sobre unos trazos que simulan el romper de olas entre los arrecifes. Como en el río de Heráclito, en la poesía de René, el agua señala la transitoriedad. Al respecto, Gastón Bachelard, en su libro El agua y los sueños, expresa lo siguiente:

“El agua es realmente el elemento ‘transitorio’. Es la metamorfosis ontológica
esencial entre el fuego y la tierra. El ser consagrado al agua es un ser en el
‘vértigo’. Muere a cada minuto, sin cesar algo de su sustancia se derrumba. La
muerte cotidiana no es la muerte exuberante del fuego que atraviesa el cielo con
sus flechas; ‘la muerte’ cotidiana es la muerte del agua”. (El énfasis es mío)
A través del agua, vinculada al cuerpo femenino, el yo poético agoniza y transita entre el deseo y la palabra en estos poemas prosa: “Mujer que se hace agua y retorna y se va/nunca otra vez…” o “Insegura y vacía, en aguas del azar sin aire…”

Agrega Bachelard que “[E]l agua es también un tipo de ‘destino’, ya no solamente el vano destino de las ‘imágenes huidizas’, el vano destino de un sueño que no se consuma, sino un destino esencial que sin cesar ‘transforma’ la sustancia del ser” (El énfasis es mío). En estos poemas en prosa, el agua no es solo el medio de tránsito entre el yo poético y la amada, sino también la transformación del yo poético en visionario del pasado (‘déjàvu, déjàlu’), a través de una catarsis.

En una “Gramática del deseo”, como nos propone el autor, el yo poético (yo) y la amada (tú) intercambian posiciones en el discurso, de manera tal que dicha relación establece una intersubjetividad entre ambos. El yo poético canta a la soledad, a la nada, producto de la ausencia de la amada, quien es entonces “invocada” a través de la segunda persona: “¿Dónde estás?… “Bebo a sorbos largos tu recuerdo”. En este otro poema, la invocación de la amada ausente es mucho más enfática y erótica:

“SI ESCRIBO EN ESTA PÁGINA ES PORQUE TE ESPERO, desbrozando
distancias, anulando caminos. Dime lo que no dices y hazme vibrar con fuerzas.
Empuja —como dices— los verbos que sabemos, los que no inventa nadie de un
pueblo que inventamos antes que anocheciera”.

Si el lector no conoce los verbos, porque son invención de los amantes, los pronombres yo/tú establecen una fluidez verbal entre los amantes, y entre los lectores virtuales y los amantes, asumiendo las posiciones de los pronombres. Esta identificación es a la vez un acto de ‘voyeurismo’, como si el lector estuviera espiando el erotismo verbal de los amantes que sabemos separados. En uno de los poemas introductorios, la amante es enunciada en tercera persona (“ella”, la no-persona, según Benveniste), y entonces la voz poética se convierte en segunda persona y toma distancia de la amada, pero una distancia que hace posible la comunicación entre el yo y el tú: “Esa mujer, portadora de la ‘mirada’más/audaz del calendario, hizo y deshizo mil nudos/en tus dedos y en tus sueños. Entró y Salió por/las pasarelas de/la nada” (El énfasis es mío).

Entre el yo poético y el tú de la amada se instala la mirada ‘voyeurista’: “Te llevaste en los ojos los sonidos y el tiempo….”, “[O]jos que habitan mi lenguaje…”. No hay erotismo sin mirada. La palabra eros proviene de orásis, es decir, de la visión o la mirada a la belleza. Las referencias a los ojos, a las miradas y las imágenes visuales proliferan a lo largo del poemario. Pero estas miradas se encuentran proyectadas en la ausencia de la amada. El erotismo, como derroche no productivo, solo puede ser expresado como ausencia-carencia a través del placer lúdico y del lenguaje como imposibilidad: “[T]ú y yo, trotando, lúdicos y ‘lúcidos’, en la siesta del lunes, ‘mojados’…”(El énfasis es mío).

“Naufragios”, el último poema, en verso, sirve de correlato al título del poemario, NAVE SORDA. Si navegamos en una nave sorda, no ebria, como la de Rimbaud, corremos el riego de naufragar en el amor. Acaso sorda sea la amada, que se resiste a escuchar el canto del poeta, no la nave; como Ulises, quien se taponara los oídos para no escuchar el canto de las sirenas. “Naufragios” es un viaje al desencuentro entre el yo poético y la amada y, como todo viaje, es una jornada de transformación de la cual nunca se regresa igual: “En la acuarela de mi sombra/hay tonos para retocar tu olvido”. Es un viaje que nunca logrará salvar la distancia con la amada, y por lo tanto, recuperarla de la ausencia. Las aguas del mar son la substancia del erotismo y al mismo tiempo “imágenes huidizas” y “destino” de la soledad del yo poético.

NAVE SORDA de René Rodríguez Soriano es un “pequeño milagro” de la poesía en prosa. Y es también un canto al amor y al erotismo. Parafraseando a Simónides, “La pintura de Venus Guerrero es callada poesía, la poesía de René es pintura que habla”.

El autor el Phd, profesor de Literatura latinoamericana de Colorado State University, EE.UU. * Nave sorda de René Rodríguez está disponible para todo el mundo a través de amazon.com