Navidad, recuerdos, recuerdos

Se preguntaba Paul Verlaine, el primero de los poetas “simbolistas”: “¿Recuerdo, recuerdo, qué es lo que tu quieres”? (Souvenir, souvenir: Que veux-tu?)

Y es que el recuerdo siempre es atormentante. Siempre tiene una gota amarga y contristante, si es que no trae muchas. Curiosamente, un hombre conocido como    industrial multimillonario y filántropo, John D. Rockefeller dejó mucha sabiduría de pensamiento hondo que no suele atribuirse  a los hombres de negocios. Aconsejaba  Rockefeller en su obra Men and Events: “El recuerdo es un poeta, no hagáis de él un historiador”.

Por otra parte  el dramaturgo noruego  Henrik Ibsen  nos dice en El Pequeño Eyloff, segundo acto: “Dejemos descansar a los que ya no existen”. Y usualmente ya no existen las mismas circunstancias que generaron determinadas situaciones. La vida es contínuo movimiento. Ahora bien, hay quienes se mueven en el mismo sitio, empantanados en un  hediondo charco de limitación, frustración y  tragedia. Por tanto, no progresan. También hay quienes logran moverse en otras direcciones y poner pies y mente, conducta y aspiración en más limpios y gratos territorios  del vivir.

Yo trato de corregir errores. De moverme hacia claridades. De limpiar y bruñir mi escala de altos valores, quitándole telarañas e incomprensibles nebulosidades que nunca traen felicidad.

Existe un día: Hoy.

¿Consecuencia de ayeres?  Sí, indudablemente. Es cierto que existe afectado bien o mal por razones anteriores, pero el pasado es una referencia educativa, no un grillete ni un cepo.

Este tiempo de Navidad invita a la rememoración, a una remota nostalgia de no se sabe qué, porque no se trata de recordar cosas perdidas con el dolor que versifica Dante en el Círculo II de su Divina Comedia, cuando Francesca da Rímini le dice al poeta: “No hay mayor dolor/ que recordarse del tiempo feliz/ en la desgracia…” (Nessun maggior dolore/ che ricordarsi del tempo felice/ nella miseria). No, no es eso.

Nunca tuve mayor felicidad y paz de la que tengo ahora, después de los setenta años.

Pero esa extraña nostalgia inasible, sí persiste hoy, como ayer.

Pienso que se debe al dolor por los que carecen de todo, por los sufrientes que no tienen nada que celebrar. Y recuerdo algunas navidades en que mi padre, junto a mí, nos movíamos angustiados en un coche de caballos por la vieja capital, 24 de diciembre, tratando de localizar algún anunciante de nuestra revista “Cosmopolita” para obtener unos pesos que distribuir entre los obreros que aguardaban en una penumbra del alma. Hubo un año en que no aparecieron recursos ni para nosotros.

En casa sólo quedaba un poco de pan, queso blanco y una botella, con algo del vino de Málaga que papá tomaba como medicamento. A mí me pareció una navidad verdaderamente santa, bendecida de misterios.

Pepín Corripio ha dicho que haber nacido pobre representa una gran ventaja.

Yo lo creo así.

Provee un espectro más amplio de percepciones y valoraciones.

Si se cultiva un buen sentido humano.