Never say Never Again

Hay que reconocerlo. El inglés se ha impuesto hasta el punto de que los parlantes de cualquier otro idioma están obligados a tener, por lo menos, un mediano conocimiento del mismo, aunque sea para lograr descifrar las instrucciones operacionales de cualquier artefacto. Por eso de que ya es “lengua común”, me atrevo a utilizar en su original el título de aquella película del verdadero James Bond cinematográfico, el escocés Sean Connery, quien  en 1971, cuando filmó “Los diamantes son eternos”,  afirmó contundentemente que no volvería nunca jamás a interpretar el papel del infalible agente 007, que se lo estaba tragando vivo y le parecía que iba a enloquecer si continuaba con el rol.  

Pues doce años después, en 1983, volvía a ser James Bond en una película cuyo significativo título es Never Say Never Again. Nunca digas Nunca Jamás.

Esto viene  a cuento en un momento en que se da como un hecho que el presidente Leonel Fernández y el ex candidato presidencial del Partido Revolucionario Dominicano, Miguel Vargas, pactaron eliminar de la Constitución –que cruza por un proceso de reforma–, el  Nunca Jamás  del artículo 49, referente a reelecciones del Presidente de la República.  Tal información  apareció en el periódico El Nacional que dirige el respetado periodista Radhamés Gómez Pepín, edición del  miércoles 13  de esta semana, suscitando, como cabe esperar de la muchedumbre de políticos profesionales  -honestos y deshonestos, patriotas íntegros y oportunistas que se venden al mejor postor-  toda clase de irritadas opiniones, a favor o en contra.

Lo cierto es que entre los tres partidos verdaderamente importantes,  el de la Liberación Dominicana, el Revolucionario Dominicano y el disminuido Reformista, que perdió la sabiduría, la astucia y la paciente prudencia de su padre, el docto Doctor Balaguer, hay el lío de los pastores  -que nadie sabe cómo fue realmente-  o el enredijo de Dios es Cristo.

No fue Balaguer quien creó la frase: “la Constitución es un pedazo de papel”. Ya existía en bocas francesas antes de que el doctor naciera en Navarrete. Así que tanto molestarse por una Constitución que se vive violando, que en verdad no se respeta y reverencia, que es cambiable según conveniencia de quien manda en el país, o cree hacer lo mejor para conveniencia nacional -digamos así por no alejarnos de las endebles posibilidades de la justicia humana-  me parece una tontería, una pérdida de tiempo.

Ya  dirá el tiempo,  que es quien finalmente habla de realizaciones auténticas y logros válidos y salutíferos, qué conviene, qué convino, qué tal vez convendrá.

Nuestras preocupaciones y ocupaciones deben enfocarse a un mejor ejercicio de la conducta nacional, a priorizar lo más urgente,  a obedecer las leyes  hasta donde es humanamente posible dentro de nuestro desarrollo como nación. No somos tan jóvenes como pretendemos  ser para excusar nuestras inconductas, y habiendo sido el primer asentamiento europeo en estas regiones del planeta, Santo Domingo, la República Dominicana, debe esforzarse en ser ejemplo de posibilidades ascensionales.

Iniciadores del Nuevo Mundo, procuremos ser iniciadores de una decencia nacional.